20/09/2020 - 13:56

¿Qué hacemos con los migrantes?

Nicolás Guerra

Nicolás Guerra

María Australia Navarro lleva casi veinte años en política. Hoy es ppresidenta del PP canario, diputada del Parlamento de Canarias y, a la ppar, pportavoz de su grupo pparlamentario. Fue también senadora e, incluso, consejera de Presidencia, Justicia y Seguridad del Gobierno de Canarias (2003-2005) cuando en nuestra tierra se desconocían voces como cayuco y patera.

 

Palabras ignoradas, digo, pues la llegada de tales troncos flotantes cargados de migrantes africanos es algo nuevo en Canarias, quizás tenga dos años y algo. Pero siempre arribados con posterioridad a los gabinetes de los señores Sánchez (2018) y Torres Pérez (2019), presidentes del Gobierno español y de Canarias, respectivamente. (¡De la que se salvaron los señores Aznar y Rajoy!)

 

El pasado sábado la señora Navarro ejerció su derecho a la libertad de opinión (La Provincia) sobre la tragedia de los nombrados inmigrantes y, especialmente, en torno a "una situación caótica que se les ha escapado de las manos tanto al presidente [...] Sánchez, como al de Canarias, Ángel Víctor Torres”, es decir, “la inmigración ilegal y el drama humano”.

 

Así, doña María Australia define como “un parche” el traslado de cuatrocientos ilegales a residencias turísticas del Sur grancanario. Su nueva y provisional ubicación desde el inhumano hacinamiento en el muelle de Arguineguín (pavorosa insensibilidad del Gobierno español) “no soluciona ni la inmigración irregular ni el drama humano de estas personas”.

 

Tales observaciones -rigurosamente respetables- me llevan a una encrucijada lingüística acerca del español normativo frente al uso impuesto por los hablantes, propietarios de la lengua. Así, ¿acertamos los usuarios isleños cuando hablamos de inmigrantes para referirnos a ilegales africanos que arriban a Canarias?

 

Lo planteo pues, según el Diccionario, una persona es emigrante porque emigra, es decir, abandona su propio país con la idea de establecerse en otro (1.ª acepción). Pero se convierte en inmigrante (inmigra) solo cuando llega y consigue instalarse. La diferencia depende de un matiz: el emigrante tiene intención de; el segundo ya está ubicado (quimera para la inmensa mayoría).

 

Pero también emigran e inmigran vegetales y otros animales: cambian de lugar por circunstancias varias (estación, alimentación, reproducción, alteraciones climáticas, corrientes marinas...). Los extraordinarios reportajes de TV2 inciden con frecuencia sobre el particular y, de una u otra manera, nos llevan al evolucionismo darwiniano, transformaciones experimentadas por seres vivos al paso de millones de años. (Por cierto: ¿sabe usted, lector, que en 1937 un catedrático de Ciencias Naturales de un instituto canario fue expulsado del cuerpo por explicar a Darwin en sus clases?)

 

Y como a veces la precisión lingüística riza el rizo y puede despistar al usuario, hemos de ser muy cautos con tales detalles pues, curiosamente, las personas también pueden ser inmigrantes si se instalan en un lugar distinto de donde vivían… pero dentro del propio país (Diccionario, 2.ª acepción).

 

La lengua hablada, sabemos, está menos encorsetada por normas, es más flexible, precisa la directa e inmediata comunicación. Por tanto, los usuarios decidieron buscar un término capaz de referirse tanto a quienes emigran como a quienes inmigran: es la palabra migrante (no está registrada en las ediciones de 1970, 1992), surgida tras la eliminación de los iniciales elementos diferenciadores (e-, in-). Este neologismo engloba tanto a unos (emigrantes) como a otros (inmigrantes) y elimina las matizaciones anteriores.

 

Por todo, acaso podrían numerarse tres conclusiones. Una: cualquier planta o animal (el tiburón ballena recorre hasta dos mil kilómetros tras los bancos de sardinas) puede ser migrante. Se desplazan por territorios distintos del suyo según dictan las leyes de la Naturaleza… o la barbarie humana. Lo mismo que hizo el homo sapiens setenta mil años atrás: emprendió camino hacia Eurasia desde África Oriental.

