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04/10/2020 - 17:16

José Luis González-Ruano, el escritor (I)

TA ofrece la primera entrega de artículos del ecologista y docente José Manuel Espiño dedicado a su amigo José Luis González Ruano, fallecido el pasado mes de enero

José Luis González-Ruano, el escritor (I)
Portada del libro de José Luis González-Ruano y José Manuel Espiño, autor del artículo/TA.

JOSÉ MANUEL ESPIÑO

“Escribo recordando el futuro, fragmentos de memoria de los encuentros que sucederán tras haberlos imaginado en las islas azules a lo largo de todos esos años. Hay historias dignas de ser vividas en la lectura”.

Capítulo “Atlas para todos esos años”, página 9.

 

Así comienza el magistral escritor su obra “Donde anidan los albatros”. Con este párrafo nos revela su esencia más profunda: su inmensa pasión por la vida y el conocimiento, abonada día tras día por multitud de lecturas de genios literarios que vivían y soñaban paisajes y personas, tiempos pasados y futuros desde un presente, sus presentes, increíblemente únicos y singulares. Todos y cada uno de ellos simbolizaban faros en el camino, señales que le llevaban a anhelar el conocimiento de nuevos espacios, nuevos horizontes viajeros donde crecer tanto en su dimensión humana como literaria.

 

“La razón es seguir en movimiento, porque el planeta es ya completamente visible, como una isla, y suena semejante en la arena mojada que piso o en un remoto saliente de roca en las antípodas donde quizás podré dormir al aire libre, junto a las aves migratorias y a los viajeros de paso”.

Capítulo “Atlas para todos esos años”, página 9.

 

Nuestro escritor había recorrido el mundo dos veces, primero en su universo literario, en su afán extremo por leer –dudo que existiera un día en que sus ojos no se encontraran con alguno de sus escritores de culto- y luego, desde su más temprana juventud, con el periplo realizado a través de un amplio rosario de tierras continentales e islas que le permitían ir saciando sus ansias innatas por el conocimiento y el saber en un comienzo, más tarde por el compromiso social y literario con los espacios vividos.

 

“En esta isla remota la librería forma parte de la tienda de ultramarinos. Los isleños se llevan un libro a casa junto a las latas de conserva, el whisky escocés y las medicinas que llegan con el barco cada tres semanas, si no lo impide el mal tiempo. Es alimento para calmar la soledad. El ruido de las páginas supera la honda resonancia de las olas en la frontera de la espuma. Leer es allí un viaje esplendoroso, sin movimiento. Sana las heridas de la mente. Después de la lectura, el isleño mira el extenso cuerpo de agua y sus ojos alcanzan otras orillas”.

Capítulo “Tristán da Cunha”, página 16

 

Recuerdo una reflexión suya, a lo largo de los múltiples paseos dominicales que, al amanecer, disfrutábamos por el litoral teldense, sobre el escritor y la lectura, sobre la presencia del escritor en las librerías. “Hecho de menos la cotidiana presencia de escritores en las librerías. Tal vez ocurra porque para mí, es una visita obligada cuando llego a cualquier rincón del mundo. Es esencia y ánimo, alegría y esperanza, me insufla vida respirar todo ese universo sensorial que emana de los libros. Soy feliz hojeándolos, olfateándolos, viéndolos y siempre encuentro alguno singular. El libro abandona así su anonimato convirtiéndose en un amigo cercano, íntimo. ¡Qué mejor recuerdo material del lugar visitado que regresar con un libro especial en cada viaje!”

 

Y lo sabía a ciencia cierta porque era escritor y librero, o tal vez librero y escritor pues ambas pasiones las disfrutaba al unísono y reconocía con pesar que no eran los escritores –no todos, es cierto pero si una preocupante mayoría- los más fervientes seguidores de su librería de autor, la única librería de viajes abierta en el archipiélago canario, una librería donde cada título y autor eran escogidos cuidadosamente, ponderados por su privilegiada mente, referentes escritos de la vida en mayúscula, diáfanas ventanas al placer de viajar.

 

Reflexión y certeza que me dio que pensar en una isla, la nuestra, donde la banalidad literaria ocupa más espacio del deseable, donde escasean las obras literarias con mayúsculas, aquellas trabajadas con esmero, revisadas una y otra vez, cuidada su forma, mimado su estilo, capaces de mirar sin sonrojo a referentes literarios, capaces de asombrar, de acercarnos personajes que los sentimos nuestros, necesarios en nuestras vidas, referentes de un modo u otro, obras que nos enriquecen y nos animan a leer con pasión, textos que acercan mundos y paisajes donde una vez dentro, nos cuesta querer salir, que posean magia y emoción, desborden creatividad, capaces de llevar a sus lectores a estados de ánimo insospechados.

