El congreso de NC

TA ofrece la columna diaria de Rafael Álvarez Gil

El congreso de NC
Rafael Álvarez Gil/TA.
RAFAEL ÁLVAREZ GIL

NC tiene previsto celebrar en febrero su V Congreso Nacional. Lo hace desde una posición institucional predominante: ostenta la vicepresidencia y la consejería que elabora las cuentas del Gobierno de Canarias, la presidencia del Cabildo de Gran Canaria (segundo mandato) y numerosos municipios; a Gáldar y Guía de Gran Canaria se une el relevo reciente en la alcaldía en dos de sus feudos históricos, Santa Lucía de Tirajana y Telde. Es, sin duda, un cúmulo de poder considerable. Y este en 2023 puede retroceder, mantenerse o aumentar. Por tanto, exige prudencia.

 

NC se encuentra en una disyuntiva histórica a dirimir en su cita congresual: ¿qué modelo de partido, en cuanto a ideario, escoger de cara al futuro? Bajo el concepto de canarismo caben muchas interpretaciones. Sin embargo, la esencia sigue siendo la misma y es la que como organización debe preservar: participar del universo político de las siglas nacionalistas periféricas. Y esa familia la componen BNG, PNV, EH Bildu, ERC y JxCat. Luego, en la cotidianeidad o fruto del calor de las urnas, puedes amoldar (como el resto de competidores) tus premisas como oferta electoral en el momento. Pero NC se desenvuelve en el nacionalismo canario. Por supuesto, con sus propias peculiaridades que le distingue. Del mismo modo, que le ocurre al gallego, vasco y catalán entre sí. Aunque, en última instancia, a todos les une una misma esencia: la plurinacionalidad; con distintas graduaciones en función del posibilismo (PNV tras el ‘plan Ibarretxe’) o el rupturismo (‘procés’).

 

NC no debe ser Más País, Compromís, un progresismo guay u ocupar el espacio del PSOE aderezado de mojo picón. Ni tampoco Teruel Existe ni ningún regionalismo. Igualmente, no hay un terreno a medio camino entre estas formaciones y las mencionadas con anterioridad. No hay más. Escarbar en medio de esas latitudes es desdibujarse en la irrelevancia de lo vacuo. Es condenarse al ámbito municipalista por los tiempos de los tiempos. Es autoengañarse.

 

En España, un imperio que pronto adquirió su auge pero que históricamente no cuajó como Estado-nación al estilo del resto de países europeos, asoma nuevamente no solo la controversia territorial sino la índole patria. Es decir, Vox constituye una reacción al ‘procés’ y no es ninguna casualidad. Escuchando a Vox se entiende ahora mejor cómo a caballo entre el siglo XIX y el XX Secundino Delgado, ‘padre’ del nacionalismo canario, padeció la persecución por parte del general Valeriano Weyler, implacable capitán general de Cuba que recrudeció las condiciones de la población como antídoto ante el independentismo.

 

Sin Catalunya y Euskadi en Canarias no disfrutaríamos de autogobierno. El riesgo de sufrir el centralismo borbónico existía hasta el otro día. De hecho, el neoespañolismo y las derechas mesetarias amenazan el futuro del nacionalismo isleño que debe pertrecharse ideológicamente y como estructura en aras de afrontar los frentes que el horizonte político anuncia. Y para semejante misión es imprescindible potenciar el nacionalismo identitario (que garantiza la autoestima del pueblo) que es lo que le falta al canario, supeditado hasta la fecha al nacionalismo instrumental cuyo recorrido es el que es. El ocaso del sistema del 78, la agonía de la Segunda Restauración, obliga al nacionalismo canario a renovarse, a reactivarse. Y eso implica aclarar, sin medias tintas, las coordenadas ideológicas.

 

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