jueves, 09 de diciembre de 2021Director: Carmelo J. OjedaISSN 1885-5636
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Geografía e Historia -02/06/2021 - Actualizada a las 20:13

Del Hospital de la Curación de Telde

Antonio María González Padrón
Imagen de la antigua ermita de San Pedro Mártir/Archivo Miguel Jorge Alemán/Telde.

A la memoria de don Teodoro Rodríguez y Rodríguez, Párroco que fuera de San Juan Bautista de Telde

Varios investigadores y no menos divulgadores de nuestra Historia han coincidido en su interés por el antiguo Hospital de San Pedro Mártir de Verona, también llamado Hospital de la Curación de Telde.

 

Así como se atribuye la construcción del Templo Matriz de San Juan Bautista, hoy Basílica Menor de la Cristiandad y Santuario del Santo Cristo de Telde, a los conquistadores-colonizadores Hernán García El Viejo y su hijo Cristóbal García del Castillo. También, se alude con frecuencia a una sola persona a la hora de darle cédula de maternidad al centro hospitalario antes mencionado.

 

Actualmente de sobra sabemos que, ni la paternidad de unos, ni la maternidad del otro se puede atribuir a unas pocas voluntades, pues muy al contrario los personajes mentados lo que hicieron y, créanme que no es poco, fue aunar esfuerzos entre las principales familias de la nueva ciudad canario-castellana con el fin de dotarla de un templo y de un hospital. En el caso de Cristóbal García del Castillo, como mayordomo de obras, sería el responsable de llamar a la conciencia de sus semejantes para comenzar una construcción, que no pararía en casi cincuenta años. Como resultado, un edificio de notable belleza estética comenzado en sus fachadas y cabecera en el estilo gótico tardío imperante por entonces, tanto en Portugal como en Castilla. Y desarrollado en Renacimiento en sus tres naves, para ser completado mucho más tarde en dos capillas laterales (San Ignacio de Loyola y Nuestra Señora del Rosario) en un Barroco Clasicista. La notoriedad de don Cristóbal fue la de socorrer con sus propios caudales a la fábrica en los numerosos casos de apatía, desidia y abandono de otros ricohombres, que alegando excusas inconfesables no abonaron las cantidades comprometidas, dejando el proyecto en serias dificultades.

 

En el caso que nos ocupa y que ha dado título al presente artículo, Del Hospital de la Curación de Telde, fue la férrea y decidida voluntad de Inés Chimida o Chemida la que llevó a buen puerto las obras necesarias para que la recién fundada ciudad pudiera tener un centro sociosanitario de primer orden. Ya dijo don Pedro Hernández Benítez, entre otros, que nuestra protagonista era mujer de medianos recursos. Según parece, era hija de un militar de origen portugués, que había venido a la conquista de la Isla y una aborigen de alto rango. Sabemos de ella que estuvo casada y que enviudó prontamente, tras larga y penosa enfermedad de su cónyuge. Es más, algunos investigadores sostienen que fue esa situación personal, la que llevó a doña Inés a interesarse por la asistencia médica de sus conciudadanos y de los foráneos que hasta ésta llegaban. Hay quien deja dicho que la enfermedad sufrida por el marido no era otra que la temida sífilis americana, conocida mundialmente por los Males de Indias o también como los Males de Buba, aquellos que Castilla trajo de América en los mismos buques que transportaron la plata, el oro, las papas (patatas), el tomate, etc.

Lo cierto es que Inés de Chimida pasó gran parte de su vida juntando limosnas de mayor o menor cuantía con el fin último de ver terminado su Hospital.

 

Todo hace pensar que el solar ocupado por la actual Iglesia Hospitalaria de San Pedro Mártir coincide, en mayor o menor proporción, con la primigenia ermita de Santa Lucía Mártir de la que se hacen eco algunos documentos en donde se reseñan las visitas pastorales, que Obispos y delegados de éstos, realizaron a Telde en los años inmediatamente posteriores a la Conquista Castellana. Más tarde y ya en el nuevo templo, sabemos que existió una capilla con retablo propio, dedicado a la Patrona de la Buena Vista. Es lógico pensar que para el desarrollo de tal edificio no solo se ocupara el espacio de la ermita, sino que además se apropiaran de los espacios circundantes. Y junto al nuevo templo gótico-mudéjar, en su cara sur, se erigió todas las dependencias necesarias para el hospital. Los diferentes habitáculos daban a un patio central empedrado, que cumplía dos funciones extremadamente importantes: la primera de ellas como elemento comunicador entre las diferentes dependencias. Y la segunda, no menos necesaria, la de espacio catalizador para que el aire se mantuviera limpio, a través de su continua renovación.