 

Perderse en Santiago por sus librerías, en Pamplona, Bilbao, Sevilla, Madrid, San Sebastián, Lugo, Córdoba, Granada, Logroño..., maravillarse del efecto llamada de la popular librería Lello en Oporto, sonreir en la Acqua Alta de Venecia, considerada pomposamente por su dueño la librería más bonita del mundo, intentar recorrer las dieciocho millas de libros de la librería Strand en Nueva York y quedarse sorprendido y dichoso, satisfecho de haber saciado sus ansias lectoras y sentir muy corta la vida parta leer tanta obra interesante, sorprenderse con el cuartucho que en Hanga Roa, en la isla de Pascua, habían bautizado como librería, buscarlas con ansia en pequeñas localidades como Viveiro, Fisterra, Muxía, Puente de la Reina o Santo Domingo de la Calzada al tiempo que recorría un Camino de Santiago vivido en común con entrañables amigos, soñado y sentido. Gallego, portugués, inglés, francés, italiano…, de cada isla o territorio recorrido traía José Luis un libro en su idioma original para enriquecer su biblioteca personal y sus ansias de conocimiento y lectura. No dudo en que esta asociación de librerías, obras y autores, esta búsqueda incesante y su indiscutible hábito lector se convirtieron en fortalezas del autor capaces de justificar per se su enorme calidad literaria.

 

“Nunca he podido apartarlas de mi ánimo. Nunca he dejado de buscar la luz azulada de las islas sin tiempo. Siempre he sabido que se encontraban allí. Desconozco otros sentimientos que los de la curiosidad por descubrirlas en el confín del mundo. ¿Qué significa el mundo?”

Capítulo: “Navegando en la razón de los intrépidos”, página 20

 

En su interior siempre hubo afán por descubrir, o tal vez por redescubrir desde su óptica personal enriquecida por una rigurosa visión antropológica del mundo, su entorno. Un mundo reciente, cierto, pero donde sus referentes esenciales en la transmisión de esa pulsión natural, Jacques Cousteau, y David Attenborough cimentaron ideas y concepciones propias. No fueron los únicos pero sí los más determinantes. Esas islas sin tiempo, sus islas azules, se perfilarán como algo tangible en su obra El archipiélago nómada. Un viaje libre y salvaje por las islas Canarias , publicación a la que dedicaremos la segunda entrega.

 

“Casi siempre me pone en marcha la lectura. A medida que me sumo al sueño de lo escrito, siento que el mundo me devuelve la mirada y necesito acercarme a alguna parte, como quien vislumbra en la distancia las llamas de otra hoguera. Me gusta dejarme viajar por el ruido de las palabras que ruedan sobre un papel en el gran silencio cósmico.”

Capítulo: “Los pescadores de las islas Aran”, página 109

 

Múltiples fueron los autores y obras capaces de despertar en José Luis su chispa viajera, la incesante búsqueda de otros mundos literarios. No pongo en duda que eran los libros su máquina del tiempo. Aunque muchos, algunos eran referencia obligada en sus citas, pensamientos, reflexiones, por eso es de justicia para mejor conocer a nuestro autor, señalar algunos. Era Pepe un admirador de Manuel Padorno y Benito Pérez Galdós, de Homero, Miguel Ángel Asturias, Pablo Neruda, Cortázar, Kavafis, Hemingway, Le Clézio, Paul Bowles, Joseph Conrad, John Dos Passos, Pessoa… y de extraordinarios fabuladores que en su niñez y adolescencia le ataron para siempre a la lectura. Salgari, Melville, London, Verne, Stevenson...

 

Narradores y poetas que cultivaron, como él, la grandeza de las palabras.

 

“Viajamos, conocemos el gran mundo; cuando dejemos de hacerlo, dejaremos de vivir. No estamos huyendo. La necesidad está tras la línea del horizonte, pero recordamos el lugar del nido, porque es ahí donde se engendran nuestras virtudes”

Capítulo: “Donde anidan los albatros”, página 142.

 

Con este párrafo, sin comentario alguno, apenas trazo breves pinceladas de una obra de autor que algún día formará parte de los libros de lectura recomendada en los centros educativos de todo el mundo, pues son valores y vivencias, visiones y emociones que esconden la personalidad de un ser humano orgulloso de su tierra y de sus gentes desde una perspectiva universal del ser insular.

 

José Manuel Espiño Meilán, lector agradecido de su obra, amante y defensor de la vida y del camino, ecologista y docente, buen amigo.

 

Comentarios

  • Jesús Ruiz Mesa
    06/10/2020 - 22:37

    José Manuel, excelente idea el que nos des a conocer por el relato tu conocimiento y voluntad de homenajear la memoria de nuestro gran naturalista, José Luis Gonzàlez Ruano, por su obra y persona. Artículos bien documentados y escogidos en base a la diversa obra de José Luis tan necesaria que de su legado nos acercarás mas a la visión naturalista y ecológica de nuestro entorno. Gracias. Saudos.

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  • Margot Cabrera Diaz
    05/10/2020 - 08:49

    Qué bueno Espiño,para mi fue una triste noticia cuando me enteré de la muerte del "padre de mi alumno Ulises" habíamos estado hablando unos días antes...👍👏👏

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