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17/01/2021 - 10:17

José Antonio Samper Padilla, colega y Maestro

Nicolás Guerra

José Antonio Samper Padilla, colega y Maestro
Nicolás Guerra

La foto que acompaña a este artículo - recordatorio sobre José Antonio Samper Padilla, catedrático emérito de la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria y recientemente fallecido tiene ya, estimado lector, diez años y casi medio más.

 

Corresponde al acto de presentación en Gáldar (29 julio, 2010) de Voces de nuestra lengua (en torno al español o castellano), compendio de artículos relacionados con el idioma materno y variantes del mismo en Canarias. (No dejo de releer el prólogo – estudio del doctor Santana Sanjurjo, riguroso investigador sombreado por la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria, qué pena.)

 

Los cuarenta y tres sueltos allí compendiados no son, en absoluto, producto de casualidades, azares o acasos, en absoluto. Son indirectos responsables José Antonio Samper Padilla y Clara Eugenia Hernández Cabrera, profesores de la Facultad de Filología (ULPGC) y autores de Voces canarias recopiladas por Galdós (Cabildo grancanario, 2003). Cuando terminé su lectura, la decisión estaba tomada: daría forma de artículos periodísticos a apuntes y fichas acumulados durante años de observación. Y como me unía buena amistad con los dos, podría abusar de la misma para revisiones y críticas.

 

Algunos artículos surgieron por experiencias aularias con los alumnos. Otros, como material para las clases (el libro de texto nunca marcó mi actividad. Si el tema está escrito por especialistas, ¿para qué papagayoarlo en alta voz?). Y un buen número tras acumulaciones auditivas recogidas mientras iba en guagua, estaba en una cafetería, degustaba en barra el dulce – amargo sabor de un copón de cerveza (con esto de espuma, porfa) o aspiraba a relajar el esqueleto tumbado sobre una piedra en la costa norteña, más cerca de los silencios de la mar en su continuado devenir. (Fue recomendación del profesor Salvador Caja, universalizado lingüista: “Escuchen con oído fonético”.)

 

Durante esta última unidad costera un servidor -”para servirle a Dios y a usted”, vasallaje inculcado desde la chinijez, criaturita- pretendía serenidades en mi piedramiento. Pero las vibraciones sonoras de tribus circundantes cargadas de niños retumbaban estruendosamente: sus recios atronamientos me obligaban a escuchar, oír, atender, percibir ecos, sonidos e incluso susurros y pensamientos (“¡Chaaaacho, griten, griten, a ver si el tolete del barbas se aburre y nos deja la laja donde está tumbado, que es la preferida de mamá Chona!”. ¡Las madres que los parieron...! ¡No aparecer un congrio o un macho morena enreviscao y mordeles hasta el sentimiento, dito sea Dios!)

 

Pero no hay mal que por bien no venga (¡consuelo de atoletados sanacas!). Así, pensaba, si memorizo fonéticamente podría sacarle rendimiento a la maldición enviada por Acorac justamente al ladito de mi piedra sagrada, allí donde la cebollera armadura ósea posaba fémures y cervicales. Dicho y hecho: adopté la interesada perspectiva profesional del mercader fenicio Espigademaíz cuando intercambia con los pobladores de la aldea gala. Así, sin aspavientos, consideraba un simple trueque con los atilas de turno: los aguantaría, pero obtendría beneficios a cambio.

 

Una cosa por otra. A fin de cuentas el empute y la taquicardia inmediata valdrían la pena: por una parte iba a darme el gustirrinín de echar por tierra sus estrategias para expulsarme del pétreo tálamo costero, a rente (arrente) mismito de la marea; de otra, serían fuente de inspiración para algún artículo sobre cuestiones lingüísticas relacionadas con Canarias. (¡Cómo se reía Samper Padilla cuando le contaba mis estrategias para que tales desalmados se convirtieran en informantes a pesar de su jodelona mala leche!)

Poco después la doctora María Isabel García Bolta me sugirió que compendiara en un libro artículos ya publicados sobre lengua: me sentí reforzado a pesar de mis reticencias cualificadoras (“¡Notatientes notatientes, que te reviro el jocico del cachimbazo que te doy”!, me dije). Pero, en viniendo de ella, también lo tomé en serio.

 

Y empecé a darles el coñazo a José Antonio y Clara: de cuando en cuando les enviaba arguno (Garda), pues yo no osaba publicarlos mientras ellos no me dieran su visto bueno. A veces me contestaba Samper con un escueto -pero animante- ¡”venga!”. Otras, su exquisita prudencia me hacía observaciones: yo las esperaba con interés, pues me descubrirían caminos para precisar, matizar, concretar… o tachar, borrar, eliminar. ¡Gracias, preclaro joven!)

 

Murió José Antonio Samper Padilla en la plenitud de su intelectualización y cuando ya acumulaba reconocimientos también en países hispanohalantes por sus aportaciones a la investigación del español -sin olvidar nunca las variantes canarias, por cuyo estudio sentía apasionado rigor-. Racionalizada disposición compartida con su mujer, Clara Eugenia: con ambos me unen lazos de amistad arraigados en sentimientos y ritmos cardíacos desde cuando mi barba no era más que un proyecto comenzado al final de mi primera juventud, vísperas del veinteañismo marcado por la edad…

 

Su trabajo de investigación los llevó, insisto, al cuaderno - índice de canarismos que Pérez Galdós utilizó en sus últimos años isleños: había recopilado un amplio listado de términos usados en Canarias a cuya derecha coloca, a veces, los correspondientes en el español del momento o la locución usada. Así, a la voz callao la define como ‘canto rodado’; a botar le da la explicación de ‘tirar cualquier cosa’... Y se constata que otras palabras -ruin-, mantienen hoy el mismo significado...

 

Un exhaustivo análisis de la mayor parte del los términos recogidos por el joven Galdós lleva también a los autores de Voces canarias… a realizar encuestas en la capital grancanaria para conocer pervivencias, transformaciones o pérdidas de algunos. Así, ya no solo preguntan por un significado concreto, sino que amplían el campo a otras acepciones de las palabras entre los cuarenta hablantes de dos generaciones extremas: una, entre 25 / 35 años; la segunda, de más de cincuenta y cinco.

 

El trabajo realizado, en fin, no es solo riguroso análisis: traspasa las fronteras de lo lingüístico para demostrar, con seriedad y valor universal, que nuestro paisano sintió a Canarias desde tempranas edades. Y que lo otro, las falsas afirmaciones de los años sesenta y setenta, solo reflejan el desajustado apasionamiento de la sinrazón. Gracias, muchachote.

 

Nicolás Guerra Aguiar es catedrático y escritor.

 

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