 

Nos hemos preguntado, más de una vez, a quien perteneció el solar utilizado para tal fin y creemos que no es peregrina la conjetura al afirmar, que bien pudiera pertenecer al ya varias veces mentado Cristóbal García del Castillo. Entre la iglesia y sus casas patrimoniales solo existían unos veinticinco metros lineales y por entonces, el moguereño era dueño de una gran huerta-jardín que rodeaba gran parte de su casa solariega. Conociendo al personaje, no debe extrañarnos que, una vez más, actuara en beneficio de la comunidad y mostrara su suma generosidad a la hora de ayudar al buen gobierno de la misma.

 

Debemos advertir al que por allí se acerque que en sustitución del antiguo hospital, hoy hay un edificio, que otras hemos calificado de verdadero mamotreto destinado a centro de salud. A principio de los años sesenta se diseñó el mismo con la aprobación generalizada de las autoridades locales, insulares y estatales. La nobleza de sus elementos constructivos, en donde destaca sobremanera la utilización de cantería gris de Arucas, así como sus bien proporcionadas dimensiones, hicieron del mismo un ejemplo de lo que entonces se creía un edificio de líneas nobles y ajustadas al entorno. Fue mucho más tarde cuando la Seguridad Social estatal, haciendo caso omiso al Consistorio teldense y anteponiendo sus intereses a la estética que debía reinar en el Conjunto Histórico Artístico de San Juan, elevó en varias alturas el edificio en cuestión.

 

Llegados a este punto, retrocedemos sobre nuestros pasos. Describiremos algo completamente anormal, que llena de interrogantes a no pocos visitantes a la actual Iglesia Hospitalaria de San Pedro Mártir de Verona, que hoy cumple funciones de edificio para usos múltiples culturales. De entrada, podemos acceder al interior de la misma por el Este, desde la calle Real, actualmente Juan Carlos I o por el Oeste, desde la Plaza de los Guanartemes. La primera de ellas es una portada encuadrada en el barroco clasicista, carente de decoración y desarrollada en altura, coronada por un dintel de nobles proporciones y sobre ésta, en la cúspide de la fachada, una pequeña espadaña; todo ello en cantería gris primorosamente tallada.

 

La segunda es obra reciente, concretamente del año dos mil. El doctor Fábregas, arquitecto-restaurador y rehabilitador del templo, eligió las líneas goticistas para llevarla a cabo. El porqué la encontramos en este paramento tiene su explicación. Aquí se encontró un arco tapiado como resultado de una antigua puerta, que no era otra que la principal y primigenia del templo. Un cambio en el acceso a la ciudad hizo que los rectores del hospital decidieran dotar a dicho edificio de otra portada. Dicho lo anterior, tenemos la explicación para que hoy las dos capillas laterales se encuentren anómalamente a los pies y no, como es uso y costumbre, en la cabecera. Asimismo, el Altar Mayor que estuvo situado durante años en el paramento Este, más tarde se trocó al Oeste, desvirtuando los usos y costumbres de los templos católicos, que siempre hacen mirar a sus feligreses-orantes hacia el Este por encontrarse allí la Ciudad Santa de Jerusalén.

 

El motivo principal de este artículo es llamar la atención para que no caigamos en el error de denominar a la actual Iglesia Hospitalaria de San Pedro Mártir de Verona, ermita, ya que no es tal. Además, en esa moda imperante de desposeer a los topónimos de artículos y adjetivos, comprobamos como con frecuencia se le llama Iglesia de San Pedro o peor, ermita de San Pedro, obviando lo de Mártir y también lo De Verona, inherente al patrono de la misma. Santos Pedros existen muchos, pero la voluntad de los teldenses del siglo XVI fue dedicarla a San Pedro Mártir de Verona, copatrono de la parroquia sanjuanera de Telde, además de Santo Protector del temido Tribunal de La Inquisición.

 

Otra aclaración ¿Y ya que estamos, para qué guardarnos ésta última? Como decían los antiguos cronistas y pregoneros, que sepan cuantos ésto lean o escuchen que se cometió un gravísimo error cuando el M.I Ayuntamiento de la ciudad, a través de sus máximos representantes, aceptó firmar un acuerdo de uso, en donde implícitamente se reconocía la propiedad de la Iglesia Católica sobre este bien inmueble. Ya lo advertimos en su momento, jamás esta iglesia ha pertenecido ni al Obispado, ni a la Parroquia Matriz. La verdad es que tanto el Hospital como todas sus posesiones de tierras y aguas, así como su iglesia, no tuvieron otro dueño que el común de la ciudad o lo que es lo mismo, en un primer momento su Ayuntamiento, y por extensión la Diputación Provincial, que unió su destino al capitalino Hospital de San Martín. Así, el Estado pudo edificar el nuevo Centro de Salud y el Ayuntamiento mantener por casi ciento cincuenta años su potrero en la desvencijada fábrica de su semi-derruida iglesia.

 

Antonio María González Padrón es licenciado en Historia del Arte, cronista oficial de Telde, Hijo Predilecto de esta ciudad y académico correspondiente de la Real Academia de la Historia.