El verano de la confusión

TA ofrece la columna diaria de Rafael Álvarez Gil

El verano de la confusión
Rafael Álvarez Gil/TA.
RAFAEL ÁLVAREZ GIL

Al PCF le sorprendió Mayo del 68. Los comunistas galos se vieron desbordados por el movimiento juvenil, hijos de una clase media y pequeñoburguesa ungida tras la Segunda Guerra Mundial y la comodidad de los primeros frigoríficos. Estos mismos jóvenes cuando fueron a las fábricas a envalentonar la revolución, los obreros los veían como hijos de papá ajenos al imaginario fabril. Las pagas extra y la sociedad de consumo habían penetrado en la conciencia de clase. Hubo confusión y, al final, se acabó el recreo.

 

Hoy la ciudadanía asiste a un maremágnum, a un desconcierto, de entidad similar o mayor a aquel. Nadie sabe a qué atenerse. Y, lo que es peor, nadie sabe qué podrá ocurrir en apenas unos meses. Es como si los planes existenciales de cada cual se viesen sujetos al capricho de aguas procelosas que la voluntad de la historia mece al albur del instante. Las creencias sólidas de antaño se hipotecan frente a la vacuidad del siglo XXI. La pandemia, la guerra, la desinformación, el todo vale… conforman un menú que todavía no ha sido contestado. Por lo que el nihilismo sutil hace de las suyas. Y el dejarse ir, el vivir el momento, por agrio que este pueda ser, se torna en la única meta al alcance de muchos que asistieron al derrumbe de su horizonte de expectativas en la última década. ¿Cómo no va a rebasar todo esto a los partidos que de por sí han languidecido con respecto al pasado?

 

El vuelco electoral andaluz, su magnitud y justo en un enclave territorial tradicionalmente de izquierdas, Andalucía, atisba nuevos tiempos. Es una señal sociológica, de alarma para los partidos de la izquierda, en toda regla. El PP ofrece, en última instancia, predictibilidad. Y eso, justo eso, cuando reina la incertidumbre vale oro. Otra cosa es que luego no cumpla las expectativas o no arregle los problemas estructurales que conciernen a España. Pero, a veces, la anodina gestión burocrática es un alivio para la opinión pública.

 

En los pasajes finales de la obra de teatro ‘Las bicicletas son para el verano’ de Fernando Fernán Gómez, y que Jaime Chávarri llevó al cine en 1984, la madre de familia clama al cielo que, por favor, cuanto antes acabe esta pesadilla. Llevan años de guerra y Madrid ha sufrido el bombardeo continuo de la aviación franquista desde 1936. No pueden más. El alma se cansa. Y ella, junto a los vecinos que se refugian en el sótano, se ponen a rezar. Les sale de dentro. Después, en 1939, la Guerra Civil culmina. Y en un descampado el padre de familia le advierte al hijo de que igual (por sus ideas) lo detienen y que entonces, en ese caso, tendrá el deber moral de cuidar de los suyos hasta que salga de la cárcel. Pero, sobre todo, le advierte que no ha venido la paz sino la victoria. Esa paz tan ansiada y natural reclamada por la madre era, en verdad, otra cosa. A veces, cuando la confusión es de tal envergadura, irrumpe el instinto primario. El hambre de certeza del mundo de ayer, aunque este materialmente se haya disipado.

 

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