14/07/2019 - 10:50

El galdense Manuel Díaz, poeta y panadero

Nicolás Guerra

El galdense Manuel Díaz, poeta y panadero
Nicolás Guerra

Este paisano afincado en la cumbre natal, Juncalillo de Gáldar, lleva en su profesión y devoción coincidencias y parecidos con dos Leopoldo Panero. Uno es Panero Torbado (padre); el otro, Panero Blanc, hijo (murió en Las Palmas de GC, 2014). Ambos compartieron su amor por la poesía, y a ella también fue invitado Manuel Díaz García desde la primera juvenil precocidad. No podía ser menos: panero y panadero se identifican con la artesanía del pan, y la poesía es expresión artística por medio de la palabra. (A fin de cuentas la voz griega pas-pasa-pan significa ‘todo, absoluto’).

 

conocí a Manuel Díaz lo relacioné con un colega de aula. Hablaba de literatura como si se tratara de una conocida de siempre, incluso eterna amante iniciados los púberes coqueteos. Sabía de ella íntimos detalles no escritos en los libros de texto y aprendidos -sospeché- gracias a trienios acumulados. El hombre se desenvolvía con naturalidad, sin aspavientos ni pedanterías. (Como ahora, frente a frente en dialogado monólogo a los pies de los Altos -su tierra juncalillera- mientras San Isidro el Viejo despereza algo más abajo de La Ermita.)

 

A fin de cuentas, concluí, cinco años en la Facultad permiten adquirir soltura, conocimientos y especiales disposiciones para tratarla de tú, como a quien se da vida. Aunque de ella, por suerte, ni llegaremos a saberlo todo ni podremos entrar en ciertas intimidades reservadas para quienes la hacen desde los versos, el diálogo o la narración. Más en la primera de las versiones pues no solo encontramos ritmos, rimas, métricas academizadas o libres por su albedrío: al poeta se le consiente todo siempre que sea capaz de crear belleza, discutible fin último de la poetización.

 

Días atrás dediqué la mañana a leer Nostalgia del olvido, su último libro, prologado por nuestro universal paisano Ángel Sánchez, para quien el poemario “es el resultado de una vivencia personal traducida en versos de doliente sentimiento y que nos aproxima al dolor ajeno”. Y como lo escrito por Ángel va a misa (incluso a misa solemne), me di en ratificar mi primera conclusión: el autor es licenciado en Filología.

 

Allí descubrí la perfecta mezcla de la oposición yo / tú y, en momentos, el juego poético. Valga, por ejemplo, el acierto del verso “el que canta nanas al alba”, pues la nana viene a ser la ‘canción melodiosa y suave que se canta a los niños pequeños para arrullarlos o para que se duerman’. Pero el alba traduce despertar a la vida, amanecer (“La del alba sería cuando don Quijote salió de la venta...”). Y poéticamente tiene su significado simbólico frente a la noche, enraizada entre los románticos con pesadumbres, imposibilidad de ser feliz y, por tanto, buscada precipitación hacia la nada (Werther, génesis y prototipo, se suicida a las doce en punto de la noche ante la imposibilidad de conseguir el amor de Carlota).

 

Así oscuridades, lápidas, sombras, huracanes, lágrimas… no son albas en Manuel Díaz, muy al contrario: dominan páginas como si se tratara de un barranco descontrolado en cuyas orillas no hay remansos de la paz engarzada a la Naturaleza sino, muy al contrario, caos y desorden (tal vez por Ella).

 

Aquí arranca otra relación con los Panero. El torrente anterior de sustantivos le sirven, como a Panero Torbado (“Mi corazón no está muerto / sino luchando / diariamente con la vida, / desnuda, hermano”), para enfrentarse a la realidad circundante. Como si esta fuera el sentimiento trágico unamuniano o acaso el diagnóstico de un contexto personal desagradable a Manuel Díaz: “Solo pájaros muertos / hacen sus nidos tumbas / en las entrañas del olvidado nogal”. Frente, siempre la esperanza, “aquella primavera sempiterna” que “para ti guarda la rosa blanca”, la pureza.

 

Manuel Díaz no necesita reflexionar cuando le pregunto por la intencionalidad de su poesía (¿acaso angustiosa, quizás angustiada?). Lo tiene claro: “Necesito vaciarme sobre todo con la poesía maldita, la visceral. Es un vómito que sale de los sentimientos más profundos para conectar con mi lado más humano, a veces la suma de lo humano y lo divino. Es necesidad vital”.

 

Panero Blanc también es un poeta maldito, sintió la necesidad vital como Manuel Díaz. Más: es el modelo perfecto que plasmó Verlaine (Les Poètes maudits, ‘Los poetas malditos’) para referirse a quienes rechazan normas y convencionalismos y viven frente a prejuicios y obcecaciones. ¿Quiénes? Anote de nuestra isla, estimado lector, como ejemplo, a los poetas de compromiso social que publicaron Antología cercada (1947): cercados y acorralados por represiones y ausencias de libertad levantaron sus palabras para que los hombres vieran la luz solar “en un lugar cualquiera de la tierra” (Agustín Millares).

 

Manuel Díaz ha leído muchos ensayos. No sé si también el del poeta francés. Tampoco es rigurosamente decisorio: lo importante, lo que importa, es la palabra de los poetas. Y ahora la de mi paisano, pues hay más: para la profesora universitaria Marina Casado el libro Nostalgia del olvido “es digno de un ensayo”. Y si hay calidad, ¿cómo la ha conseguido? Con lecturas, pues a los cuarenta y cinco años de su vida se ha pasado cuarenta leyendo (los existencialistas son otro ejemplo).

 

Desde el colegio, de pollillo, cambió los libros de texto por otros -Salgari, Dumas...- “que me invitaran a pensar, a escribir, a soñar incluso desde la misma realidad”. Y a partir de lecturas recomendadas por quienes él consideraba conocedores de la literatura llegó a entender a los doce años -sencilla precocidad- la diferencia entre lo subjetivo y lo objetivo ante obras consagradas: “Algunas lecturas las dejé desde las primeras páginas. Podrían ser títulos imperecederos, no lo dudo. Pero a mí nada me decían”.

 

Madrugó a la literatura como al trabajo: a los cinco años ya repartía pan por barrios de los Altos de Gáldar antes de ir al colegio: ¿no iba, entonces, a quedarse dormido en el aula un crío que se levantaba a las tres y media para cumplir con su trabajo… mientras los condiscípulos dormían?

 

Por cierto: Manuel Díaz ni es licenciado en Filología ni bachiller: es autodidacta, su gran proeza. Mi admiración.)

 

Nicolás Guerra Aguiar es catedrático y escritor.

 

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