22/09/2019 - 09:45

La buscada vuelta a las urnas

Nicolás Guerra

Nicolás Guerra

Todos la amaban y querían, desde la “confluencia de izquierdas” (tan paticoja por ambas mentes) hasta los constitucionalistas, hiperconstitucionalistas, semiconstitucionalistas, nacionales y libreoyentes. Pero avergonzada por el maltrato agazapó su corta esperanza en la más absoluta de las soledades. Nunca se había visto tanta mediocridad, tan poca genialidad y tanta ausencia de visiones universales como en estos meses de vapuleos a la voluntad ciudadana.

 

Así, el señor Núñez Feijóo (presidente de la Junta de Galicia) levantó la voz ante la situación de desconcierto: “Si en España no tuviésemos una serie de políticos adolescentes […] y tuviésemos hombres de Estado, estoy seguro que podría haber un Gobierno de coalición".

 

Binomio “políticos adolescentes” al cual se adhirió con posterioridad la señora Oramas (CC): los señores Casado (PP) y Rivera (Ciudadanos) son como “jóvenes adolescentes” al oponerse a la abstención de sus partidos para iniciar el curso político con el señor Sánchez al frente. (Vienen a ser algo así como chiquillajes -voz canaria carente de sentido despectivo o despreciativo-, ‘Personas de cierta edad que realizan acciones pueriles’. A fin de cuentas la adolescencia se sitúa entre el inicio de la pubertad y la entrada en la edad adulta, es decir, la etapa de primera juventud. Por tal razón la señora Oramas es redundante: usa “jóvenes adolescentes”.)

 

Y con revolucionaria genialidad cerebral, el doncel Rivera le responde (también en televisión): “No se me ocurre decir que la señora Oramas es una vieja y que yo soy un adolescente”, mensaje a partir del cual comenzará una nueva etapa del pensamiento filosófico universal. Demos paso, pues, al novísimo Aristóteles: guardemos en el recuerdo a Erasmo de Róterdam; hagamos mutis por el foro con Maquiavelo; clausuremos sin aspavientos la palabra de Galileo; precintemos a Sartre, Marcuse, Humberto Bobbio y Noam Chomsky: ¡Santo Oficio!, ¿do estaaás? (Tiemblan mis verguillas y se desenfrena el corazón con una frase suya: ”¡Cuando yo sea presidente del Gobierno..!”. Dios nos coja confesados, añado.)

 

Me gustó Pedro Sánchez tiempo atrás, cuando se enfrentó a la aburguesada y todopoderosísima estructura de virreinales barones psocialistas y abandonó el máximo poder del partido: se lo arrebataron durante turbios otoños de pensamientos e ideas quienes habían empezado a desletrar (comenzaron por la -S-) la pureza de unas siglas ya centenarias: PSOE. Por ellas abandonó nuestro paisano Pérez Galdós el republicanismo histórico y burgués (1910): “Voy a irme con Pablo Iglesias. Él y su partido son lo único serio, disciplinado, admirable, que hay en la España política”.

 

Dos años después mantiene su línea de compromiso social: “[...] Así seguiremos viviendo hasta que del campo socialista sobrevengan acontecimientos hondos, imprevistos, extraordinarios... ¡El socialismo! ¡Por ahí es por donde llega la aurora!”.

 

Mas no se retiró el señor Sánchez para quejumbrosos lamentos a las sombras, muy al contrario: bajó a la calle; caminó por horizontes de nuevas esperanzas; habló con la gente; tendió manos y palabras y reorganizó desde el primer minuto su vuelta a la secretaría general del PSOE. De ahí a la presidencia del Gobierno (interina) todo era cuestión de tiempo. Pero… el tiempo también impactó e hizo de las suyas: el hombre de las “confluencias de izquierdas” comenzó a ser absorbido -cual señor González Márquez- por su inmensamente alargado ego. Engreimientos y presunciones lo fueron distanciando de Podemos y del otro Pablo Iglesias, el teórico aulario de la Política.

 

Bien es verdad que influyó un elemental principio físico, el de acción / reacción: ciertas infantiles pretensiones de Podemos y su plana mayor, desatino tras desatino, lo pusieron en guardia. Cuando el señor Iglesias le cedió al PSOE el Gobierno del país salvo los ministerios de Interior, Economía, Servicios Sociales, Sanidad, Defensa, Inteligencia y RTVE, la cosa estaba clara: no podía aflojar ni un ápice ante la petulancia de quienes pretendían ser gobierno dentro del Gobierno.

 

Si para el señor Iglesias (martes) las declaraciones del presidente tras la visita al rey tradujeron “arrogancia y desprecio a las normas básicas para la convivencia política”, las pretensiones de Podemos fueron puros desvaríos. Y la actuación personal de su líder cayó en la altanería, definida como ‘Sentimiento de superioridad frente a los demás que provoca un trato distante o despreciativo hacia ellos’: el tic tan definidor de antiguos regímenes se mostró en todo su esplendor, dicho sea con cierta coña y pesar. (¿Acertó el señor Casado cuando habló de “soberbia y displicencia” para referirse al comportamiento del señor Sánchez en los últimos meses?)

 

acumula ya sus decenios (bien mimados, dicho sea de paso) en estas cosas de la realidad política. Por caprichos de los mismos fui testigo de aconteceres pasados y, consecuentemente, caigo en la trampa de hacer comparaciones entre los “políticos adolescentes” de hoy (acierto pleno del señor Feijóo) y algunos políticos de anteayer, a fin de cuentas pertenecen al siglo y milenio pasados. Juego con ventaja, pues el paso del tiempo me ha permitido abandonar ciertas fogosidades del pasado (nunca fanatismos) y analizar con frialdad, ecuanimidad y equilibrio no lo que pudo ser, sino lo que fue... incluso con grandes decepciones, desengaños, frustraciones y engendros finales en nombre de la libertad.

 

¿Dónde están, pregunto a la manera de Jorge Manrique, los Carrillo de hoy, Suárez, Tierno Galván, Sagaseta, González, Cisneros, Pérez-Llorca, Solé Tura, Roca i Junyent, Camacho, Nicolás Redondo, de la Cierva, Cavero, la señora Ibárruri, Giménez de Parga, Lavilla, Garrigues-Walker…? Personas de izquierdas, centro, centroderecha, liberales, incluso alguno con ascendencia y muecas franquistas prendidas cinco rosas... (Sí, tiene razón el señor Feijóo sobre la ausencia actual de “hombres de Estado”. Pero en su lista figuran también quienes vieron al Estado como algo suyo, de ellos. Por eso no puedo incluir a quien, por ejemplo, “informaba de la ejecución de prisioneros políticos” o “justificaba asesinatos de la policía política”.)

 

Así pues, los cuatro grandes partidos, partidos en su credibilidad y absolutamente ajenos a las calles por donde camina la vida demuestran que, en efecto, faltan dirigentes con visiones que vayan más allá de mezquinos intereses personales, exactamente cuatro.

 

Nicolás Guerra Aguiar es catedrátco y escritor.

 

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