13/10/2021 - 12:40

Tras el corazón de fuego de Telde

Gran Canaria atesora paisajes únicos modelados por la lava que permiten la práctica de un senderismo seguro y muy instructivo

Tras el corazón de fuego de Telde
El Melosal, volcán que forma parte del conjunto de conos de Rosiana, en Telde / Álvaro Monzón
TELDEACTUALIDAD/Telde

'Soy volcán, salitre y lava'. Así lo canta el himno de Canarias y eso, en esencia, son las islas. Qué duda cabe. Mar y magma marcan la identidad del canario, que a menudo se enorgullece de vínculos tan atávicos. Pero a veces, en expresión de Morgan, el genial humorista gráfico, esos lazos también duelen, como duelen ahora cuando uno toma conciencia de los estragos causados por el volcán de La Palma, que ha sepultado más de 400 hectáreas y se ha llevado por delante casas y fincas de más de 600 familias. Es, sin duda, el lado más amargo de este acontecimiento histórico.

 

Sin embargo, es también un espectáculo único de la naturaleza, un fenómeno hipnótico que atrae miradas y visitas de curiosos de medio mundo, que, en un momento como el actual, en plena erupción y aún en fase de emergencia, no solo podrían poner en riesgo su propia seguridad, sino que también suponen una distracción innecesaria para los que ahora velan por rescatar las vidas de los realmente afectados. Es evidente que no es lo mismo ver un volcán dormido que en erupción, pero en Canarias sobran los destinos para saciar la curiosidad por un cráter o una colada. A la mayoría se le viene a la mente Timanfaya, en Lanzarote, o, sin ir más lejos, el Teide y sus Cañadas. Sin embargo, Gran Canaria tiene también paisajes volcánicos de impacto, algunos, incluso, de fama mundial, al menos entre los científicos. Este periódico le sugiere hoy algunos destinos seguros por este otro corazón de fuego.

 

Un prestigioso geólogo, José Mangas, ahora muy conocido por sus didácticas explicaciones sobre el volcán de La Palma, propuso recientemente, en noviembre de 2020, que se reconozcan 42 lugares de Interés Geológico (LIG) de relevancia regional en Gran Canaria. Lo hizo en un artículo elaborado para la Semana Científica Telesforo Bravo, que promueve el Instituto de Estudios Hispánicos de Canarias, con sede en Tenerife. A su juicio, «representan los registros geológicos más sobresalientes que caracterizan la génesis y evolución geológica de Gran Canaria», entre los que figuran algunos tan populares y conocidos como el conjunto volcánico de Bandama, entre Santa Brígida y la capital, con la caldera y el pico anexo, el último que estalló en la isla, hace menos de 2.000 años; el campo de volcanes de La Isleta, en la capital grancanaria; la Caldera de los Marteles, en la cumbre de Valsequillo, o el volcán de Arinaga, en Agüimes.

 

Algunos tienen el acceso prácticamente vedado, como sucede con los conos que salpican la península de La Isleta, y otros se ven de paso, como los Marteles, al pie mismo de la carretera que conduce de Telde a la Cumbre, pero luego hay otros, un tanto o más desconocidos, aunque igualmente espectaculares, por los que prestigiosos y muy reconocidos senderistas han proyectado entretenidas y didácticas rutas que ofrecen un muestrario diverso y muy valioso de restos de episodios eruptivos en la isla. Álvaro Monzón, senderista y divulgador, lo tiene claro. « Gran Canaria es un libro abierto sobre vulcanismo; su paisaje está salpicado de ejemplos maravillosos que en su tiempo fueron volcanes como el de La Palma; y están muy cerca de casa, algunos los podemos visitar caminando y entrar dentro de su cráter».

 

Entre esas propuestas estaría la caminata que discurre por el campo de volcanes de Rosiana, en las medianías de Telde. Monzón, autor de varias publicaciones especializadas, la incluye en su catálogo de rutas familiares por su grado de dificultad, media-baja, y por atractivos complementarios que la hacen singular, como, por ejemplo, la presencia de unos monumentales dragos, los de El Gamonal (eran tres, pero ya uno cayó). Puede encontrarla en la colección La Mochila, de CANARIAS7, o en el libro de Monzón 'Descubriendo Gran Canaria. Reserva de la Biosfera', entre otros. Relativamente larga, de 9 kilómetros, no tiene grandes pendientes, es circular y discurre por un paisaje presidido por ocho volcanes, Rosiana, La Caldereta, Las Triguerillas, El Melosal, Juan Tello, Aguilar del Águila, Tío Pino y El Gallego. De todos, sin duda, destaca el de El Melosal, por su peculiar morfología, como mordido por en su cima. Arranca en Lomo la Palma, junto a la carretera GC-130, la que une El Ejido con el cruce de la montaña de Los Barros, en Lomo Magullo; este último, por cierto, un volcán reciente cuya colada dejó gigantes bloques de piedra salpicados por Valle de los Nueve o Los Llanos, hoy integrados como hitos entre calles y casas.

