21/03/2020 - 20:49

No, no es el 155: ya lo escribió Camus

Nicolás Guerra

No, no es el 155: ya lo escribió Camus
Nicolás Guerra

A pesar del legítimo derecho a la discrepancia de los señores Urkullo y Torra (respectivamente, lehendakari del Gobierno vasco y president de la Generalitat catalana) y de las machangadas pregonadas por el señor García – Page, presidente de Castilla – La Mancha, lo cierto es que el Gobierno español ni ha traspasado límites de ajenas competencias (Catalunya, por ejemplo) ni ha declinado su responsabilidad.

 

Los dos primeros, según el honorable catalán, coinciden tras una conversación telefónica: “No podemos aceptar que el Gobierno español confisque nuestras competencias en salud, seguridad y transporte. Necesitamos apoyo, no recentralización". Por su parte el presidente castellano – manchego, muy dado a trascendentales mensajes investidos de pensamiento aristotélico (cuando no totorotálico) acusa a la Universidad y, por extensión, al profesorado de la comunidad: la propuesta rectoral de cerrar las aulas por la ramificación del coronavirus “lo que pretende es tener 15 días de vacaciones”. (Contra tales planteamientos -hipernacionalistas los dos primeros presidentes; torpe, mezquino y raso el señor García Page-, se impuso la razón del Gobierno tras decretar el monopolio del mando central.)

 

Eso sí, llega con muchísimo retraso tras las explosiones previas en China e Italia, experiencias no tenidas en cuenta para adoptar radicales actuaciones desde los primerísimos días. Y como el señor Casado (líder de la oposición) deja caer tras su apoyo a la declaración del estado de alarma que el PP ya lo había reclamado el día anterior, lo cierto es que tal extrema decisión no se tomó por insistencia del señor presidente popular sino, muy al contrario, tras un frío, sereno y desapasionado análisis de la situación, ¡por fin!

Por primera vez desde la aparición del virus en España el Gobierno actuó con la razón al margen de hipotéticas conveniencias políticas, preocupantes impactos económicos terriblemente desestabilizadores (Semana Santa significa millones de turistas, miles de puestos de trabajo transitorios, centenares de millones de euros)... o la infantil esperanza de una invasión pasajera como dejó escrito el cronista Albert Camus en su novela La peste (1947).

 

Así, el 16 de abril “en el año 194… en Orán” el doctor Rieux tropezó con una rata muerta en la escalera. Por la tarde vio otra de gran tamaño mojado el pelaje y sangrando por el hocico. Al día siguiente encuentra tres más. Y en el barrio extremo, pobre, contó una docena de ellas. Ya el día 25, “6.231 ratas recogidas y quemadas en el solo transcurso del día”.

 

Los muertos llegaron inmediatamente, veinte. Cuando el doctor Rieux pidió al secretario de médicos de Orán que aislasen a los nuevos enfermos, la respuesta fue desmoralizadora: sin una orden del prefecto nada se puede hacer. Además, “¿quién le asegura a usted que hay peligro de contagio?”. Le responde: “Nadie me lo asegura, pero los síntomas son inquietantes”. Añade el cronista: “Mientras se hablaba se perdía el tiempo”.

 

Los casos se multiplican y, al poco, los médicos descubren algo terrible: no hay suero, primer paso imprescindible para el tratamiento a los contagiados. Efectivamente: se trataba de la peste, “pero, en verdad, reconocerlo oficialmente, obligaría a tomar medidas implacables”. Cabe la posibilidad, además, de que la situación no sea tan extrema, argumentan los sabios de turno: a fin de cuentas, el contagio no es absoluto.

 

Hay, también, un impedimento legal: si no se declara como epidemia, no pueden aplicarse las medidas profilácticas contra ella. Al fin, varios días después, llegó el parte oficial: “Declaren el estado de peste. Cierren la ciudad”. Ese mismo día hubo treinta muertos. Pasado el último día de enero, “las puertas de la ciudad se abrieron al amanecer de una hermosa mañana de febrero”.

