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25/10/2020 - 17:27

José Luis González-Ruano, el escritor (IV)

TELDEACTUALIDAD ofrece la cuarta entrega de diez artículos del ecologista y docente José Manuel Espiño dedicado a su amigo José Luis González Ruano, fallecido el pasado mes de enero

José Luis González-Ruano, el escritor (IV)
Portada del libro de José Luis González-Ruano y José Manuel Espiño, autor del artículo/TA.

JOSÉ MANUEL ESPIÑO

“El Atlántico es un océano profundo y violento. Dicen los hombres del mar que en alguna parte de su soledad pelágica, al noroeste de la costa africana, los días de calma se siente el impulso candente del magma mezclándose con una fría y débil corriente marina para que emerjan rocas y hombres azules. Aseguran que también se oyen los ecos sumergidos de las islas volcánicas y que, bajo un cielo luminoso, parecen haber estado allí desde siempre”. Página 11.

 

Acaban de enviarme las imágenes de un lobo marino avistado, en los primeros días de este mes, en el Puerto de la Luz de Las Palmas de Gran Canaria. No daba crédito al vídeo, pero al mismo mismo tiempo compartía la esperanza de que el regreso de la foca monje a Lobos fuera posible.

 

Este ferviente deseo ha sido siempre el anhelo de José Luis. Cierro los ojos y el deseo ya no es tan improbable, pero sé también que será imposible si la afluencia de personas a la isla es continua y numerosa. Imposible será si convertimos la isla de Lobos en la novena isla a destruir en pro de un turismo de masas que, tras la pandemia no puede reproducir el mismo modelo de años atrás. Si no hemos aprendido nada y seguimos apostando por una parafernalia turística asociada a barcos, lanchas, chiringuitos y restaurantes, será imposible que los lobos marinos, las focas monje que dieron nombre a la isla vuelvan a ella para asentarse y reproducirse. Existe otros modelos de turismo ya consolidados en otras partes del planeta y no es de masas sino de respeto al medio natural y de admiración hacia esos habitantes de la isla -plantas, aves y mamíferos-, que la colonizaron antes que el ser humano y que hemos erradicado en aras de nuestra codicia e intereses propios.

 

Con el texto arriba expuesto, inicia el autor su obra Isla de Lobos. Ha sido su primera novela publicada. José Luis González-Ruano cuidó mucho su presentación: papel, formato, tapa dura con sobrecubierta, fotografía. Era para el una obra mayor, intimista, auténtica. Recuerdo la anécdota de que fue su primera y única producción literaria que quiso tener en la Librería de El Corte Inglés a través del sello editorial de Azulia, conseguirlo y el orgullo que sentía de ver su libro ubicado en la cabecera de las estanterías junto a best-seller y otras publicaciones de consagrados autores nacionales e internacionales, iba parejo a su satisfacción. En aquel preciso momento era el único autor canario presente en esa primera línea de ventas y recuerdo con satisfacción como me comentaba la rápida venta de sus ejemplares. Para mí esta obra fue el descubrimiento del verdadero hombre azul que albergaba en su interior.

 

“La isla enfebrecida hacía rato que revelaba su propia profundidad: una geografía constante que se bastaba a sí misma. Había rincones por los que podría decirse que no había pasado el tiempo, porque, pese a la apariencia de materia inerte, todo parecía tener una duración infinita. Algunas plantas se arrastraban espesas abarcando la mayor superficie de suelo posible; otras eran más suculentas y con sus estolones subterráneos pretendían crecer escondidas entre las rocas.” Página 27.

 

¿Se puede plasmar en un texto la pureza de una isla de tal modo? ¿Puede hacerse una concepción del tiempo geológico de un modo más soberbio? Los que sabemos de estas islas, cada uno de ustedes si han sido afortunados de sentirlas bajo su piel, respirando su aire, sumergiéndose en sus prístinas aguas, gozando de sus silencios, sonoros silencios de agua y aire, gaviotas y pardelas, entendemos el por qué al inicio de este libro, el autor revela: “A veces alguna de estas islas es tan pequeña que parece hecha a la medida de un hombre solo, simplemente un trozo de tierra vacía y abarcable perfilada por débiles rompientes.”

