27/11/2022 - 14:16

Nota de la segunda Soltada para bitácoras

Victoriano Santana

Victoriano Santana

Primera anotación para un cuaderno de bitácora: «25 de octubre de 2022 (treinta y nueve años después). Acabo de publicar mi último libro: Soltadas [de literatura y…] Dos. Ha visto la luz, como el primero, en Mercurio Editorial. Me he quedado satisfecho con el resultado. Me representa. ¿Mi deseo? Que al verbo y la salud llamen estas páginas. Gracias a todos por tanto».

 

Segunda anotación para el cuaderno de bitácora: «Asunción de la diferencia. ¿Por qué sin ser la primera vez que hago un libro similar tengo la impresión de que este es distinto? ¿Será porque me estoy arrimando al medio siglo de vida y, sin la esperanza de recorrer tanto como lo andado, percibo que he de poner en orden bastantes ideas, determinadas sensaciones, no pocos ejercicios textuales y, sobre todo, un buen número de agradecimientos? ¿Será porque está gestándose en mi voluntad crepuscular la búsqueda de aquello que me represente y con lo que me etiqueten gracias a que contiene tanto con lo que me siento identificado? No lo sé. Asumo la diferencia, no la cuestiono, no la sitúo en el espacio de las posibilidades. No. Es real. Percibo el producto —y el precedente, el Uno— como algo distinto a lo hecho. ¿Mejor? No, ningún hijo es mejor o debería ser mejor que su hermano».

 

Tercera anotación para mi cuaderno de bitácora: «Para el sueño eterno: instantes petrificados, pulidas huellas. Las veinticinco piezas que contiene este volumen representan otros tantos momentos de lectura y escritura en mi vida; dos decenas y media de situaciones en las que la palabra y el pensamiento se unieron para dar forma a mensajes que, como casi todos los que compongo bajo directrices retóricas y trato de difundir de la mejor manera, aspira a trascenderme; a llegar a esos límites humanos, espaciales y temporales que en vida jamás alcanzaré.

 

» En la tabla de contenidos de este segundo paso podrás ver esa explícita voluntad señalada por que haya una continuidad de la iniciativa; una prolongación donde sea posible disponer de una considerable cantidad de composiciones que, a mi juicio, por su relevancia, deberían formar parte de ese mundo conocido que todo autor tiene y que lo identifica como creador en el más amplio sentido de la palabra; un conjunto de testimonios del que solo cabe esperar que atesore algo constructivo, algo que sume, algo que, con independencia de si se está de acuerdo o no con lo que se declare, debe conservarse por ser el resultado de una actividad libre y sin prejuicios realizada a partir del conocimiento teórico y práctico, y de la experiencia vital e intelectual que poseo sobre los asuntos que abordo.

 

» Las veinticinco piezas que se reproducen en las páginas de este testamento libresco —llamémoslo así— se han forjado a través de las lecturas y sus particulares recreaciones: la escritura académica y ensayística, la argumentación y la experimentación literaria. Cada una ofrece desde el momento de su inserción en esta antología (en el fondo, esto es esto) los marchamos que la reconocen como representante imperecedera de mi pensamiento, mi cosmovisión, mi estética, mis impulsos divulgativos, mi condición humanista, mi actitud vital, mi aptitud retórica…».

 

Cuarta anotación para nuestro cuaderno de bitácoras: «Mis absolutas verdades. Escribo desde un yo agente y testigo, impregno mis observaciones, análisis, reflexiones… de un sello muy personal porque he interiorizado con profundidad mi responsabilidad sobre todos los contenidos que expongo y las opiniones que defiendo.

 

» De entre los muchos defectos que se me pueden atribuir, no es el dogmatismo uno de los que merezca ser contabilizado en mi haber. ¿Una prueba? La cantidad de “quizás”, “creo”, “posiblemente”, “a mi juicio”, etc., que voy desperdigando a diestro y siniestro. Esto no quiere decir que no esté convencido de mis afirmaciones ni que deje de conceder a cuanto diga el sello de la certidumbre. Las mías, en este sentido, no son verdades absolutas porque no se muestran para que no haya duda alguna sobre ellas; sí son, en cambio, mis absolutas verdades, pues representan todo aquello que considero ajustado a mi percepción de los estímulos recibidos, cuanto defiendo y, en consecuencia, valoro como apto para ser difundido con el único interés de mostrar una visión concreta de un acontecimiento puntual: un libro, una etapa histórica, un episodio biográfico, una reflexión sobre un hecho… Considero fundamental recalcar esto para que se pueda visualizar mi actitud ante las lecturas y los temas tratados, y el empuje intelectual y emocional con el que todo se ha asimilado, elaborado y expuesto».

