05/09/2021 - 21:18

Los barrancos olvidados de Telde: El barranquillo de Sacateclas

Vigésimo artículo de la serie 'Una mirada sosegada al Medio Ambiente en Telde (1980-2020)' del ecologista, escritor, senderista y profesor jubilado José Manuel Espiño Meilán

Los barrancos olvidados de Telde: El barranquillo de Sacateclas
Cucañas y restos de cuarterias en barranco Sacateclas en una ilustración de Jaime Checa Jimeno y debajo barranco y autor del artículo.

Bajo el epígrafe Una mirada sosegada al Medio Ambiente en Telde (1980-2020), el ecologista y profesor José Manuel Espiño Meilán ofrece el vigésimo de una serie de artículos de periodicidad quincenal sobre la evolución medioambiental del municipio.

 

Los barrancos olvidados de Telde: El barranquillo de Sacateclas

Dedicado a mis buenos amigos y compañeros Gilberto Martel Rodríguez y José Ángel Rodríguez Fleitas, por compartir y poner en valor, a través del Proyecto: “Barrancos al golpito”, la importancia de la red hidrográfica de nuestra isla.

 

¿Barranquillo de Sacateclas? ¿Barranquillo de las Manolitas? Ambas denominaciones suenan extrañas y lo cierto es que no existe referencia alguna en la publicación “Telde” del Doctor Pedro Hernández Benítez. Recoge, sin embargo, tan insigne investigador, el término de Las Salinetas, playa de la costa teldense donde desembocan estos barranquillos en un cauce único. Aclaremos pues de qué red hídrica estamos hablando.

 

Al norte del barranco de Silva, entre las cadenas de Jarcón, Las Huesas y el Lomo los Frailes tiene su nacimiento una serie de barranquillos, concretamente tres, con nombres registrados en el mapa topográfico actualizado del IDE Canarias (Infraestructura de Datos Espaciales de Canarias) como barranquillo de Sacateclas, el que surge más a la derecha de la montaña Las Huesas, barranquillo de las Manolitas-Sacateclas el que discurre al pie de la montaña por su vertiente sureña y al cual enlaza el anterior y barranquillo de Las Manolitas el que recogiendo las aguas de las suaves lomas de Lomo Los Frailes y las Huesas tiene su confluencia con los antes señalados al pie de la montaña las Huesas, tras rodear la montaña por su vertiente norteña.

 

Es curiosa esta terminología, pues los habitantes de la zona conocen el barranco como barranco de las Huesas al paso por el núcleo urbano de dicho nombre y barranco de Salinetas le dicen al mismo barranco cuando alcanza su desembocadura en la playa de tal nombre.

 

Pero ciñámonos a la nomenclatura cartográfica indicada, pues como hemos indicado en barranquillos anteriores, confiamos sea fruto de trabajos de investigación y registro toponímico contrastados y serán los nombres que los lectores encontrarán en la cartografía habitual que manejen.

 

Este paseo por un espacio tan degradado en toda su extensión, nos servirá para confirmar unos datos registrados en un estudio llevado a cabo sobre la conservación de las aves esteparias en la isla de Gran Canaria, presentes en los llanos semidesérticos. El trabajo llevado a cabo por don Guillermo Delgado Castro y don José Julián Naranjo, técnicos el primero del Museo de la Naturaleza y el Hombre y el segundo del Centro de Planificación Ambiental de La Laguna, ambos en Tenerife, reconocía las zonas de cultivo abandonadas en nuestro municipio como reservorio de algunas especies de aves que han ido en regresión en los últimos años. Si bien es cierto que las poblaciones estudiadas se encontraban dispersas por el norte y este de la isla, no es menos cierto que en varias zonas de llanos y eriales costeros de nuestro municipio se encontraban aceptables poblaciones, dentro de lo que es la regresión y pérdida generalizada en el número de individuos, albergando en algún caso las mejores poblaciones de la isla. Ante el análisis de su estudio, me parecían increíbles tales resultados a la vista del estado de estos territorios tan degradados.