 

Y son las plantas en la isla, rastreras todas ellas, las que en su texto reivindican su enorme tenacidad por existir en un mundo tórrido y sin apenas agua. Sus palabras nos sitúan siempre en un paisaje hermoso, pero extremo y desolado: “transitar por una llanura monocroma, agrietando la costra salina que cubría las arterias minerales de la isla.”

 

“Ulises Duncan no pudo sino elogiar aquella voluntad interpretativa que pretendía sustanciar un bien común a todo lobo de mar: el eterno desamparo en el desierto de las privaciones. La lectura de Horizontes perdidos, de Hilton, Los cazadores de cabezas, de Salgari, Cumbres borrascosas, de Brontë, o El vendedor de cadáveres, de Conan Doyle, por citar sólo algunas, parecía advertir a la perfección una instrucción más patológica que literaria, como si hubiesen sido escritas nada más que para curar el recogimiento en sí mismo de un montón de vidas paralelas dispuestas a emocionarse en cualquier lugar inencontrable lejos del mundo.” Página 80.

 

¿Necesitamos algo más para esbozar en nuestro interior la personalidad del viejo torrero Bienvenido Barbas? Como en cada una de sus publicaciones, el autor nos descubre referentes literarios esenciales en la interpretación de su sentir y ser de su maestría narrativa.

 

“Tomó el libro y lo apretó ocultando momentáneamente el título para forzar la atención de Ulises Duncan. Dos palabras impresas con esmero artístico liberaron su carga de humildad: Los Miserables. Debajo yacía como una sombra innecesaria el nombre del autor.

- Trata de un hombre al que le amargan la vida por robar un cacho de pan -resumió Bienvenido Barbas con evidente satisfacción-. Me esfuerzo mucho en leerlo con paciencia, porque está lleno de sufrimiento y de ganas de hacer sufrir, pero tadavía no sé si lo entiendo bien.”  Página 81.

 

¡Uf! Si no han tenido la oportunidad aún, pues la única edición es de 2005, hace ahora quince años, búsquenla. Esta novela tienen que leerla. Me refiero a Isla de Lobos, pues doy por hecho que para muchos de ustedes, Los Miserables habrá sido un libro de cabecera, siendo como es una obra maestra de la literatura. Muchas sensaciones, muchas lecturas asociadas, muchos recuerdos.

 

“Desde lo alto de la montaña el torrero Barbas estuvo todo el tiempo vigilando el mundo que se extendía azul ante sus ojos, buscando una mancha de hombre muerto atravesando con un cuchillo el corazón de un monstruo marino. Evitaba decir a los muchachos cuánto lo sentía y, al verlos marchar, se quedó pensando que quizá toda la vida era un profundo error, que tal vez había una razón concreta para la esterilidad masculina en la continuidad del mundo. Luego recordó que pronto pasarían cerca de la isla las ballenas de abril compartiendo el esplendor oceánico y rezó para llegar a verlas por última vez.” Página 178

 

El relato más corto jamás escrito la escribió José Luis en su libro: Dónde anidan los albatros, bajo el título: El eco del destino, tras consultar innumerables notas de viaje tomadas sobre las islas del Pacífico y la gran aventura de la expansión humana. Lo reproduzco tal cual, sin omitir signo ortográfico ni letra alguna.

 

Vamos.

 

En Isla de Lobos, premonitoria novela previa a este relato, otro término aparece en una obra que jamás dejaré de recomendar.

 

Navegaban.

 

Concluyo de este modo la esencia de esta publicación y con ello de la vida, del padre, de los hijos, del torrero, del hombre invisible… de José Luis en suma, pues personajes y textos no son más que una suerte de heterónimos de una única y excepcional personalidad literaria.

 

José Manuel Espiño Meilán, lector agradecido de su obra, amante y defensor de la vida y del camino, ecologista y docente, buen amigo.

 

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