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11/10/2020 - 17:49

José Luis González-Ruano, el escritor (II)

TELDEACTUALIDAD ofrece la segunda entrega de diez artículos del ecologista y docente José Manuel Espiño dedicado a su amigo José Luis González Ruano, fallecido el pasado mes de enero

José Luis González-Ruano, el escritor (II)
Portada del libro de José Luis González-Ruano y José Manuel Espiño, autor del artículo/TA.

JOSÉ MANUEL ESPIÑO

“Los restos del mundo se arrojan a las islas. No es un naufragio insensible. Es un viaje necesario y antes de partir ya estoy leyendo a Conrad con la profundidad del lenguaje oceánico en el vuelo de las aves, con los pies en la misma orilla del mar y a punto de alcanzar el sueño azul de mis ojos, La danza incesante de las mareas ha gastado el tiempo. No hay otro lugar, sólo islas a la deriva”.

Capítulo: Las olvidadas sirenas de Marabunda, página 11.

 

Inicio esta segunda entrega con un agradecimiento sincero a TELDEACTUALIDAD, en la figura de su director y buen amigo Carmelo Ojeda, por su firme apoyo en la publicación y difusión de esta serie de artículos que pretenden poner en valor, no rescatar del olvido pues para sus lectores José Luis es eterno, una obra limitada en su difusión por modestas y prudentes tiradas pues no era Pepe amigo -en un comienzo- de grandes ediciones pues se sentía cómodo como autor minoritario aunque sus tiradas se agotaran en poco tiempo.

 

Por todo ello y por la pasión que profeso a sus lecturas, confirmo que no se encuentran sus obras en librerías y que tal vez sea el momento propicio para que un editor comprometido con el mundo de las letras apueste por la reedición de un universo singular y propio, lleno de pasión y conocimiento pues son muchos los lectores que, tras mi primer artículo, en la calle y en las redes sociales me han hecho saber que es imposible encontrar en librerías publicación alguna de este autor. El último lugar era la librería Azulia pero su reciente cierre apagó también la luz de sus publicaciones. Gustoso les oferto las mías en calidad de préstamo, pero poco más puedo hacer.

 

El párrafo arriba expuesto pertenece a su última obra publicada: El archipiélago nómada. Un viaje libre y salvaje por las Islas Canarias. Con él inicia José Luis González-Ruano, su peculiar visión Mundo-Isla, un original proyecto que el autor llevaba tiempo pergeñando y que había tomado cuerpo en proyectos específicos de honda dimensión humana.

 

“La isla de Lanzarote anima a desvelar la compleja relación entre la ecología y el arte. En ambos casos se trata de una necesidad creativa de intercambios y alteraciones. Exploramos y descubrimos que la conservación y la inspiración son actos emocionales, imaginativos, y fluyen en la energía que sostiene la existencia humana, como constantes evolutivas. La belleza no es una opción; forma parte de la verdad, ya que todo parece viajar hacia la estética de la isla. El arte del paisaje es un arte vivo, perdurable, porque los espacios son infinitos, como los desplazamientos naturales de las aves en el aire y de los peces en los océanos cuando procuran la continuidad de las especies o cuando buscan el sentido profundo de la luz que la lenta y sucesiva cobertura de la lava va desvelando. La desnudez volcánica inunda la mente salvaje de abstracciones sensoriales”.

Capítulo: Las olvidadas sirenas de Marabunda, página 11.

 

Recuerdo, hace de esto un par de décadas, escuchar por primera vez la palabra jallo de su boca, en una playa prístina y salvaje de la Costa de la Muerte en Galicia. Se trataba de la conocida como Mar de Fora famosa por su peligrosidad y triste por sus ahogados. Caminábamos juntos, descalzos sobre una arena cuyo albor dañaba los ojos. Se agachó a coger un trozo de madera modelado por el mar y las rocas. Los jallos -me dijo-, son maderas traídas por las mareas y depositadas en la costa. Luego me contó que en su San Cristóbal natal, los jallos los utilizaban, bien para hacer un pequeño fuego donde asar el pescado, bien para usos diversos como calzar una barca, arreglar un aparejo de pesca o como banco, dependía del tamaño y de la forma, donde estar más cómodo observando la mar o pescando con liña.

 

Muchos años después, ya afincado en las playa de Telde, tras la visión de los jallos en aquellas playas receptoras de todo lo que la marea trae, es el caso de Los Palos y San Borondón, José Luis en sus paseos por la costa recogía lo hallado, cuando su creatividad le sugería curiosos peces o extrañas criaturas marinas, dándole luego forma y color, hermanándose en tal concepción con su admirado artista lanzaroteño César Manrique. Conservación e inspiración al servicio de la ecología y el arte.

 

“Escribo sobre la creatividad del viaje, vagabundo de las islas. Es una continuidad simbólica. Nada supera a la fuerza arrolladora de un lugar escondido y salvaje. Anima a seguir descubriendo libremente. Andar se vuelve un propósito auténtico, sin otra utilidad inmediata.”

