12/06/2021 - 19:05

Rescatando la memoria: Las tiendas de aceite y vinagre

Segismundo Uriarte

Segismundo Uriarte

En esta época en la que proliferan las cadenas de supermercados, conviene traer a la memoria aquellas tiendas de antaño, alguna de las cuales fueron el origen de algunas de esas cadenas.

 

Aquellas tiendas tenían un especial sabor y un ambiente acogedor donde se podía encontrar casi de todo, como conservas y salazones de pescado, embutidos, legumbres, aceite a granel, chocolates,  mermeladas, botes de tomate, papas, millo, leche condensada, gofio, café, azúcar, galletas, vinos, licores, etc. además de productos de limpieza y jabones para lavar la ropa, alpargatas y hasta petróleo a granel. Toda esa amalgama de productos dotaban a las tiendas de un olor especial, indescriptible, pero peculiar e imborrable.

 

El batiburrillo de aromas que invadía el olfato, constituía una sinfonía aromática que tenía como factor principal el fuerte olor del pescado salado. Luego se iban adueñando del olfato otras sensaciones gratísimas: las especias, pocas, claro; porque en aquel entonces no estaba el horno para bollos ni las despensas para las exquisiteces. Entre esas especias, dominaba el penetrante aroma del comino, que se vendía mezclado con otras sustancias bajo el nombre de "especias para cocidos”.

 

Otros elementos habituales eran la caja redonda de madera en la que lucían, colocados con esmero, aquellos arenques dorados procedentes de mares nórdicos, de olor penetrante, y, sobre todo, aquella máquina para expender aceite, que recordaba los antiguos surtidores de las viejas gasolineras, aquellas en las que no tenía que ponerse uno mismo el combustible. Eso sí: aquel aceite olía más que nada a rancio, un rancio indeseable que había que quitarle en la sartén friendo un trozo de pan.

 

También destacaban las máquinas de cortar fiambre a manivela con las que, con habilidad, se conseguía que cien gramos de salchichón ocuparan un gran volumen. O los tarros de cristal con amplia boca, cerrada con tapadera de rosca, en los que se exponían y guardaban los caramelos, sin envoltorio, que exhibían sus colores al deseo de los niños.

 

Hoy en día, el pescado salado no huele como olía aquél, ni tiene aquel aspecto. El aceite, virgen, se vende en botellas de diseño. Los caramelos, en cajas, no de uno en uno, y en gran parte sustituidos por las llamadas "chuches". Las especias, en frasquitos herméticos. Las máquinas de cortar fiambres son eléctricas, aunque siguen cortando láminas de papel de fumar. Las tiendas de alimentación de hoy no huelen a nada, tienden a esa aburrida asepsia que se nos ha impuesto, se evita cualquier agresión olfativa, ¡no abren el apetito!.

 

Aquellas tiendas eran habitualmente de pequeñas dimensiones pero muy bien aprovechada pues tenían estanterías casi hasta su alto techo. Eran de madera y acogían a una variada gama de productos perfectamente ordenados. Algunas de esas estanterías estaban cerradas con puertas de cristales y servían para poner los quesos, los embutidos y las latas de donde se sacaban las sardinas en aceite que se vendían a granel. Una parte de estas estanterías tenía su base ocupada por unas grandes cajas, a modo de arcones, con tapa, que servían para guardar granos y gofio.

 

La parte inferior del mostrador, que no era muy grande, estaba también muy bien aprovechada porque acogía al bidón del aceite de oliva que se vendía a granel, un barril de aceitunas verdes y otro de aceitunas moradas que también se vendían a granel. Alojaba también el saco de papas que los clientes iban comprando a granel y se llevaban en las talegas de tela que, a tal fin, traían consigo.

 

Por si todo esto fuera poco, algunas tiendas disponían de unas gavetas para alojar en ellas productos de mercería y archivar ordenadamente las cartillas de racionamiento. Un borde de ese mostrador servía como instrumento para medir algunas piezas de mercería especialmente las cintas que las clientas utilizaban para diversos usos.

 

La distancia entre el mostrador y la puerta de entrada no era muy grande, pero si era grande la altura de la propia puerta acode con la altura del techo porque habitualmente estas tiendas estaban ubicadas en casas terreras. Algunos techos eran de madera de tea sostenida por gruesos listones, también de tea. Del mismo pendía la luminaria de la tienda que consistía en una caña hueca por cuyo interior pasaba el cable eléctrico rematado por un bombillo. Esa iluminación eléctrica era sustituida por una lámpara de carburo las veces que había cortes de suministro. Dicha lámpara consistía en un artilugio de plomo con dos compartimientos que se cargan con agua en el superior y carburo de calcio en el inferior. Un elemento de regulación permitía aportar más o menos intensidad de luz.

 

Junto al mostrador se reunían mayoritariamente las mujeres que iban a comprar y constituían un lugar de tertulia. Aquellas tiendas tenían como una de sus principales características la atención personalizada a una clientela a la que el tendero conocía perfectamente. Era de los comercios en los que se echaban las cuentas a mano, sin calculadora alguna, y se usaban las básculas, que no sólo servían para pesar la mercancía que compraban los clientes, sino que, en su momento, ofrecían servicios, hoy impensables, como pesar a bebés. Este tipo de establecimientos forman parte de nuestra historia y nuestra cultura, siendo un referente de una sociedad que ha sido la antesala de lo que estamos viviendo.

 

Segismundo Uriarte es maestro jubilado y técnco en Radiodifusión.

 

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