 

Sin embargo, confiamos en reconocer la presencia de aves esteparias pues, durante mi periplo por zonas de antiguos cultivos en Telde, a pesar de la presencia de residuos agrícolas que llevan toda una vida sin retirarse: plásticos, maderas, alambres, tuberías y mangueras de riego, mallas plásticas de sombreo, mallas protectoras de invernaderos…, siempre observé alcaravanes. Algún ejemplar aislado en la finca de los Gómez, muy cerca de la playa de Salinetas, seis ejemplares en terrenos no cultivados de esta misma propiedad, pero en la zona alta, próximos a la autovía GC-1, ocho alcaravanes en los eriales de Las Huesas, siete en terrenos abandonados entre la urbanización industrial de Las Rubiesas y el vial costero…

 

Afortunadamente, muchas personas que viven en la costa teldense y en núcleos urbanos cercanos: Las Huesas, Casas Nuevas, La Montañeta, Marpequeña…, son fieles testigos de su presencia a través del registro sonoro. Durante la noche, ave crepuscular y nocturna, sabemos de la presencia de los alcaravanes por su sonido inconfundible, un potente “perolui” que ha supuesto que mucha gente rebautizara esta ave de mediano tamaño como pedroluis.

 

Es esta una oportuna y optimista reflexión sobre la lucha incesante de la vida por prosperar, por mantenerse, por superar las dificultades generadas en unos ecosistemas dañados, pero nuestro objetivo con esta serie de artículos es, además de visibilizar estos soplos de aire fresco y esperanza, denunciar la situación real de los mismos, no tanto por un interés, inexistente por cierto, en presentar un panorama sombrío sino en pretender el efecto contrario: despertar conciencias, fomentar alternativas, activar mecanismos para que la ciudadanía en general, los visitantes ocasionales, los propietarios de los terrenos y los responsables de las áreas de gestión, tengan la valentía y la honestidad de actuar, de tomar medidas, de aplicar la legislación vigente.

 

Es por ello que vamos a exponer la realidad de esta pequeña red hidrográfica, con el objeto de provocar una reflexión sobre el uso y abuso que hacemos del territorio, privado y público, pues no debemos olvidar que todo barranco tiene cauce y ese cauce posee una franja cartografiada, reconocida y señalizada como dominio público y que, como veremos en muchos casos y éste es uno de los más sangrantes, ni se vigila ni se respeta ese espacio común, esencial por otro lado para la seguridad de todos los ciudadanos.

 

Comenzamos por el barranquillo más norteño, el barranquillo de las Manolitas. Nacido en pequeñas vaguadas formadas en los Llanos de Las Huesas y Lomo Los Frailes, es imposible encontrar su origen exacto porque, siendo barranqueras incipientes fueron sepultadas y allanadas hace tiempo para transformarlas en llanos cultivables. La tristeza de estas intervenciones está en que el devenir del paso del tiempo ha llevado a un abandono de estas áreas de cultivo, presentando ahora una lamentable situación de abandono, pues una vez perdida la rentabilidad no existe control alguno por parte de las autoridades sobre la restauración del paisaje primigenio. Queda así un triste paisaje de esqueletos arbóreos -naranjos, limoneros, mandarinos- que la propiedad ha puesto en venta.

 

Los letreros y la basura definen este territorio abandonado, no por la mano de Dios sino por la mano de los seres humanos. Otras barranqueras, las que surgen en el Lomo Los Frailes, o bien forman parte del recinto militar y por lo tanto no se encuentran transitables o bien discurren por el exterior del muro militar y, de una forma incomprensible e ilegal, han cerrado su paso y privatizado el cauce con bloques, hormigón y puerta metálica. ¡Increíble si no fuera cierto!

 

Ante esta agresión, intento acceder desde abajo, la zona donde vuelve a aparecer el barranquillo para continuar su camino a través del núcleo urbano de Las Huesas. Recorro el barranco en busca de su nacimiento, tratando de llegar a la zona privatizada del mismo. Constato así que el barranquillo de las Manolitas es un cauce mínimo sometido a la apropiación de sus laderas por los propietarios que lo colindan y ceñido por muros de bloques, viviendas a todas luces sin licencia urbanística cuando se llevaron a cabo pues el caos en su fabricación es absoluto, por sorribas de tierras, por paredes de hormigón, cierres y vallas de cultivos.