 

Quinta anotación para cualquier cuaderno de bitácoras: «Los principios del placer y del convite. Mis informes sobre los títulos leídos surgen como resultado de una lectura placentera que, en ocasiones, sin saber muy bien cómo, ha acabado proyectándose en un escrito que adquiere la consistencia de una crónica del disfrute y de una cartografía por aquellos elementos que han permitido que la obra se sitúe en los anaqueles mentales donde conservamos los libros que nos resultan significativos. Como carezco de competencias para ser reconocido como especialista, asumo con gusto el rol de “experimentado usuario lector” que se alegra de compartir aquello que me ha hecho disfrutar. Este es el principio básico que rige en mis reseñas y que me concede ciertas licencias que me agradan más de lo que te puedas imaginar; por ejemplo: hablar de lo que quiero y como quiero.

 

» Lo único que me hace feliz es leer; y, si fuera viable, escribir acerca de lo leído; y, ya puestos, sobre cualquier otro asunto; y editar libros: recibir los originales y trabajar con ellos con el cariño y la devoción de siempre para que puedan salir a la luz de la mejor forma posible. A estos placeres dedico todas mis horas de vigilia que no entrego a mis quehaceres docentes y domésticos. Como no pierdo el tiempo leyendo lo que me desagrada, no lo malgasto escribiendo acerca de aquello que, de manera inevitable, quedaría reducido a una escueta ristra de defectos porque mínimo sería mi apego a lo que solo podría calificar de infame texto.

 

» Considero que la brevedad de mi existencia me obliga a no perder mi tiempo en decirle a mis desconocidos lectores (los poquitos que pudiera haber) qué no deben leer o qué merece no sé qué de repulsas y pocos afectos o desdenes, o qué sé yo. Esto, por un lado; por el otro, pregunto: ¿quién soy yo para menoscabar el valor de un título? Una obra me puede parecer mala, pero no tengo autoridad moral ni ética para ensañarme contra ella tratando de sostener que ha sido un desacierto su publicación y/o difusión. Cambiemos la actitud: ocupémonos solo de lo que nos resulta bondadoso y placentero; esforcémonos en atender aquello que, a nuestro juicio, merece la pena y cedamos al lector la última palabra, el veredicto sobre si hemos estado atinados o no a la hora de enjuiciar un título. Creo con sinceridad que es lo correcto. Impidamos que se adueñe de nosotros la soberbia, entendida como predisposición para formular opiniones y valoraciones negativas acerca de asuntos que atañen a la creatividad».

 

Sexta anotación para ningún cuaderno de bitácora: «¿Qué es en realidad Soltadas? ¿Cómo categorizar la noción “soltadas”? ¿Dónde ubicar este híbrido que tan pronto parece diario —a diestra— y —a la siniestra— crónica, como escrito divulgativo o pieza de fantasía? Si se tira de la etiqueta “ensayo”, aparecen vetas que no dejan de situar el ejercicio en la narrativa y, por determinadas expresiones, hasta en el drama y la comedia; si se jala por la senda del relato de ocio, asaltan el camino las pedantescas filigranas académicas; si se lanza la bagatela, flota la plúmbea filosofía; si el pensamiento se desparrama, la lírica emerge… Es todo un sindiós. Parece que me empeño en que mi estilo sea no tener estilo; y, con ello, que nadie sepa qué hacer con el objeto, dónde colocarlo, qué etiqueta ponerle…, para qué sirve. Soltadas es no-ficción ficcionada y, a la vez, ficción no-ficcionada; o no, o solo un poquito… ¿Un género en sí mismo? Si así fuera, mayor premio no sería posible concebir: que alcance la empresa libresca la condición de categoría (no adscrita a la genialidad, por supuesto), como lo son a día de hoy Jorge Luis Borges, Leonardo da Vinci, Stanley Kubrick, Freddie Mercury, etc.».

 

Epílogo a todas las bitácoras: «Y poco más. Hora es ya de abrir las compuertas de esta presa y dejar que las veinticinco soltadas se muestren en su esplendor, que no digo que lo tenga en grado elevado, pues ni en el más ínfimo lo hallo si tus ojos no lo descubren, que bien quisiera yo que, tras navegar —que no naufragar— por estas páginas, se te ilumine el entendimiento y consideres oportuno garabatear en algún sitio un “conviene tener a mano el tomo de este teldense-santaluceño, pues algo en él de interés sobre mí, sobre nosotros se habla”. Amén».

 

Victoriano Santana Sanjurjo es doctor en Filología Hispánica y profesor de Secundaria.

 

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