 

La novela, en efecto, es eso: crónica de un acontecimiento no real, pues la ciudad de Orán (costa argelina) no sufrió el azote de tal desastre humano aunque, eso sí, padeció la epidemia del cólera a poco de la colonización por Francia (mediados del siglo XIX). Lo importante, pues, no es el hecho en sí (pura ficción), sino las reflexiones del lector. A fin de cuentas el premio nobel de literatura (1957) “ilumina los problemas de la conciencia humana en nuestro tiempo”, tal como lo definió el rey de Suecia durante la entrega del Premio. (Algunos críticos consideran que aquella epidemia -símbolo- sirvió para demostrarles a los ciudadanos algo sobre la superprotección por parte del Estado: implica la pérdida de ciertas libertades, merma imprescindible para conseguir un beneficio mayor... según planteamientos conservadores y ultraderechistas.)

 

Ahora bien: si nos quedamos con el aspecto puramente burocrático – político (temor a medidas implacables si se declara oficialmente la plaga; miedo ante la reacción ciudadana, mayoritariamente analfabeta; esperanza en una invasión pasajera; pánico a que la noticia se expandiera…), ¿podríamos localizar algún paralelismo con la realidad española?

 

El domingo 8 de marzo ya se habían producido (España) diecisiete muertes y más de seiscientos contagios (Canarias7, 15 de marzo). Sin embargo, el Gobierno esperó al día 14 para declarar el estado de alarma. En medio, varios hechos perplejantes por su insensatez: uno, la manifestación feminista (8 de marzo) con presencia de altísimos cargos masculinos y femeninos (no cabe “altísimas cargas femeninas”) del Gobierno (PSOE, UP), PP, Ciudadanos… Posteriormente, algunos de ellos dieron positivo tras las pruebas analíticas. Fue una concentración absolutamente irresponsable, disparatada, temeraria, irreflexiva (Machado hubiera usado “tarambana” como sinónimo). Dos: el acto político de VOX en Vistalegre el mismo día 8 (¡casual coincidencia!) también desatinado, osado…

 

Ni unos (Gobierno) ni otros (oposición) dieron fe de prudencias, reflexiones y corduras: ¡Dios nos coja confesados, tal mediocridad es lo que hay! (Sumemos al señor Iglesias, supuestamente cuarentenado tras el positivo de su pareja. ¿Arrogancia frente a lo impuesto a quienes deben permanecer en su casa? No es, precisamente, ejemplo de la igualdad tan pregonada… Es la casta, ejemplo de delirios verticales -Gerardo Diego- pero tan denostada… anteayer.)

 

Sí, se perdió un tiempo precioso tal como leemos en la novela de Camus escrita... ¡setenta y tres años atrás! (¿Acaso parecidos reparos?) Pero ahora, el máximo apoyo al Gobierno. Mi aplauso, pues, para el alcalde de Madrid, señor Martínez – Almeida (PP): "Solo actuando en coordinación con el Gobierno tenemos credibilidad con los ciudadanos".

 

(Pero, eso sí: será rigurosamente obligatorio, una vez la Ciencia haya vencido, el inteligente análisis de tibiezas, desbarajustes, excesivas confianzas, retrasos en la toma de imprescindibles decisiones e incompetencias de políticos incapaces de ver más allá por sus grandísimas limitaciones. ¿Un ejemplo muy cercano? Canarias.)

 

Nicolás Guerra Aguiar es catedrático y escritor.

 

Comentarios

  • Paco Falcón
    27/03/2020 - 23:16

    Hombre, no se me apunte usted también al carro de los “aposterioricos”. Tenga en cuenta que la OMS no declaro como pandemia al Covid-19 hasta el 11 de marzo, así que tomar decisiones drásticas el 8 podría considerarse de “zajorines”. Y ademas no es España la única en la tardanza, ahí están Italia, Francia o EEUU, por ejemplo.

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