 

Llegar a su cauce es ya una odisea, pues para ello deberemos abordarlo desde los llanos de las Huesas. Una vez en él, las sorpresas se suceden una tras otra: aguas residuales de un par de viviendas directas al barranco, sólo necesitamos observar el cauce o cloaca en que se ha convertido este barranquillo, pistas de entrada de coches a las propiedades a través de una cementación del cauce, basuras dispersas a lo largo del mismo y la desaparición, como hemos indicado del paso que lindaba con la zona militar de las Huesas. Tiro de memoria y de imágenes del momento y hace cuarenta años yo accedía con alumnos por este barranquillo para dibujar y estudiar el yacimiento arqueológico que se conserva en la cima de esta montaña. Por eso me sorprende que el paso haya desaparecido.

 

En aquel entonces, años ochenta, la montaña no estaba parcelada, toda su superficie era suelo rústico de uso agrícola y jamás fue suelo urbanizable. Si consultamos la cartografía del Plan General de Ordenación Urbana de Telde, ni lo es ahora ni lo fue-. ¿Entonces qué sucedió? Pues a la vista está, se cometió la aberración urbanística bautizada como: “Diseminado Montaña Las Huesas”. Partiendo de cierres ilegales, vallas ilegales de suficiente altura para hurtar de la vista de los transeúntes y de las autoridades pertinentes su interior y desarrollar tras ellas, impunemente, la aberración que vemos ahora en pleno dos mil veintiuno. Un esperpento urbanístico donde se juntan viviendas con recintos pseudoindustriales, naves sin encalar donde se almacenan materiales de todo tipo junto a solares que sirven de escombreras, solares tipo almacén con algún otro dedicado a zona de cultivos…

 

Causa sorpresa, desánimo y vergüenza que, si se quería que esta zona estuviera urbanizada, no se hubiese previsto desde un comienzo. De no ser así, ratificado su uso como suelo rústico, es deplorable que no se hubiese paralizado desde el principio esta aberración urbanística, pues la ilegalidad se convirtió, con el paso del tiempo, en una tendencia: la consolidación de una zona residencial no programada en un suelo que no lo permitía ni lo permite, algo que nació sin las condiciones exigidas para cualquier área urbanística legal: red viaria, servicios, alcantarillado… ¿El resultado? Una de las zonas más decepcionantes de todo el municipio. Una imagen deplorable de la otra cara de Gran Canaria que no queremos mostrar. La decepcionante imagen la complementa la presencia al lado de la carretera de un par de contenedores de residuos, colmatados, sin retirar, y con varios montículos alrededor de ellos donde se observa todo tipo de basuras: restos orgánicos, muebles, escombros, ventanas, vidrios rotos, restos agrícolas, un par de neumáticos… Es muy triste pues hablamos del Telde actual, de estos días del mes de agosto, de una realidad que puede atestiguar cualquier vecino, ciudadano, senderista o turista, de un hecho constatable que no forma parte de un mal sueño del pasado, sino de una preocupante realidad.

 

Busco información entre los vecinos de Las Huesas y me animan a continuar carretera arriba, hacia Cruz de Jerez y observar núcleos de viviendas ilegales parapetadas tras muros que impiden la visión, pero que no escapa a las imágenes aéreas cuando consultamos la cartografía de GRAFCAN. Este es el municipio que hemos permitido entre todos, año tras año, y que han permitido nuestras corporaciones, una tras otra. Un municipio donde no existe disciplina urbanística en muchos núcleos de suelo agrícola que, de un modo ilegal y aberrante se convierten, por anarquía, ignorancia y pasotismo, en núcleos poblacionales sin ningún tipo de orden ni servicios.

 

Sigo por el exiguo cauce buscando su nacimiento. El abandono al que está sometido ha permitido que un manto de tuneras indias imposibilite continuar por el mismo, pues tal es su densidad que la ocupación va de lado a lado, o mejor expresado, de muro a muro de propiedad privada a propiedad militar. Intento buscar una pequeña vía para sortear la maraña espinosa, pero es imposible. Presiento que esta peligrosa muralla vegetal fue plantada con la clara intención de impedir el paso por el mismo, el acceso por el fondo del cauce, pues es bastante improbable una colonización tan rápida y tan organizada. Sé que aún, superando esta barrera de púas, no podría continuar por el cauce por el cierre ilegal de su cabecera. Repito lo que les dije, hace cuarenta años, por este barranquillo que discurría junto a este cerramiento militar, en aquel entonces más antiguo y deteriorado, actualmente sustituido por un cerramiento de bloques y hormigón con lucernarios abiertos para evitar el empuje del viento, mis alumnos y yo descendíamos de la montaña de Las Huesas.

