La coalición y la izquierda

TA ofrece la columna diaria de Rafael Álvarez Gil

La coalición y la izquierda
Rafael Álvarez Gil
RAFAEL ÁLVAREZ GIL

El problema en España no es que no haya cultura de gobiernos de coalición, que no la hay, hasta la UCD gobernó sola teniendo mayoría simple (1977-1982), sino que el sistema electoral se planeó (preconstitucionalmente) para favorecer un bipartidismo dinástico que se turnaba en el poder y que, sin embargo, ya no es posible. Pedro Sánchez pactó con Unidas Podemos porque no le quedó otra. En 2019 forzó una repetición electoral en aras de crecer en diputados y achicar a Pablo Iglesias. En términos coloquiales, le salió el tiro por la culata y, de ahí, que en 48 horas firmase el pacto con Iglesias tras el 10N, cuando estuvo anteriormente meses mareando la perdiz. Todo un verano perdido. Y, además, la segunda convocatoria electoral en ese curso permitió darle rienda suelta a la ultraderecha en el Congreso de los Diputados.

 

A medida que se acerque 2023, sobre todo si los comicios generales son finalmente antes que los locales y autonómicos, que intuyo que será así, las tiranteces dentro del Gabinete crecerán y serán más evidentes. Y esto provoca un enorme cansancio en el electorado de izquierdas. Si alguno de los dos socios piensa que atacando al otro obtendrá réditos, se equivoca. Ni el PSOE volverá a ocupar la posición hegemónica del centroizquierda de antaño, con una IU que le acompañaba, ni Unidas Podemos está ahora mismo en situación de ejecutar el ‘sorpasso’. Ambos se necesitan.

 

El bipartidismo no retornará. Las amplias mayorías sociales que auparon a La Moncloa, primero, a Felipe González y, segundo, a José Luis Rodríguez Zapatero, se han esfumado al alimón de la Gran Recesión de 2008, los años de austeridad y la pandemia. El ascensor social está roto. Y a los más jóvenes citarles (con independencia del reconocimiento que merecen) a Pedro Solbes, María Teresa Fernández de la Vega, Carlos Solchaga o Alfonso Guerra les suena al mundo de ayer, al VHS y el videoclub del barrio. En una década esto se ha transformado por completo. Es increíble el ritmo con el que se están quemando los políticos frente a la opinión pública. Apenas duran un par de asaltos. Por eso muchos ‘apparatchik’ en los partidos optan de un tiempo a esta parte por ocuparse solo de lo orgánico dejando que los cabezas de cartel sean otros que den la cara y se calcinen electoralmente mientras ellos siguen sin ser renovados internamente. Truco sencillo que les garantiza controlar sin responsabilizarse nunca de sus acciones.

 

La lucha en política por alcanzar el poder o mantenerlo es una constante. Pero millones de personas fueron en 2020 confinadas en sus domicilios, como dictaba la pandemia, y al salir a la calle nuevamente comprobaron que sus vidas habían cambiado. El hartazgo hacia los políticos es mayúsculo, hasta el punto de que está por ver quién saldrá a hacer campaña la próxima vez. Los mítines son cada vez con un público mucho más reducido, ya no hay estadios que llenar ni nada por el estilo. Si los miembros del Gobierno de coalición se instalan en el partidismo propio, recibirán el rechazo ciudadano. Las carcasas de las siglas de los partidos se le antojan al común de los mortales como solo un instrumento. Lo que no es lo mismo, porque no lo es, es que el decreto ley de la reforma laboral se convalide por las izquierdas o por Ciudadanos. Eso sí marcará distancias.

 

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