El congreso insular

TA ofrece la columna diaria de Rafael Álvarez Gil

El congreso insular

Tras la tregua navideña el PSOE tiene que encarar su Congreso insular en Gran Canaria, aplazado desde otoño a cuenta de una división patente en la organización y en el que se busca un acuerdo al precio que sea. Ferraz apela a que no quiere votaciones y romper la imagen de unidad cuando, en realidad, tiene otros frentes abiertos en otras latitudes. Porque, las cosas como son, cuando llegue el momento de la verdad, al aparato en la sede central le importará otros temas mucho más que quién sea el candidato al Cabildo de Gran Canaria y la plancha electoral que le acompañará.

 

El PSOE ya no es el partido de cuadros (casi ninguno lo es) cuyas ejecutivas potenciaba dirigentes que iban ocupando responsabilidades y, por ende, promocionando sucesivamente. Ese modelo se finiquitó en el proceso de primarias entre Pedro Sánchez y Susana Díaz; entonces el patrón nacido en el Congreso de Suresnes (1974) que abasteció a Felipe González, Joaquín Almunia, José Luis Rodríguez Zapatero y Alfredo Pérez Rubalcaba dijo adiós. Augusto Hidalgo creía que su salto a la política insular sería amén de una alfombra roja que la gran dirección le desplegaría. El avance del calendario ha confirmado lo contrario, lo que ya se certificó del todo cuando en el cónclave regional Sebastián Franquis no ocupó espacio y optó por atrincherarse en la cita insular que ahora viene.

 

Lo que ocurre es que los contendientes han alcanzado un punto de no retorno y aquel que rebaje sus pretensiones sonará a retirada con aroma de derrota para la opinión pública. Un relato que afecta especialmente a Hidalgo en cuanto que, en el último tramo temporal, es el que acumula más interés sobre su posible estampida que ha entrado en la mesa de negociación. Lo que chirría a un sector de los que precisamente le apoyan y están mascullando si presentar, si se tercia, a un tercero aunque, de antemano, sus posibilidades orgánicas sean nulas. Más bien esto que sueltan entre bambalinas responde a un intento de forzar al alcalde a no replegarse, a que plante cara frente al temor de que se achique y, por tanto, no se rinda. Y es que no puedes embaucar a la gente en un proyecto político para después pactar tu candidatura particular, colocar a los más allegados y el resto si te vi no me acuerdo. Y es que una cosa es lo que se convenga en el presente a cuenta de la supuesta integración de los correligionarios de los dos conjuntos y otra bien distinta cuando llegue el instante de confeccionar la plancha con los escogidos que sí vayan a la Casa-Palacio de Bravo Murillo. Ser parte de una dirección insular, o la que sea, no garantiza nada; eso pertenece al mundo de ayer.

 

Con todo, la realidad sociopolítica de Gran Canaria en 2023 seguirá siendo similar a la de 2019 cuando se constató el sinsentido de la táctica de Franquis de arrinconar a las izquierdas (NC y Unidas Podemos) a cambio de alianzas con el PP (Arucas y Teror). Incluso, en Telde se intentó (luego resultó fallido) presidir con los populares, CC y Ciuca con la pesadilla del caso Faycán aún resonando. En 2023 el tablero será semejante y, sea Franquis o Hidalgo el que disponga de mando en plaza, tendrá que afrontarlo por igual: rebuscar gobiernos con el PP no será solución. Y prueba de ello es lo sucedido en Lanzarote que si es por Génova el PSOE no estaría en el Ayuntamiento de Arrecife (que ya no está) ni en el cabildo conejero. ¿Qué sentido tuvo esta jugada en Gran Canaria? Ninguno.

 

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