 

Desando el camino recorrido para continuar el descenso por el barranquillo. Si su discurrir inicial nos sorprende por su abandono, una vez entramos de lleno en el núcleo urbano de las Huesas, no es más esperanzador. Pequeñas casetas de bloques, algunas encaladas y con puertas, se han levantado en el mismísimo cauce, sin control alguno. Al parecer en todo este barranquillo los pequeños bolardos blancos -testigos visuales que definen el dominio público del cauce-, están para ignorarlos o, simplemente desaparecieron. Anarquía e indisciplina ante la falta absoluta de vigilancia y control. El destino de estas casetas es la cría de perros, corral de gallinas, cabras, algún cerdo ocasional… ¡Alucino al pasar por este tramo del barranco! ¿Sabe el servicio hidráulico de este uso del cauce, de esta invasión de suelo público? Y si lo sabe ¿qué hace? No es de extrañar que al paso por el cauce, levante recelo y curiosidad en las personas que me observan y que se sorprenden ante mi deambular entre basuras por el fondo del cauce. Me pregunto si alguna de estas casetas no será una infravivienda, pues las basuras y recipientes para almacenar agua que veo en su exterior, así podrían sugerirlo. No lo sé, ni me apetece averiguarlo. Sigo el periplo en busca de la desembocadura. Para ello debo cruzar la carretera que une los dos núcleos de Las Huesas separados por este cauce y un centenar de metros más abajo, cruzar la autovía. Corroboro como este cauce no se ha limpiado en mucho tiempo. Para salvar la carretera que une los dos núcleos poblacionales dos tubos de hormigón facilitan el paso de las eventuales aguas del barranquillo. Aunque presentan síntomas de colmatación por acumulación de tierras de anteriores avenidas, aún disponen de luz suficiente para servir eficazmente al paso de nuevas lluvias.

 

La antropización de todo el territorio limítrofe hace que la vegetación sea prácticamente inexistente y de observarse algún vestigio, este se compone de tuneras indias. De cuando en cuando observo algún que otro balo pero todos sus ejemplares pueden contarse con los dedos de una mano. Lo mismo sucede con los espinos de mar, secos aparentemente a la vista por el estiaje severo pero verdes en el interior de sus ramas, y un par de vinagreras. Un alcaudón me observa desde un espino de mar.

 

El cauce está invadido por el rabo de gato y así se mantendrá hasta la desembocadura del barranquillo. Si repasamos éste y otros artículos anteriores corroboramos la tendencia a esta uniformidad botánica en los barrancos olvidados de Telde: cauces ocupados por una sucesión continua de rabo de gato, laderas cubiertas en algunos tramos por tuneras indias y la presencia de ejemplares aislados de balos, espinos de mar y vinagreras.

 

Pasada la autovía el registro botánico no cambia hasta la confluencia de este barranquillo con el de Sacateclas del que hablaremos a continuación. Sí sorprende la presencia de un Schinus molle -pimentero de California-, un soberbio ejemplar de árbol ornamental cuyas ramas y follaje ocupan por completo el exiguo cauce del barranquillo impidiendo con sus ramas el paso a través del mismo. Situado en el barranquillo, al lado de la autovía GC-1, con el privilegio de que los aliviaderos para las ocasionales lluvias se encuentren cercanos a sus raíces, el árbol se encuentra en el lugar idóneo para prosperar. Pasada la autovía, si algo se recupera en el cauce es la imagen perversa del mal uso del territorio: una enorme escombrera de materiales de construcción que redefinen el discurrir del cauce en la zona de Las Brujas, al norte del polígono industrial de Salinetas, añadiendo a esta agresión el aporte de vertidos de vidrios, plásticos, cartones y escombros. No hay duda alguna en que la degradación de los espacios circundantes a las industrias fabricantes de materiales para la construcción: bloques, bovedillas, viguetas, celosías, adoquines…, espacios utilizados para depositar y almacenar sus residuos de un modo ilegal, jamás ha contado con el control, denuncia y sanción correspondiente de las autoridades competentes en defender la legislación vigente en esta materia. Una vez más se demuestra que leyes sobran en nuestra Comunidad para la protección del territorio, el problema es que pocas veces se aplican.

