22/09/2019 - 09:42

La materia de la isla

Santiago Gil

Santiago Gil

Todos cambiamos el paisaje que nos rodea. Desde que lo miramos ya lo estamos inventando de otra manera diferente, pero también cuando movemos una pequeña piedra o dejamos nuestras huellas en un camino polvoriento. El paisaje ya estaba antes de que llegáramos, y ya era bello porque es siempre bello lo que la naturaleza crea siguiendo sus ciclos milenarios. Cuando talas un árbol dejas un hueco de ausencia en medio de la nada, y si matas un pájaro estás cercenando esa armonía que se viene repitiendo desde mucho antes de que llegáramos los humanos a poblar el planeta.

 

Hay personas que sí son capaces de embellecer aún más lo que ya era hermoso, y una de ellas era César Manrique, quizás porque su esencia era pura naturaleza, como esa arena de la caleta de Famara que siempre recordaba cuando le preguntaban por la infancia y los juegos. César jugó toda su vida a volver más bello lo que le rodeaba. A veces imagino cómo serían estas islas si se multiplicaran los César Manrique por todas partes; pero estas islas, en lugar de artistas y de defensores del medio ambiente, vio multiplicarse la especulación, el ladrillo y la corrupción urbanística, y ahora, al paso de los años, vemos que ya hay paisajes perdidos para siempre, incluso allí donde Manrique demostró que se podía construir integrando la arquitectura con los colores y las formas de la tierra.

 

Siempre he admirado profundamente a César Manrique, y siempre es una de mis referencias cuando me preguntan sobre el paisaje y el desarrollo turístico de Canarias. Si seguimos su estela aún tendremos futuro, sobre todo en las islas y en los espacios a los que no llegó esa locura constructora que alicataba las montañas y sembraba el hormigón en cualquier parte como quien extiende una lava que no se parece nada a la lava que luego se vuelve malpaís, roca negra de la playa, arena o tubo volcánico por el que a veces uno tiene la impresión de que puede llegar al otro lado de la existencia.

 

Los aniversarios sirven para retomar ideas y para rescatar del olvido a quienes trataron de dejar un mundo mucho mejor que el que encontraron. César salió de las islas, recorrió el mundo, aprendió, buscó en todos los caminos del arte, y un día, después de engrandecer su pensamiento y su perspectiva viajando y creando donde estaba el centro del arte, se dio cuenta de que era la materia de su propia isla la que mejor se ajustaba a sus sueños.

 

Y nosotros, después de tantos años sin escucharle y sin verle, queremos agradecerle su clarividencia, su compromiso con el paisaje y esa estética que reinventó una isla que no se creía tan bella hasta que él llegó y nos enseñó el alma de la lava y toda la energía que llevaba dentro. Así son las islas si aprendemos a mirarlas con los ojos de César Manrique, y ese debería de ser nuestro gran homenaje a un artista que cambió nuestra manera de concebir la naturaleza.

 

Siempre que voy a Lanzarote intento acercarme a su tumba en el cementerio de Haría. Esa tumba la diseñó él mismo y es el único enterramiento que conozco que no transmite tristeza, ni tampoco el fracaso de la vida. Una piedra sencilla, un cactus, una palmera y el negro picón que resalta ante el azul del cielo y el blanco de los muros y de las casas. Todo lo que allí dejó parece que sigue vivo. Y así debería ser. Escuchemos siempre su voz entre el estruendo de las olas de Famara. Ya todo lo dijo. Somos nosotros los que hemos traicionado su espíritu y su enseñanza.

 

Santiago Gil es periodista y escritor.

 

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