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Política -30/12/2021 - Actualizada a las 08:04

Alarma en la izquierda

TA ofrece la columna diaria de Rafael Álvarez Gil
Alarma en la izquierda

La tensión política que se vivió en la Transición tuvo su apogeo en un periodo breve a inicios de 1977 y retratado en la matanza de los abogados laboralistas de Atocha. La película ‘7 días de enero’ (1979), dirigida por Juan Antonio Bardem, lo ilustra y es una de las obras por excelencia para comprender aquella etapa histórica. En esa semana estuvo en juego la estabilidad del proceso democratizador. Algo similar le ocurre ahora, salvando las debidas distancias, al Gobierno de coalición de izquierdas que el martes aprobó la reforma laboral que entra hoy en vigor al publicarse en el Boletín Oficial del Estado y que en un mes como máximo deberá ser convalidado o rechazado el decreto ley por el Congreso de los Diputados.

 

Lo peor que le puede suceder a Yolanda Díaz es que la reforma laboral, su gran medida de cara al escaparate, sea finalmente salvada por Ciudadanos. En La Moncloa piensan que EH Bildu y ERC van de farol. Pero cuando queda apenas un año mal contado para los comicios locales y la sombra de unas elecciones generales adelantadas crece, el margen de maniobra para fingir se va acotando progresivamente. A medida que la cita con las urnas se siente más cercana, más caro le sale al partido de turno separarse de sus principios y postulados. Y si la norma tiene la bendición tácita de Fátima Báñez, actual presidenta de la fundación CEOE que ejecutó precisamente la reforma laboral de 2012 como ministra del ramo en el Ejecutivo de Mariano Rajoy que atesoraba mayoría absoluta, debería invitar a reflexionar a Díaz.

 

En última instancia, si fracasa el intento de la gallega habrá ganado Pedro Sánchez y, a la par, los nacionalismos periféricos que rechazando la norma se aseguran asimismo que luego la plataforma transversal de Díaz le dispute el espacio electoral. A estas alturas de la legislatura, le es a Díaz muy difícil combinar su rol de candidata presidencial con la salvaguarda institucional en un Gabinete de coalición que, de por sí, tampoco alcanza mayoría absoluta. Actúa como una ministra valorada que sirve de consenso (en condiciones habituales tendría premio) pero no debe olvidarse que la esperanza de la izquierda pasa por ella y que no se hicieron dos huelgas generales (en 2010 y 2012) para un pactismo a medias tintas. Que es legítimo y que puede funcionar pero que no es congruente con el mensaje que ella lanzaba de derogar (subrayo, derogar) la reforma laboral del PP en la era de la austeridad.

 

Este mes de enero inminente será trascendental. El primer ministro portugués, José Sócrates, socialista por cierto, dimitió en 2011 al no contar con la bendición parlamentaria a su plan de medidas. Antes, en mayo de 2010, José Luis Rodríguez Zapatero anunció la primera ronda de recortes que le sepultó electoralmente. Hasta ese momento, PSOE y PP iban parejos en las encuestas. Sin embargo, aquel “me cueste lo que me cueste” con el que se inmoló Zapatero en la Cámara Baja puso fin a efectos prácticos a su trayectoria. Díaz podrá arriesgar tanto como considere pero nunca decepcionar a la izquierda sociológica. Porque entonces podrá o no recibir aplausos coreados desde el santificado consenso aunque correrá el riesgo de haberle hecho el trabajo a otros y será una más del pelotón de ministros en el que está, no siendo menos, Nadia Calviño. Pero ya no será la fulgurante candidata que aspiraba al ‘sorpasso’ y a reconstruir la izquierda.