La factura del socio

TA ofrece la columna diaria de Rafael Álvarez Gil

La factura del socio
Rafael Álvarez Gil

Uno de los mayores dilemas de las organizaciones políticas es cuando deciden si entrar o no a formar parte de un Gobierno de coalición. Eso sí, es un dilema subyacente, tácito y del que ni siquiera son conscientes. Por lo general, el poder (y los aspectos positivos de tener el BOE o el BOC a mano) hace que apresuradamente se sumen a la invitación. Es lógico. Sin embargo, ningún paso por un Ejecutivo durante una legislatura es neutro. Al contrario, provoca efectos en los resultados electorales posteriores y, en ocasiones, hasta en el sistema de partidos.

 

Unidas Podemos propició los apoyos (y fue fundamental) para que la moción de censura presentada por Pedro Sánchez ante Mariano Rajoy prosperase inesperadamente. Pablo Iglesias tiró de teléfono móvil con los diversos nacionalismos periféricos. Si aquella carta de Sánchez no hubiera triunfado en el verano de 2018 hoy su situación política seguramente hubiera sido muy distinta. Han pasado varios cursos y actualmente Iglesias ya no está en primera línea sino que retumba y con fundamento en el sector mediático como analista. El futuro de la izquierda pasa por la candidatura de Yolanda Díaz cuya reforma laboral ha destapado un debate profundo dentro de la izquierda sociológica y en los socios del Gobierno, tanto en Catalunya como en Euskadi. Unidas Podemos atesora 35 escaños y, por ahora, las encuestas no indican un aumento. Falta materializar la candidatura de la gallega y saber si supone o no ese revulsivo que lleve a este espacio a los años 2015 y 2016 en los que soñó (y casi logra) darle el ‘sorpasso’ al PSOE.

 

El PSOE en 2019 rubricó el pacto con Unidas Podemos porque no le quedó otra. No fue su pretensión ni su deseo. Por eso Ferraz jugó a repetir las elecciones ese año. No obstante, el PSOE descendió de los 123 a los 120 escaños. Fue el gran error de Sánchez que, por cierto, permitió que la ultraderecha subiese en actas en el Congreso de los Diputados. Si por Sánchez hubiera sido ni Iglesias ni los suyos se hubieran sentado en el Consejo de Ministros. De ahí, aquellas declaraciones del presidente de que no podría dormir tranquilo… ¿Le mereció la pena a Iglesias respaldar aquella moción de censura? Para desalojar a Rajoy de La Moncloa, sí, por supuesto, para confeccionar un sistema de partidos en el que disputase la posición privilegiada del PSOE, probablemente no.

 

Hay una tendencia en las diversas siglas, herencia de las décadas de estabilidad electoral del bipartidismo (1977-2011), a pensar de que la ciudadanía traga con lo que sea. Que le es indiferente que se gobierne con unos u otros y, por tanto, los dirigentes de turno galopan a adueñarse de los despachos oficiales pensando que esto no tendrá repercusiones en la siguiente cita con las urnas. Lo que ocurre es que el hastío y la desidia de la ciudadanía han aumentado exponencialmente (lo que motiva en parte el ascenso vertiginoso de Vox) y se han alejado de los diferentes partidos. Impera el pasotismo. El electorado tiene memoria, quizá no tanta, pero la tiene. Y sabe discernir. Ser el socio secundario de otro tanto en un Gabinete central como autonómico no es indiferente: implica una oportunidad o una gravosa hipoteca. Si a esto le añadimos que las encuestas indican un retroceso en apoyos del PSOE y Unidas Podemos en el ámbito estatal, de los dos, que ya es raro, pues el sudoku se complica. Como se predica en economía: el coste de oportunidad existe.

 

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