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Cartas al Director -12/12/2009 - Actualizada a las 09:23

Saulo Torón y la playa de Las Canteras

Jesús Ruiz Mesa
Busto de Saulo Torón en Las Canteras (Foto Jesús Ruiz Mesa)
Paseando por la Playa de Las Canteras en la mañana de un inmaculado día, no por menos era el ocho de Diciembre, festividad de la Inmaculada Concepción, Virgen Patrona de Nuestro barrio teldense de Jinámar, un radiante sol con la temperatura adecuada de un otoño canario, suave, una ligera brisa fresca nos envolvía, por la avenida paseantes anónimos disfrutaban de ese contacto paisajístico que esta parte urbana, más que urbana, deportiva y saludable en el natural y maravilloso arco de luz y vida, que nuestra colorista capital en esta zona nos ofrecía, el espectáculo de un paisaje costero, un paisaje playero, un paraíso matizado de azules, blancas y limpias espumas; cerca, bajo nuestros pies las doradas y finas arenas, se dejaban besar por un mar que sereno llegaba hasta la orilla.

A cierta distancia, a unas brazadas de seguro y entrenado nadador o nadadora, que haberlas, las hay, muchas y muy buenas, se extendía provocadoramente, La Barra, en todo su esplendor, invitándonos, en un disimulado canto de sirena, llegar hasta ella, echarnos, al sol, y admirar sobre su petrificado cuerpo de cantera, laja, lavados y grotescos perfiles de profundas paredes al otro lado de su formación, su génesis.

No muy lejana, la marea baja nos dejaba ver perfectamente su anatomía, rota por las siluetas de irregulares y lentos movimientos de los que desde este arenoso borde, alcanzan el rocoso, brillante lado norte de este intermitente goce visual, fruto del constante flujo de las mareas que dibujan nuestro litoral, en su límite natural, por el reto de ir más allá, desplazaban sus pies sobre sus esculpidas grietas, caracoladas superficies, acotando un bello azul de aguas en calma que desde la inconfundible frontera, hasta la alcanzable trinchera de ocres, verdes y rojos, limos, llanos basaltos y sebadales, en clara sintonía de naturaleza cincelada por la erosión y golpe de maresías, rompía graciosamente el cuadro, la profundidad de campo, mejor dicho, de mar, acuarelando la más grande y mejor marina nunca pintada de nuestra geografía insular, y de muchas que desde las experiencias de mis numerosos viajes he podido constatar, la gran bahía de Las Canteras, nuestra tranquila, segura y dorada playa capitalina de Las Canteras, desde su descolorido retrato en sepia, blanco y negro, viejo istmo de la Puntilla, hasta recorrer, la cromática y postal tarjeta turística, colgada de los bazares, en todos sus aspectos geográficos, urbanos y vitales, los de ayer y los de siempre, en su largo, curvo y sinuoso paseo, enfrentándome en la distancia, a las sugestivas y románticas puestas de sol, desde la antigua Cicer, y hoy el Auditorio Alfredo Kraus, a la también bahía de El Confital, y su plataforma costera agarrada al magmático paredón de la montaña de las Isletas.

Al llegar a la Plaza del poeta teldense, Saulo Torón, casi en La Puntilla, se alza el busto que recuerda y conmemora su vida y trabajo literario. Don Saulo nos dejó como legado cultural, su obra, uno de los mejores tesoros de la literatura modernista española, que podemos leer para entender mejor nuestra historia literaria, nuestra cultura e identidad canaria. Desde su escultura que me llama la atención, en soledad, bajo el bronce de su piel curtida por el aire, la sal, el mar, la arena, me llega el rumor de las olas, quizás porque los ha retenido en su caracol y ha quedado encantado, o porque todo él respira mar, en suma todo lo que desde su sensibilidad, sentimientos, experiencias, vivencias y memorias, dedicó en sus mejores versos al entorno que con sus ojos de hombre soñador, en silencio, veía más allá del primer reclamo del paisaje y la naturaleza, y por el poema, él, un poeta, un escritor, un hombre bueno, llegó a nosotros, un hombre de la Escuela Lírica de Telde, que esta ciudad, siempre le recuerda, y conmemora su obra con gratitud, al recordar estos sentidos versos suyos:

