01/05/2022 - 08:19

Aparentes incoherencias lingüísticas en nuestro idioma

Nicolás Guerra

Nicolás Guerra

Para Eva Fernández, interesada exalumna

Lo dicen y escriben sabios filólogos e historiadores del español: nuestra lengua es una estructura perfectamente organizada, cohesionada, a pesar de la riqueza dialectal esparcida por doquier. De ahí su permanencia y fortalecimiento a lo largo de siglos desde los iniciales apuntes manuscritos (glosas) por frailes en monasterios (el de San Millán de la Cogolla, La Rioja; el de Santo Domingo de Silos, Burgos) hasta el “reconocimiento oficial” (1492) como lengua hecha, distinta al latín.

 

Tales anotaciones se denominaron Glosas Emilianenses (siglo IX o comienzos del X) y Silenses (finales del siglo XI), respectivamente: junto a textos o palabras de la vieja lengua del Imperio Romano aparecen otras no latinas escritas en los márgenes de obras redactadas bastante tiempo atrás.

 

Ahora bien: ¿estas glosas se deben a que ciertas palabras latinas (o muchas) ya eran desconocidas por la mayoría de los hablantes? ¿Las incipientes lenguas romances o románicas (derivadas del latín) ya manejaban voces diferentes aunque, eso sí, casi todas provenientes de las latinas, evolucionadas? ¿Influyó también la adopción popular de algunas palabras llegadas de otras lenguas como el árabe... o incluso del euskera, anterior esta al latín en zonas del Norte? Tengo mis sospechas.

 

Demostrado está por especialistas: las primeras (Emilianenses) contienen dos reseñas en vasco y un párrafo romance. Las segundas ofrecen notas romances con glosas latinas (Rafael Lapesa). Se trata, simplemente, de “escritura en vulgar”, por más que la incipiente lengua (todavía “proyecto de”) aun no tiene normas fijadas ni los criterios para las mismas son coincidentes (¿“comde” o “conde”?, se plantea en el siglo XI). Pero su presencia significa que la evolución lingüística está en pleno desarrollo.

 

La tradición erudita, pues, ubica el nacimiento de las primeras palabras castellanas en los monasterios citados, San Millán de la Cogolla y Santo Domingo de Silos. El primero con dos variantes: el de Suso (‘arriba’, en castellano antiguo) y el de Yuso (‘abajo’). No obstante, estimo cierta ligereza en tal afirmación pues de todos es sabido que la lengua la hacen los hablantes y estos, con frecuencia, imponen cambios frente a recomendaciones o normas académicas (elige, por ejemplo, “negrísimo / nigérrimo; pobrísimo – muy pobre / paupérrimo”…).

 

Más: griegos y romanos de milenios anteriores jamás llegaron a suponer que hoy la palabra “camello” no se refiera exclusivamente al mamífero rumiante: engloba también a la ‘Persona que vende drogas tóxicas al por menor’. Y como se ha impuesto socialmente, la Academia se limitó a su función: la recoge y añade como acepción en el Diccionario. (Al ritmo que lleva incluso ya en niveles cultos, nada me extrañaría la definitiva imposición de un madrileño disparate cual es el uso del infinitivo con valor personal: “¡Esperar, esperar, no entrar todavía! / Esperen -esperad-, no entren - entréis...”).

 

Retomando el tema de las glosas, los especialistas discuten sobre si los “Cartularios de Valpuesta” (‘documentos escritos por varias personas a lo largo del tiempo’ encontrados en tal localidad burgalesa y redactados en latín con algunas palabras romances) son anteriores o no a las mismas. La prudencia por desconocimiento de un tema tan específico me recomienda silencio y aceptación de algunos argumentos de autoridad publicados como, por ejemplo, el de la RAE (2010) cuando se refiere a ellos: los “Cartularios de Valpuesta” son “Los primeros documentos en los que aparecen palabras escritas en castellano, anteriores a las Glosas Emilianenses”. Además, el Instituto de la Lengua de Castilla y León coincide con la afirmación anterior (o a la inversa, no recuerdo el orden cronológico.)

 

Pero sí es cierto e indiscutible que el nacimiento del castellano no se produjo en los monasterios, no es obra de frailes. Muy al contrario: estos -como la Academia en el ejemplo de “camello”- se limitaron a dar fe de vida a muchas palabras ya manejadas por el pueblo, palpable demostración de que el latín evolucionaba a pasos agigantados. Ya en 1492 (finales del XV) aparece la primera gramática castellana: la escritura tenía que adaptarse a la pronunciación. Antonio de Nebrija, su autor, añade un diccionario con más de treinta mil entradas. Es, como denominé al comienzo, el “reconocimiento oficial” de una lengua absolutamente hecha.

 

Dentro de tal creatividad y a pesar de la sensatez académica (el paso del tiempo tiene la última palabra), el español actual usa términos a los cuales les han reducido su etimológico significado. Es el caso, por ejemplo, del generalizado adjetivo “sudamericano” para referirse incorrectamente (el prefijo “sud-” significa 'sur' o 'del sur’) a todas las personas nacidas en países americanos independizados de España, desde México hasta Chile y Argentina (salvo Cuba, curiosa excepción).

 

Por tanto, el sustantivable adjetivo se refiere solo a ‘persona del Sur de América’. Con lo cual, rigurosamente, debe dejar fuera a centroamericanos (guatemaltecos, costarricenses, panameños…) y norteamericanos (mexicanos / mejicanos). (Por cierto: América no es solo EE UU.)

 

Se manifiesta también aparente incoherencia en otras construcciones: “Cerveza sin alcohol; lavado en seco; ciencias políticas”… En el primer ejemplo, si la voz “cerveza” (“birra, bear, beer, piba, bière”…, con esto de espuma, porfa) aparece en el Diccionario como ‘Bebida alcohólica hecha con granos...”, ¿no son contradictorios la combinación y el significado académico? (Frente a atentados a la pureza de tal poción mágica, ¿por qué no la llaman “pretencioso autoengaño”?)

 

La segunda estructura es tan anonadadora como la anterior: ¿cómo puede lavarse en seco una prenda si “lavar” significa ‘Limpiar algo con agua u otro líquido’? (¿No será autojustificación para algunos alérgicos al H2O?)

 

Mayor impacto tiene la tercera, “ciencia política”. Como ciencia, se trataría de ‘Conocimientos políticos obtenidos mediante la observación, el razonamiento y conclusiones comprobadas experimentalmente’. ¿Vale, entonces, para políticos encargados en ayuntamientos, parlamentos, gobiernos… que ostentan cualquier cargo sin cargo de conciencia, pudor… con flagrante osadía? ¡Y no arranca de la Alta Edad Media tal flagelación a la ciencia! (¿No glosaron la voz latina pudicitia, ‘recato’?)

 

Nicolás Guerra Aguiar es catedrático y escritor.

 

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