 

En este corto espacio, antes de la confluencia, entre el tapiz amarillento de los agostados rabos de gato, surgen decenas de hinojos -Foeniculum vulgare-especie que ratifica la degradación del barranquillo pues su presencia es habitual en zonas muy alteradas.

El barranquillo de Manolita-Sacateclas -así se le denomina en la cartografía de GRAFCAN-, discurre al sur de la montaña y dispone de un cauce principal al pie de la misma y un afluente por la derecha, reconocido en la cartografía como Sacateclas, que le entrega mansamente su carga hidráulica en ocasiones de lluvias abundantes, pues su desarrollo es de escasa entidad. Es en esta confluencia donde se desarrolla un bosquete de calentones, tabacos moros o gandules, una especie de arbusto invasor que se encuentra siempre en terrenos muy degradados. Con su nacimiento ambos barranquillos en las Cadenas de Jarcón, el de Sacateclas conserva, a ambos lados del cauce, los últimos vestigios de cucañas, unas peculiares acumulaciones de cañas y palos que formaban parte del paisaje agrario grancanario en todo el este y sur de la isla, asociado al cultivo del tomate a cielo abierto y que, debido a su degradación como materia orgánica, están a punto de desaparecer del paisaje teldense. La ilustración que acompaña al presente artículo es de este barranquillo.

 

El de mayor entidad, Manolita-Sacateclas, ha visto soterrada su cabecera para ganar espacio para cultivos de cítricos, en la actualidad abandonados y secos. La escombrera generada en su día se mantiene ahí. Asistimos pues a una enorme muralla de escombros que amenazan con seguir cubriendo el barranquillo hasta la altura de la montaña Las Huesas. Sobre el cauce que queda y la ladera derecha del barranquillo se observan balos, veroles, tabaibas amargas, vinagreras que prosperan como pueden entre residuos procedentes de la escombrera. Es fácil sorprender aquí algún que otro conejo ramoneando tranquilamente entre esta vegetación dispersa, pues no es éste un barranco frecuentado por senderistas ni población local. La ladera izquierda corresponde a la montaña de Las Huesas. Formada por emplastes lávicos que favorecieron la formación de cuevas artificiales, su orientación al sur es idónea para la presencia y la observación de lagartos de Gran Canaria. Precisamente aquí surgió -un otoño de paseos de hace una decena de años-, el motivo argumental de una de mis novelas

 

. A pesar de la degradación que sufre la montaña y de su abandono secular, este espacio me ha enamorado siempre. Puede que la razón sea que en su cima se encuentra un yacimiento aborigen en formato de gran cueva con cinco puertas orientadas al sur, justo frente a la montaña de Cuatro Puertas que ya hemos tratado. Puede que la razón sea su humildad y silencio, su increíble pasividad ante tantas agresiones, su resignación volcánica ante la incomprensible, insensata y alocada actuación del ser humano. No lo sé a ciencia cierta, pero la verdad es que, pasada la cima de la montaña, olvidándome de la escombrera en que la han convertido, de las basuras dispersas por el llano que precede al yacimiento, una pequeña cueva abierta en la ladera, a su izquierda, y el habitante que la ocupaba en aquel entonces, un hombre silencioso y paciente, me inspiraron para escribir una de mis relatos más queridos: “Un centenar de lagartos”, publicada en el año 2013. Su trama argumental obedece al sinsentido de nuestra relación con el medio, ese desapego de la madre tierra que nos lleva a mancillarla, ensuciarla, humillarla, despreciarla. Como contrapunto, el discurrir diario de un hombre: Doramas, ajeno a prisas y modas, a alocados consumos, a desplazamientos más allá de los lugares donde le lleven sus piernas.

 

“ Doramas, extasiado, siente una extraña y placentera sensación de plenitud. Sonríe. Observa su mano derecha que mantiene firme y en equilibrio la jarra de barro. En el agua, una miríada de estrellas plateadas se desdobla en rutilantes destellos de luz. Se lleva el recipiente a los labios y bebe, muy despacio, sorbo a sorbo”.