“Al dejarte, vivienda de mi antiguo respeto/, donde pasé los años más puros de mi vida/, quiero como homenaje de cordial despedida/, ofrendarte el divino tributo de un soneto/. Bajo la paz augusta de tus viejos maderos/ surgió, como un milagro, mi juventud en flor/; en ti soñé las gracias de mi primer amor/, en ti labré el tesoro de mis versos primeros/. Tú guardas en silencio todo el pasado mío/, tu barro es carne mía, que hoy titita de frío/ en este lento viaje hacia la senectud…../ Por eso, aunque te deje desolada y desierta/, vendré todas las noches a llamar a tu puerta/, ¡a ver si me responde dentro de mi juventud!”
*del poema: “Al dejar la antigua vivienda”,
Poemas Familiares, perteneciente a “Las monedas de cobre” (1919).

Retomando el paseo que dinámico se llenaba de gentes, acercándose a visitar el ya típico Belén de Arena, expresión artística del Antiguo y Nuevo Testamento, realizado por maestros escultores, de exquisito diseño, cierta complejidad y conservación, por los elementos utilizados, arena y agua, e instalado, precisamente delante de la Plaza dedicada a nuestro querido poeta Saulo Torón.

Ante nosotros, se abría un hermoso panorama, en la quietud de esta luminosa mañana otoñal, invitando a sentarse en cualquiera de sus rincones, salientes, terrazas, sobre la propia arena bajo las palmeras, buganvillas, apoyados en la reluciente barandilla del paseo, o al pie del pedestal que soporta el busto de Torón, y pedirle, susurrarle en voz baja: “Don Saulo, recíteme unos versos que me hablen del mar que Ud. tanto amó, del mar que hoy tenemos a nuestros pies”.

“El mar es a mi vida/ lo que al hambriento el pan/; para saciar mi espíritu/tengo que ver el mar/. El mar me da la norma/ y el ansia de vivir/; su majestad es ciencia/ suprema para mí/. Palabras de los siglos/, obras de eternidad/, ¿qué sois ante la inmensa sublimidad del mar?/ Partículas del polvo/que el viento alza al barrer/, que al sol brillan un punto y luego no se ven/. El mar es lo diverso/; lo eterno está en el mar/; es múltiple, absoluto/, y siempre universal/. Yo he visto al mar lanzarse/ soberbio de altivez/; y luego, humildemente, tenderse ante mis pies/. El mar guarda el secreto/ de toda comprensión/; su espacio es el palacio/ de la imaginación/. El mar del mediodía/ radiante en claridad/, es un influjo activo/ de vida y ansiedad/. Y en el ocaso de oro/ y en la mañana azul/, el mar es siempre norma/ de fuerza y de salud/. Yo al mar le debo entera/ mi vida que es un mar/; un mar de sentimiento/ y de serenidad/. Por eso el mar ejerce/ en mí tanta atracción……./ Lo que hay dentro de mí/ es mar y corazón.