Capítulo: El aroma del océano en las arenas de Ambra, página 32

 

Acabo de llegar de mi paseo diario por la costa. Es un hábito riguroso que hemos compartido siempre. Nada hay comparable a un amanecer en cualquier lugar del Planeta, si acaso el ocaso. Hoy, bajo un cielo encapotado, las aves marinas procuraban su alimento en charcas y charcones de las rasas intermareales de La Garita, Corral de las Yeguas, rincón del Castellano, punta de Taliarte y rasas de Melenara, Clavellinas y Salinetas. Sorprende la arrolladora fuerza de la naturaleza salvaje. El andar en sí mismo es una emoción. ¡Qué fácil se vuelve la lectura de José Luis, cuando estamos inmersos en el medio natural! ¡Y tan clarividente es su mensaje!

 

“Contemplo el mar junto a los túneles volcánicos. Tengo una piedra en la mano. Es un bello trozo de energía sólida. Magma y cristal verde. Olivina. La llevaré conmigo el resto del viaje. Su espíritu mineral es un reflejo brillante del camino que sigo en la lava. Me han dicho que palpita y activa los chakras del corazón, liberándome de influencias externas. Esencial. La vida permanece también en las cosas inertes, como una luz imaginaria.”

Capítulo: Revelaciones de la lava en la laguna verde de Clicos, página 43

 

Siempre hemos sabido los dos que las rocas están vivas, y las montañas, la tierra y el agua, que la absurda separación en seres vivos y seres inertes es una terminología trasnochada de los libros de naturaleza. ¿Cómo un ser puede ser inerte si el término lleva asociada la existencia en su significado? Pero más allá de tal disertación lingüística, la roca está viva porque trasciende su energía mineral a la planta y al animal con los que comparte el ecosistema, su flujo vital. Y está viva la arena y la montaña, el suelo fértil y la aridez extrema de la tierra encalichada. La magia de José Luis está en su forma de expresar este razonamiento compartido.

 

“En los confines severos de Cofete los muertos se entierran bajo la arena del la orilla, cubiertos de piedra, en un cementerio marino dispuesto para que los cuerpos renazcan como islas afortunadas, mojados cíclicamente en el rito de las mareas altas. No lejos de las tumbas de los abandonados, a los que tal vez la vida tampoco les ofreció mucho más, se ve la mansión escondida de los alemanes...”

Capítulo: La ruta del naufragio hasta el desierto de Vigocho, página 69.

 

Extraordinario narrador, ¿podría ser éste el comienzo de una novela de cualquiera de sus escritores de referencia? ¿Acaso Verne, Melville o Stevenson? Ustedes juzgarán algún día, recomendándoles ahora la lectura de su primera novela: “Isla de Lobos” donde la emoción no les abandonará desde la primeras palabras.

 

“La caída del macizo montañoso hasta precipitarse en el mar deja ver el esfuerzo humano en la confusión del salitre y la niebla, en los campos sembrados de tubérculos y viñas y en las bodegas y los lagares excavados más allá, en la toba volcánica de Los Chorros. Se siente una energía limpia que asciende desde el fondo. Taganana es todavía un valle fértil para la vida apacible.”

Capítulo: La verdadera naturaleza de los vislumbres en Guayonje, página 94

 

Experto senderista, insaciable buscador de los últimos refugios de la vida y el ser humano, José Luis se aventura en la búsqueda de espacios imposibles, aquellos que se encuentran detenidos en el tiempo, capaces de mostrarnos la extraordinaria valía, tesón y sacrificio de sus gentes. Cuando recorres tales lugares, son los ojos del corazón quienes te muestran el valor de las verdaderas cosas y la sencillez de la vida.

 

“Nada se pierde en la deriva de las islas, porque todo continúa en el océano, donde todo se origina. Lo evidencia la propia hechura de El Hierro, que es la expresión física de los portentosos derrumbes que desgajaron y hundieron buena parte de la isla en el mar hace miles de años. Todavía son visibles las huellas de esos deslizamientos cataclismáticos en las pendientes desiguales de El Julán, El Golfo y Las Playas. Fugas de basalto que un día alzaron olas colosales para dar equilibrio al cuerpo insular, a la balsa volcánica encontrada en el horizonte.”

Capítulo: Estética de una isla en el horizonte de Orchilla, página 135

 

De Alegranza a El Hierro, un arco de islas que bajo la mirada del autor conforman su archipiélago nómada. Es posible que “El archipiélago nómada. Un viaje libre y salvaje por las islas Canarias”, sea la única obra que buceando en librerías de Las Palmas, podamos encontrar con suerte el último ejemplar. Siempre nos quedará el recurso de las bibliotecas provinciales, el depósito legal así lo garantiza.

 

José Manuel Espiño Meilán, lector agradecido de su obra, amante y defensor de la vida y del camino, ecologista y docente, buen amigo.

 

 

Comentarios

  • Jesús Ruiz Mesa
    13/10/2020 - 14:31

    Nuestro entorno litoral llevado a la literatura fruto de una realidad vista con la mirada del naturalista, del observador identificado con su mundo isleño diferente a otros recorridos por el escritor José Luis González Ruano y testimoniados en su extensa y variada bibliografía, reflexiones, citas, relatos y caminos que nos expone Josė Manuel Espiño con excelente visión de los mismos. Gracias

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