03/10/2021 - 10:45

Tierra quemada

Nieves Rodríguez

Nieves Rodríguez

Tembló, rugió como un animal herido por un puñal. La sangre vertida sobre la tierra se vuelve lengua pétrea de fuego. Incandescente, la lava arrasa, se impone avanza, devora lo inmóvil, las casa, las plazas, las escuelas, los cultivos, los recuerdos, la memoria, lo que fue, lo que no será más.

 

La belleza del volcán es su propia destrucción, precisamente por su crueldad inaccesible, perenne, destructora. La nada imponiéndose al todo.

 

Nadie sabe cómo escribir de la tragedia, tampoco yo. Y, sin embargo, escribí hace tiempo sobre la explosión del volcán del Timanfaya en Lanzarote. En esa novela corta quise relatar mientras investigaba la existencia de los pueblos que quedaron sumergidos para siempre bajo el volcán. Entonces hablé del miedo, de la huida y la tragedia de quienes que convivieron durante seis años con el volcán. Personajes ficticios que ahora se vuelven reales.

 

La vida y la escritura se imbrican de nuevo.

 

Hace unos años viajé a la isla de Fogo (fuego) en Cabo Verde. En Chas das Caldeira caminé sobre volcán recién apagado. La lava había devorado sus casas y sus habitantes vivían sobre nuevas y humildes construcciones. Le pregunté al chofer por los sentimientos que tenía hacia el volcán:

– es un amigo me respondió.

– ¿Pero ¿cómo puede ser tu amigo algo que destruye? – le pregunté.

– Es un amigo porque el un volcán solo puede ser fiel a su naturaleza, y siéndolo destruye para crear más belleza.

 

Comprendí que fortaleza y la superación de un pueblo estaba en asimilar lo inevitable y que el volcán nos recordaba que estábamos sujetos a la contingencia, a la incertidumbre de existir.

 

Todos somos un volcán que podemos estallar en un momento y provocar mucho dolor. Ahora ruge en La Palma, corazón herido de la tierra; de la fortaleza y templanza de su gente un día nacerá algo hermoso y bello.

 

Nieves Rodríguez Rivera es profesora de Lengua y Literatura y escritora.

 

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