*poema: El mar es a mi vida, del Preludio de, “El Caracol Encantado” (1918-1923), de Saulo Torón Navarro
Tengo el placer de haber asistido recientemente a la presentación de la premiada obra del filólogo D. José Yeray Rodríguez Quintana, “Saulo Torón, el Orillado. Una propuesta de relectura de su vida y obra”, Premio de Investigación Viera y Clavijo (Letras) 2006, Sección de Lengua y Literatura, de la Casa de Colón. Un tratado, una tesis, un profundo y concienzudo estudio, pero de ágil y documentado tratamiento, para comprender al poeta teldense, Saulo Torón, su persona, su obra y su herencia cultural literaria, que recomiendo su lectura, después de haber igualmente consultado varios estudios y antologías sobre la obra del poeta Saulo Torón Navarro (Telde, 1883 - Las Palmas, 1974), entre ellas, “Recordando ……. La Escuela Lírica de Telde”, de D. Antonio María González Padrón, Cronista Oficial de Telde, o “Saulo Torón: el poeta olvidado y las técnicas narrativas de Víctor Ramírez”, ensayo de Dña. Hortensia Alfonso Alonso, o las reseñas bibliográficas e históricas de, “San Juan y San Francisco, Recorrido Histórico –Literario”, de D. Ignacio Morán Rubio, Dña. Lucana Falcón León y D. Juan Santos Peñate.

Más allá del reconocimiento personal que especialistas de las letras han dedicado a descubrirnos, acercarnos la figura de D. Saulo, vuelvo sobre los versos que, al observar la dulce mirada de este insigne hombre, con Las Canteras y su querido Puerto de La Luz, el del Refugio, como parte de la vida que envolvió su versátil mundo, pleno de experiencias, vivencias y reclamo del recuerdo de ausencias personales, tanto familiares y amigos que marcaron definitivamente su existencia, poeta de los sentimientos y del pensamiento, poeta del mar, de la familia y de la amistad, del pueblo, de lo cotidiano y lo sencillo, dando lugar a su obra: poesía lírica, entre las que se encuentran, “Las monedas de cobre”, y “El caracol encantado”, poesía satírica o festiva, crónicas, obras de teatro, y artículos periodísticos.

Y, pienso, me recreo, en el verso del poeta y el entorno que me rodea, como él, o pretendiendo dar un soplo de energía al templado bronce de su semblante, observo el horizonte, mi horizonte vital y el de su estática, fija, eterna, no ausente, mirada, y quiero sentir lo que el poeta, en cualquier mañana, de su ya extinguido calendario, sintió, percibió, quizás con otras pinceladas, otras anotaciones, otra firma al pie de paisaje, queriendo pintar en el cuadro, en la mente de nuestras más profundas impresiones, la visión de lo que ante nuestras retinas, antes, ahora y quizás, después, nuestra naturaleza nos regalaba, y extenderlas sobre el lienzo imaginario, entramado y calado con los hilos, nudos y puntos, que aquel paisaje de Las Canteras nos sugería.

Saulo Torón en los versos del soneto alejandrino de “Playa de Las Canteras”, dedicados a Montiano Placeres, correspondientes a sus Apuntes, Melancolías y Recuerdos, me recita: Playa de Las Canteras en la paz del verano/: un cielo transparente cubierto de zafir/, y un mar cuyo horizonte orla el Teide lejano/, que en un lecho de arena se recuesta a dormir/. De vez en cuando un vuelo pausado de gaviotas/ se eleva, como un triunfo, sobre el azul del mar/, y surca un trasatlántico las distancias remotas/, reflejando en sus mástiles la irradicación solar/. Un hálito de brisa se extiende mansamente/ sobre las aguas, cuando la tarde lentamente/ el cielo va tiñendo de un rojo bermellón……/ Y surge, allá, a lo lejos, donde la luz declina/, la gallarda silueta de una vela latina/ que avanza silenciosa como una aparición/.

Y frente a nosotros, su mirada y la mía, de nuevo presenciamos, en el aire sobre ese “azul del mar”, el alma de sus versos, la palabra y el sentimiento, tal como él, el poeta lo describe y nos dejó para acercarnos su tiempo al nuestro, para simplemente decirnos que ese mar, el suyo, es el nuestro, que esa playa, y la naturaleza que viste nuestra isla es la misma que debemos dejar a los que en otro tiempo escriban su historia, y lean la de Saulo Torón, la de “El caracol encantado”, la de “Las monedas de cobre”, que están escritas para recordarlas, leerlas, sentirlas y vivirlas en estos momentos.