24/10/2018 - 08:04

Mandar a irse a la mierda (RAE)

Nicolás Guerra

Nicolás Guerra

La forma imperativa “vete” es una variante personal del verbo ir. Y como tal imperativo denota mandato, exhortación o ruego. Si le añadimos el complemento “a la mierda”, radiografiamos el espasmo intelectual de quien vociferó tal construcción al presidente del Gobierno español. (¿Qué habría sucedido si el destinatario hubiera sido el jefe del Estado?)

 

Desde el punto de vista del significado el verbo ir tiene treintaiocho sentidos. Uno de ellos es el treintaisiete, pronominal: ‘Dicho de una persona, ventosear o hacer sus necesidades involuntariamente’ (“Se le fue el punto y se desparramó por las patas abajo”, dice Pepe Monagas; aunque oído lo oído el 12 de octubre, hay quienes se desparraman por las patas arriba. Eso sí, en nombre de la libertad de expresión. Para que luego las hordas comunistas, ácratas bolivarianas, denuncien la “ley Mordaza” como restrictiva).

 

Pero hay más. Entre locuciones verbales, coloquiales y construcciones, el verbo ir aparece en más de cuarenta variantes. Así, por ejemplo, “Ni va ni viene; Ir para largo; Írsele el baifo a alguien”… o las expresiones coloquiales “Vete en hora mala, o noramala” y “Mandar a paseo”, usadas para despedir a personas con enfado o disgusto. Tales dichos sustituyen a la locución adverbial malsonante -Academia dicit- “Mandar a Irse a la mierda”.

 

Así, ambas liman asperezas con un lenguaje más próximo a recatos y castidades lingüísticas. No son poéticas, bien es cierto. Pero entre heces, cagadas y excrementos prefiero la desusada voz enhoramala o mandar a paseo. A fin de cuentas la descomposición estomacal puede manifestarse en forma de diarrea: a veces no hay tanato de gelatina o Fortasec que la frenen en horas veinticuatro.

El hablante, pues, puede elegir según el nivel sociocultural (cagada / excremento / caca; cagar / defecar / hacer caca; cagalera / diarrea / descomposición…). Dedúzcase, consecuentemente, la capacidad intelectual de quien lanzó a viva voz y con precisión silábica el 12 de octubre a eso de la mediamañana la frase “¡Vete a la mierda!”, solfeada además con desarreto medieval.

 

Tiene nuestro idioma parecido caudal lingüístico con quienes roban. Unos son rateros, chorizos, mangantes, ratas, manguis… si lo hacen en la calle, la guagua… Para ellos, la estancia en trullos o trenas está garantizada por elementales cantidades.

 

Pero si quienes distraen miles de euros lo hacen a través de multinacionales, paraísos fiscales, malversaciones, cohechos, insolvencias punibles, asaltos a las arcas del Estado… se trata, entonces, de Vuesas Merçedes, Ilustrísimos e, incluso, Excelentísimos (alcaldes, directores generales, exministros, expresidentes de comunidades, consejeros, altos cargos de consejos de administración, secretarios regionales…). Tras arrepentimientos y flagelaciones mentales más la ayuda de un costoso gabinete jurídico podrán ser condenados… pero no cumplirán prisión si la suerte los acompaña.

 

Hechas, pues, las matizaciones lingüísticas (impregnadas de aires puros, bienolientes y rigurosamente sensoriales) me detengo en el caso concreto sobre envío a la mierda por expresa voluntad del susodicho ciudadano, que a fin de cuentas estamos en un Estado de derecho.

 

Se puede ser soez, vulgar, grosero y hasta encefalogramamente cero con la segunda autoridad del Estado y mandarlo a la mierda, tal voceó el personaje cuando el presidente del Gobierno bajó del coche oficial y caminó hacia donde lo esperaban la alcaldesa madrileña, el presidente de la Comunidad y la ministra de Defensa. (Se trataba del desfile militar con motivo de la hoy llamada Fiesta Nacional, la Fiesta de la Hispanidad en épocas del caudillaje “por la gracia de Dios” -díjose alguna vez “Por lo gracioso que es Dios”-. La primera secuencia figuró en monedas del milenio pasado, cuarenta años atrás.)

