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24/10/2020 - 11:55

Un docente (3/6)

Victoriano Santana

Victoriano Santana

VI

En alguna que otra ocasión, el alumnado, cuando se siente sin ataduras, expone sus malestares. Habla de otros docentes. De mis homólogos. No se prepara las clases, que. No corrige, que. Llega siempre tarde, siempre que. Pasa de nosotros, que. Nos habla como si fuéramos chiquillos chicos, que.

 

No sé qué decirles. Hablen con, pregunten a, imaginen que. No defiendo a mis colegas. Tampoco los condeno. Solo tengo una versión. Y en ese momento: cierto sentimiento de impotencia también.

 

Del mismo modo que me hablan de, ¿expresan los malestares que yo les produzco a otros docentes? Nadie me ha dicho: «El alumnado piensa que, desea que, pide que». ¿Estoy libre de quejas? No. Yo tampoco le digo a un docente: «El alumnado piensa que, desea que, pide que». Silencios cómplices.

 

Retoma el diccionario. Busca otra palabra. Lee: «1. adj. Que manifiesta o siente solidaridad o camaradería. Un gesto cómplice. 2. m. y f. Participante o asociado en crimen o culpa imputable a dos o más personas. 3. m. y f. Persona que, sin ser autora de un delito o una falta, coopera a su ejecución con actos anteriores o simultáneos». Complicidad. Cualidad de cómplice.

 

Duda. «Aunque no hablen negativamente de mí, no tenga reclamaciones, no tenga conflictos, ¿soy idóneo para el puesto que ocupo? Este archipiélago decepcionante, en otras manos, ¿no sería un conjunto de embelesos? ¿No seré yo el decepcionante?». ¿Esperaban algo?

 

Mira los exámenes. Mira sus enseres. Los apuntes, el cuaderno de notas, la hoja de cálculo en el ordenador. Yo espero, ellos esperan. Yo no recibo, ¿reciben ellos?

 

Me llamaron de una lista de empleo. Me preguntaron si quería asumir horas de docencia en. Dije que sí. No pregunté por el sueldo que iba a cobrar. Sí, por el horario. Acepté. Cuando colgué el teléfono, al rato, caí en la cuenta. No me preguntaron por mi experiencia. No quisieron saber si mi currículo encajaba con el perfil adecuado para impartir la asignatura. El prolongado problema administrativo que se daba en un grupo de un nivel de una facultad a la que le faltaba un docente de un área que formaba parte de un departamento, con mi aceptación, había desaparecido. En la celda vacía de un cuadrante ya podían poner una secuencia alfabética identificativa más. Mi nombre.

 

VII

Un docente contempla su nombre en la copia de una nómina. Complicidad. Culpabilidad. Mira lo corregido. Mira las calificaciones de la prueba en el cuaderno de aula. Decepcionantes. Mira la cantidad de guarismos anotados desde que empezaron las clases. Decepcionantes. Los números. Eso debe quedar claro: «solo los números son decepcionantes». Lo demás: no. «Son las cifras de personas como yo». Piensa. Personas que respiran, comen, duermen, enferman. Como yo. Nada me distingue de ellos salvo la posición que ocupo dentro del recinto universitario. En la calle, nuestros derechos son los mismos.

 

«¿Por qué están aquí?». Un lápiz rueda por la mesa gracias a un impulso involuntario. Momentáneo. Instantáneo. Llega al borde. Se cae al suelo. Lo mira. «Inercia», piensa. Porque es lo que tocaba. Lo que tocaba según la tradición burguesa. ¿Por qué ha dicho burguesa? Podía haber dicho clase media. Podía haber dicho, no sé, otra cosa. Pero ha pensado “burguesa” y ha dicho “burguesa”.

Están porque sí. Esa es la respuesta apresurada que ha dado. ¿Por inercia? Cierra los ojos para pensar mejor. Un pensamiento fluye.

 

«Un día entraron en un centro escolar por exigencias legales». Así comenzó la rutina. Costumbre o hábito adquirido de hacer las cosas por mera práctica y de manera más o menos automática. En septiembre comienza el año; en junio, termina. Así un curso tras otro. Un año terminó la etapa de la exigencia legal. ¿Qué hicieron? Seguir estudiando. Rutina. El año siguió comenzando en septiembre y terminando en junio. Quizás porque han logrado componer alguna idea de proyecto vital y profesional. Quizás. Quizás también por comodidad.

 

En el cuaderno de aula, nombres y apellidos. «Llevan escolarizados desde que tienen tres años». Si todo ha ido tal y como se espera, y el último estadio es la universidad, llevarán unos diecinueve años escolarizados. Concluye. «Casi dos décadas formándose».

 

Uno tiene veintidós años. Ha leído su ficha personal. Veintidós años. No ha repetido curso. Ahora terminará. Culpabilidad. Resuena a lo lejos. «Casi dos décadas para obtener un título», dice. Un título. Testimonio o instrumento dado para ejercer un empleo, dignidad o profesión. Un documento administrativo. Una esperanza escrita y firmada por autoridades de primer nivel del país, con un número de registro exclusivo. «Uno, ¿qué esperas conseguir con el título?». Lo único que se le ocurre responder es: la mejor de las vidas posible en los restantes ochenta años de existencia que le quedan.

 

Texto publicado en Un docente y otros textos sobre educación (Mercurio Editorial, 2020).

 

Victoriano Santana Sanjurjo es doctor en Filología Hispánica y profesor de Secundaria.

 

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