 

Dos: muy pocos subsajarianos (los “negritos” del Dómund, por ejemplo) son inmigrantes en Canarias. Abandonan sus países para llegar a nuestras costas como paso intermedio hacia Francia, Gran Bretaña, Holanda, Bélgica... e instalarse en tales naciones, a fin de cuentas estas fueron colonizadoras de tierras africanas e impusieron su lengua. Así, en Marruecos, Argelia, Chad, Ruanda, Senegal, Togo, Congo… la población habla francés; Kenia, Liberia, Botswana, Camerún, Ruanda, Nigeria… conocen el inglés. Y tres: la migración es un fenómeno natural. Migran, por tanto, quienes se trasladan -o son trasladados- desde el lugar en que habitan a otro diferente.

 

Ahora bien: ¿por qué la continuada arribada de embarcaciones a nuestras costas? ¿Se trata del tradicional chantaje económico a Europa y, por tanto, a España? ¿Influirá acaso la pretensión marroquí de ampliar los límites de sus aguas territoriales a costa de las canarias? Como siempre, la justificación oficial es bien distinta: los migrantes ilegales de Marruecos, Argelia, Mauritania, Túnez... no pueden ser devueltos a sus países de origen por el cierre de fronteras debido al covid-19. (No obstante, la corrupción puede abrirlas.)

 

Tampoco están muy interesadas las dictaduras subsajarianas en la recuperación de sus jóvenes, forzados las más de las veces a huir por un elemental principio de supervivencia (cuestiones políticas, religiosas, económicas, de hambruna y miseria…). Si el instinto natural de las cebras las lleva durante la estación seca a enfrentarse a cocodrilos, felinos, devoradores ríos... a la búsqueda de pastos para saciar el hambre, ¿sorprende acaso el desesperado intento de muchachadas africanas por llegar a tierras europeas, la Europa de multinacionales que explotan los recursos naturales africanos (petróleo, gas, pesca, diamantes…) sin miramientos ni principios, conchabados con las minoritarias élites políticas y económicas que reprimen a la población y pisotean libertades, tradiciones, dignidades humanas, vidas?

 

Entonces, ¿qué hacemos con los africanos migrantes? ¿Echamos a la mar destructores, fragatas, acorazados... para que atemoricen con cañonazos de fuego real a quienes pretenden desembarcar en Canarias? ¿Les negamos la entrada y que se busquen la vida (vida como sinónimo de muerte) por aguas internacionales? ¿O los recibimos con rigurosas precauciones e ideas muy claras -¿qué dice la Iglesia?- para el tránsito definitivo?

 

¿Qué hacemos, doña María Australia, para solucionar “la inmigración irregular y el drama humano de estas personas”? Usted lo sabe: dígalo, porfa. Canarias se lo agradecerá. (Por cierto: la primera patera llegó el 28/8/1994.)

 

Nicolás Guerra Aguiar es catedrático y escritor.

 

Comentarios

  • Vicente Artiles Glez
    26/09/2020 - 21:17

    Se sabe que todo lo que ud expones es cierto. Pero hay verdades que no queremos oír. Y si mueren en el mar, huyendo de la miseria, guerra,... que no lo publiquen. No lo queremos saber. Mi mascota va al veterinario ¡normal! Pero a un ser humano, que voluntarios de C. Roja le den una manta, bocadillo y atención sanitaria... es demasiado. ¡ No remueva nuestras conciencias!

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  • nicolás guerra
    23/09/2020 - 19:07

    Buenas tardes, señor López. Por favor, relea detenidamente los dos primeros párrafos. Y luego verá que no hay contradicción alguna en las fechas. Reciba un cordial saludo.

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  • Manu Santana
    23/09/2020 - 14:49

    Detrás de la frase "los inmigrantes nos quieren imponer sus costumbres" siempre hay un borrico voxquimano.

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  • Roberto López
    22/09/2020 - 08:56

    1º el autor se contradice afirmando que la primera patera llegó a Canarias el 28/08/94, cuando al principio dijo que en los años 2003-2005 se desconocían voces como cayuco y patera. Y 2º resulta paradójico que muchos de esos subsaharianos que llegan con ansias de libertad, arriben a Europa para imponernos algunas de sus bárbaras costumbres religiosas y culturales, bastante reñidas con la libertad

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