 

Pero el “¡Vete a la mierda!” dirigido al presidente Sánchez en acto oficial no llega a la categoría de falta. Es más: ni tan siquiera merece reprobación, toque de atención o público desacuerdo de quienes tanto hablan de respetos a la Constitución. Porque mandar a la mierda o llamar okupa al presidente es negar el valor constitucional del artículo 114.2: “Si el Congreso adopta una moción de censura, el Gobierno presentará su dimisión al Rey y el candidato incluido en aquélla se entenderá investido de la confianza de la Cámara […] El Rey lo nombrará Presidente del Gobierno”.

 

Por tanto, si alguien considera ilegal su presidencia tiene la obligación de denunciar tal hipotético fraude. Y si la Justicia encontrara supuestos comportamientos delictivos, el señor Sánchez debe ser sometido a juicio y condenado en caso de culpabilidad por sedición, rebeldía o golpe de Estado. Pero mientras no sea así, el juego democrático exige riguroso respeto a la Carta Magna, la misma del artículo 155, exactamente la misma.

 

Los desencuentros políticos tienen sus espacios para ser discutidos y, si la cosa marcha bien, incluso dirimirlos. Pero el nobelísimo que mandó a la mierda al presidente del Gobierno español se amparó en la libertad de expresión para tal filosófico mensaje. Sin embargo, ¿cuál hubiera sido su reacción si algún rojo de excreción le pregona la misma frase al rey, presente en el acto? ¿Lo habría respetado? Más bien sospecho lo contrario, nos tienen acostumbrados.

 

Muchos pitaron, es su derecho; ninguna recriminación u objeción por mi parte, líbreme Dios de tal insensatez. Y lo ejercieron, pues son personas libres. Por tanto, pueden mostrar su desaforado desacuerdo con el presidente del Gobierno, quien debe guardar silencio.

 

Otros reclamaron “¡elecciones, elecciones!”, cantinela repetida hasta la saciedad por dirigentes de la oposición (nóminas de cuatro mil euros) para quienes el inmediato salario mínimo de novecientos euros es un despilfarro (hace diez años hubo mileuristas), pero los miles de millones ganados por la banca reflejan rigor profesional. Además, la reclamante masa y sus mentores saben que todos los gobiernos barren para sus intereses en tales menesteres. Y que la Constitución (artículo 115) le otorga al presidente la propuesta de disolución de las Cortes Generales y la fecha de las inmediatas elecciones.

 

Pitos, claro. Vulgaridades lingüísticas -¡con la de metáforas de nuestra lengua!-, más bien no. Huelen mal. (Ojito con el pollo que ofreció su escoba al rey en Sant Llorenç.)

 

Nicolás Guerra Aguiar es catedrático y escritor.

 

Comentarios

  • Moisés
    02/11/2018 - 17:55

    El párrafo sexto debería estar en negrita. A ver si de una vez nos enteramos de quienes son los que joden a los demás.

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  • Moisés
    02/11/2018 - 17:54

    Claro, de ahí el nombre (PacoJones), del lugar donde la naturaleza decidió que tuvieras el criterio del que mana tu discurso. La Carta Magna, en su amplio articulado, dicta lo que se puede o no se puede hacer en esta democracia. No elegimos qué articulo sí y cual no a nuestra conveniencia.

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  • Eustaquio
    25/10/2018 - 16:32

    Y tu dices que eres demócrata, F J, si te pasas la constitución, por el forro, a la mierda tío, con perdón para los ofendidos

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  • Francisco Jones
    24/10/2018 - 09:34

    ¿Quemar fotos del Rey es libertad de expresión y mandar a la mierda a Sánchez es una ofensa soez y de mal gusto ? anda que no se ve la tendencia rojera marxista bolivariana.Pues sí es un ocupa ,que demuestre que la gente lo quiere convocando elecciones ,y si no que se vaya a la mi..erda.

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