 

Es este mi personaje, Doramas, quien siente admiración por Bentejuí, soberbio ejemplar de lagarto de Gran Canaria. Es Doramas quien convoca a los lagartos de la montaña para compartir su comida. Es Doramas, respetuoso con la vida y con el medio que le proporciona cobijo y alimento. Es posible que todos deberíamos ser un poco Doramas. No lo sé. Dejo la reflexión ahí.

 

Apenas rebasada la montaña, una industria dedicada a la fabricación de pisos, adoquines, losetas, balaustradas y otros materiales de construcción, agrede al barranco con el vertido constante y total impunidad, de todos los restos de su fabricación, tanto sólidos, la mayoría, como lixiviados. Debido a ello, el tránsito sobre el cauce nos aproxima impactantes imágenes ante las que no damos crédito si sabemos algo sobre la legislación vigente. A estos vertidos se les añaden restos de hormigón, limpiezas de máquinas y almacenes, así como restos calizos que sepultan no sólo el cauce sino los bolardos que existen señalizando el dominio público del barranquillo. Nadie vigila, nada importa. ¿Dónde está la consejería de Industria? ¿Y la de Medioambiente? ¿Acaso el Servicio Hidráulico? ¿O tal vez El Seprona? Lamentable realidad, pues estas empresas, una vez terminado su ciclo productivo -véase en el barranco de las Manolitas dos ejemplos, uno a la altura del núcleo urbano y el otro en su desembocadura, abandonan la actividad sin que nadie les exija el obligatorio plan de restauración del espacio agredido, hipotecando de tal modo el paisaje y contaminando el suelo para muchas décadas, cuando no para siempre.

 

La suave ladera derecha de este barranquillo se encuentra salpicada de las mismas especies que antes hemos mencionado a las que se unen ejemplares aislados de salado blanco -Schyzogine sp-. Otro alcaudón, también desde un espino de mar, alerta con su agudo y cascado chillido que un ser extraño se mueve por su territorio.

 

Tras pasar, con más pena que gloria, el nudo de enlace que une la autovía con el vial costero, a través, primero de unos túneles que encorsetan el cauce reconduciéndolo y luego mediante una tubería que facilita el paso de las escasas y ocasionales aguas de esta barranquera, el barranco discurre, rebasada ya la GC-1, por un cauce de hormigón a cielo abierto, al pie de los taludes generados en la construcción del vial costero y así continuará hasta su tramo final, donde recuperará su perfil original apenas un centenar de metros, invadido por rabo de gato, cañas y aloe asilvestrado. Las cañas hablan de humedad en el subsuelo y los aloes de su potencial invasor, ocupando el cauce.

 

Es a esta altura donde el cierre perimetral de una finca reconoce el nombre del lugar: Finca Sacateclas. Justo al lado, un estanque en buen estado, fabricado en piedra y con numerosos contrafuertes, nos habla junto al canal de cantería que le aportaba agua y la gallanía, abandonada y expoliada, de valores etnográficos que es preciso conservar pues forman parte de nuestro pasado más reciente y con ellos se pierde, como las cucañas, la memoria de toda una época. Gracias Gilberto por llevarme hasta él, por tu aportación a la denuncia y a la memoria. A pesar de mis paseos pausados, este increíble estanque escapó a mi vista, la ausencia en este artículo lo dejaría ahí, abandonado, esperando el derribo, destino que es probable tenga pues lo cierto es que los valores etnográficos de todo el municipio que se encuentran en fincas privadas están en grave riesgo de desaparecer.

 

El barranco alcanza así su desembocadura en la playa de Salinetas. En este tramo final, los callaos y piedras de barranco dificultan el paso. Cinco metros de ancho para un cauce, poco es. De hecho, me gustaría saber cuál es la anchura reconocida para estos cauces y de qué parámetros depende su cálculo, pues un centenar de metros más arriba, la anchura supera la decena de metros. La limpieza periódica de este tramo hace que cuando se lleva a cabo, nada se quede en pie. No son las basuras el exclusivo objetivo de los equipos encargados de dicha acción, equipos que no reciben más formación que la obediencia ciega al encargado, lo son también las plantas que han logrado prosperar y que van a ser eliminadas. Así, junto a los calentones y ricinos, plantas invasoras de rápido crecimiento y de vida más corta, prosperan en este maltrecho barranco, ejemplares de tarajales y balos, plantas autóctonas que deberían protegerse de la tala pues ayudan a fijar el suelo, ralentizan el paso del agua en las arrolladas y la filtran para su incorporación al acuífero. Pero está claro que la insensibilidad y el desconocimiento es la tónica general que impera en las limpiezas y podas salvajes.

