Hartazgo

TA ofrece la columna diaria de Rafael Álvarez Gil

Hartazgo
Rafael Álvarez Gil

El estado de ánimo de la ciudadanía hacia los asuntos públicos está en horas bajas. Comenzó así 2021 y acabará igual o peor este curso que llama a su fin. ¿2022? Hagan sus quinielas. Pero los antecedentes son los que son: desde la Gran Recesión de 2008 las condiciones socioeconómicas y, sobre todo, las expectativas intergeneracionales han decaído. No es que el banco ya no te ofrezca una cubertería o un televisión a cambio de un depósito bancario, como sucedía allá en los noventa, sino que ahora te cobra comisiones a mansalva porque el negocio de antaño se ha esfumado; amén de un Banco Central Europeo (BCE) que practica, como corresponde, una política monetaria ultraexpansiva. En realidad, lo que haga o deje de hacer el BCE no es (por fortuna) tema de discusión cada mañana en el desayuno donde las prisas son las de siempre para los que tienen ocasión de ir a trabajar y la letanía de la desidia sin más permanece intacta para los que continúan en un largo desempleo. Porque lo peor del paro no es cuando entras en el listado sino cuando transcurren los días (con sus mañanas, tardes y noches) e impera un tedio desconocido, añejo y castrador de cualquier triunfalismo.

 

Los políticos se degradan con respecto a aquellos a los que se deben: la ciudadanía. Estos ya no miran como otrora a los primeros. Antes ser nombrado ministro era lo más: tenía mando en plaza, imponía con su mera presencia por las capitales de provincia cuando asistía a reuniones o a impartir conferencias. Era el vicario del presidente del Gobierno en la tierra, en el terruño del momento que sus ilustres zapatos pisaban tras bajarse del coche oficial y concitaba la mirada de los peatones. ¿Cuántos escoltas le acompañarán?, ¿estará blindado el vehículo?, ¿nos estará saludando con esa aparente sonrisa propia del que la vida le trata bien?... se preguntaba el común de los mortales que estaba alrededor en la acera como si vieran a un extraterrestre exótico al alcance solo de los más selectos. Era la erótica del poder. De esto, queda poca cosa. El ministro es un ser que hoy está y mañana no está en La Moncloa. Y lo más significativo: salvo excepciones, se antojan prescindibles a la memoria colectiva y caen en el olvido. Porque a mayor hartazgo, a mayor desánimo social, el espacio para recordar se achica porque ninguno está para bromas. Demasiado tiene cada hogar con el sobresalto de la factura de la luz.

 

Hoy, cuando empiece a caer la tarde y la luz se torne en un azul melancólico, los escaparates de las tiendas irán cerrando y los viandantes cargarán con algunas bolsas del supermercado o bultos familiares rumbo a la casa de cada uno para pasar una cena con los más allegados. Lo habitual, por estas fechas, es que se hiciera balance interior. Que cada uno, a modo de ejercicio espiritual, recorriese memorísticamente de enero a diciembre qué fue su 2021. Pero eso era en el mundo de ayer. La pandemia en 2020 cambió muchas cosas y aceleró los estados de ánimos ya renqueantes desde la crisis anterior.

 

Si esta noche los congregados en cada domicilio en torno a la mesa pueden dirigirse la palabra, cuando menos, con un leve bienestar que certifica que la rutina particular y de tus semejantes es razonablemente satisfactoria, será un logro para los tiempos que corren. Lo bueno de la era de la incertidumbre es que te obliga a coexistir sin pretensiones, con afán estoico como instrumento vital. Otros lo llaman resiliencia. Feliz Año Nuevo.

 

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