 

Además, permite descubrir al paseante, en un mismo espacio, dos consecuencias claramente antagónicas del paso de la mano del hombre. Una, la destructiva, que ha desmantelado con una cantera uno de los volcanes más recientes de este paisaje, quizás el más icónico en tiempos, el de Santidad, hoy convertido en un espejo de la voracidad especulativa del desarrollismo desaforado que sembró Gran Canaria de esperpentos urbanísticos. Y otra, sostenible, la que durante siglos sacó rendimiento a estas tierras, adaptándolas para el cultivo. No en vano, ha sido incluida por la Fedac en una reciente colección de rutas etnográficas. Como testigos de esa intervención blanda quedan los majanos, grandes montones de piedra volcánica que los lugareños formaron con los restos de la colada que tapizó este paisaje en el Cuaternario. Se ven a decenas. Los hicieron para despejar el suelo y poder plantarlos. O el aprovechamiento como goros para el ganado de los bloques erráticos de lava que se desprendieron de los volcanes. Esos bloques, apunta el divulgador y ecologista Gilberto Martel, son trozos derrumbados del cráter, como ha pasado en La Palma, y que la colada arrastró, errantes, hasta el punto en el que están.

 

Otra propuesta emblemática por el vulcanismo grancanario más reciente es caminar por el entorno de la caldera de los Pinos de Gáldar y los conos del Montañón Negro y el Hondo de Fagajesto, un espacio protegido con la categoría de monumento natural, dentro del Paisaje Protegido de las Cumbres. La primera tiene forma circular, una profundidad de 150 metros y un diámetro de 300. Es la huella que quedó en el paisaje de un gigantesco cráter explosivo. El Montañón Negro, por su parte, a 1.669 metros sobre el nivel del mar, mide 192 metros y se formó a partir de una erupción estromboliana, como la del volcán de La Palma. Sus lavas discurrieron por dos ramales, por Fontanales, El Brezal y Los Tilos de Moya, y por el Barranco de La Virgen-Azuaje. La última erupción en este lugar podría estar datada en torno al 1.200 a.C. La pista la dio un pino canario fosilizado que apareció en 1966 en una de sus laderas, en la de la Cañada de La Arena, según informa Monzón en una de sus publicaciones. Sepultado durante siglos bajo la ceniza volcánica, una muestra de su madera, gracias al Carbono-14, desveló que tiene 3.075 años. Se expone en el Jardín Canario. Y el Hondo de Fagajesto es otro volcán, surgido en el último tercio del Holoceno, hace 2.210 años. En este caso, apunta también Monzón, presentó una doble génesis: estromboliana y freática (es decir, que el magma entró en contacto con el agua en su salida a la superficie).

 

Por este paisaje, tapizado buena parte por una gruesa capa de picón volcánico, la diversidad de rutas es alta. La bibliografía senderista propone varias. En su 'Descubriendo Gran Canaria', Monzón sugiere una de 12,8 kilómetros, de dificultad medio alta, que dura 4 horas y discurre entre la Cruz de Tejeda y la Montaña Alta de Guía. Pasa por el Cruce de Los Moriscos, el Hondo de Fagajesto o la Montaña del Lance. En la colección Enmochila2, que editó CANARIAS7, propuso otra, circular, más corta, de 5,8 kilómetros y dificultad media, que arranca de una pista de tierra junto a la carretera GC-150, poco antes del punto kilométrico 11. Está cerca de la caldera de los Pinos de Gáldar. Alcanza el borde de la Caldera de Tejeda y bordea los Riscos de Chapín, uno de los enclaves arqueológicos integrados en el conjunto que mereció que la Unesco declarara esta parte de la isla patrimonio cultural de la Humanidad. Permite subir tanto a la Montaña de los Moriscos como al Montañón Negro. Y la Guía Excursionista Gran Canaria de la prestigiosa colección Rother, alemana, plantea dos, las dos circulares, que nacen y mueren en el mirador de la caldera de los Pinos de Gáldar. Una es de 14,4 kilómetros y de duro trazado que se interna en Artenara por Las Arbejas o El Tablado, y otra, más corta, de 9,7 kilómetros, que baja hasta Fontanales, en Moya, y vuelve a subir.

 

El conjunto volcánico de Bandama
1970 años. Es el tiempo que hace que reventó el volcán de Bandama y que lo convierten en el más reciente en la historia geológica de Gran Canaria. De fama mundial, una ruta bordea la caldera y otra se interna en ella. Tiene 170 metros de profundidad y 1.000 de diámetro. El pico anexo tiene 574 metros de altitud.

 

Jinámar alberga un campo volcánico con hitos como la Sima
Está muy degradado, pero para Gilberto Martel, ingeniero industrial y experto senderista, el campo de volcanes de Jinámar es digno de protección. Ha dirigido rutas entre sus conos. Señala varios hitos. Por ejemplo, el cráter de El Gallego, al pie de la carretera general entre Telde y Jinámar; Montaña Quemada, junto a la entrada del Circuito Islas Canarias, el único cono de Telde sin mordidas de cantera; la Sima de Jinámar, caso único porque dejó abierta la chimenea del volcán, un tubo de 80 metros de profundidad; y La Barqueta, volcán rajado por la fisura por la que salió la lava.

 

Fuente: Canarias7 / Texto: Gaumet Florido.

 

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