 

De la última limpieza, afortunadamente se ha salvado un soberbio tarajal, el cual sólo ha recibido una poda en anchura para permitir el paso de la gente que acude a la playa desde el barrio de las Huesas. ¡Aplaudimos tal decisión de respeto al árbol! Con más de tres metros de altura y abundante copa, esperemos se conserve en próximas limpiezas como referente testimonial de un pasado donde esta especie se encontraba presente en las desembocaduras de muchos barrancos de la isla.

 

Una serie de plantas colonizadoras de terrenos muy degradados aportan riqueza y esperanza a este tramo final tan degradado, Una es el hinojo (Foeniculum vulgare) que nos embriaga con sus aromas, otra es la vinagrera. Junto a ellas, ratoneras, aulagas y rabos de gato nos recuerdan que estamos sobre un terreno muy alterado, que ha perdido su identidad como cauce propio y que fue transformado por el ser humano en un simple canal de desagüe.

 

El barranquillo de Sacateclas vuelve a soterrarse bajo el vial costero. Un ojo de buey en forma de rotonda permite mostrarse a calentones y ricinos a la vista de los conductores que pasan. Son éstas, plantas con amplia valencia ecológica, capaces de soportar el aporte continuo de arena de la playa y las aguas salobres que le llegan con las subidas de marea. Arena que viento y crecidas marinas arrastran y depositan barranco arriba, bajo la carretera, recordándonos que estas urbanizaciones, estas casas asentadas sobre la arena de la playa, en un pasado no muy lejano, eran espacios pertenecientes al océano y su franja arenosa y pedregosa.

 

No quiero que falte en este artículo recomendaciones y propuestas, en la línea que venimos sugiriendo en todos los anteriores. La pretensión es la misma: provocar una reflexión en los responsables públicos de la vigilancia y mantenimiento de estos espacios y de la red hidrográfica que generan y demandar, una vez más, a la propiedad privada su corresponsabilidad en el cuidado y mantenimiento de los mismos, exigiéndoles que no desarrollen sobre ellos aquellas actividades como son los vertidos de escombros y basuras en general, la fabricación ilegal, los cierres de barranquillos que no les están permitidas por la legislación vigente.

 

1.- Sorprende que la ladera del vial costero que hay sobre el barranco no disponga de un plan de limpieza, retiradas de escombros y posterior restauración a través de la reforestación con especies botánicas propias del lugar. La imagen que presenta este talud es lamentable y más lamentable aún es que nadie se haya ocupado, una vez terminadas las obras del vial, de exigir la restauración del paisaje transformado.

 

2.- Bajo la autovía GC-1 hay un puente que permite el acceso de los vehículos a través de un nudo de enlace y un pequeño puente anexo que permite el paso del agua del barranco. Este puente, sólo utilizado por las aguas y por algunos peatones acumula basuras y está necesitado de una limpieza puntual. Es fácil llevarla a cabo si hay interés en ello.

 

3.- Es urgente revisar los lindes del barranco y demoler todas las chabolas, cerramientos y obras dentro de dominio público. Es necesario ejecutarlo pues la idea de impunidad en las ocupaciones de suelo público está tomando cuerpo en parte de la ciudadanía no sólo en los cauces de barrancos sino en riscos costeros como ya hemos denunciado en el artículo anterior.

 

4.- Es urgente controlar y eliminar el vertido de aguas fecales al barranco de las Manolitas, pero más urgente es denunciar y penalizar a quien realiza el vertido contaminando el cauce, el subsuelo y las aguas subterráneas.

 

5.- Patrimonio debería tener constancia de los elementos hidráulicos y etnográficos de alto valor. Los que están presentes en la ladera izquierda del barranquillo Sacateclas es un ejemplo claro y su labor debería ser el desarrollo, junto a la propiedad, de planes de actuación encaminados a protegerlos de su deterioro galopante y su desaparición.

 

José Manuel Espiño Meilán es miembro fundador del Grupo Naturalista Turcón, de que es actualmente presidente honorífico, socio y activista. Divulgador y defensor de la vida a través de la docencia, ecología, senderismo, escritura, compromiso y paciencia.

 

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