29/04/2018 - 09:21

Berlín, 1938

Sergio Domínguez-Jaén

Sergio Domínguez-Jaén

Berlín, noviembre de 1938. Dos judíos alemanes, es decir, asimilados, plenamente aculturados en la más sofisticada educación goethiana, en la sociedad civil y anteriormente en las instituciones militares y en la administración pública, caminan a la hora de la cena por una calle muy transitada, llena de gente que va y viene, alemanes, judíos, polacos, haciendo recados, comprando.

 

Estos dos judíos se encuentran con otros que llevan el sombrero que los identifica como pertenecientes a uno de los grupos de la diáspora, también su condición dentro de la comunidad, así como otras cuestiones como el tipo de piel o las cintas alrededor del casco del sombrero.

 

Si bien no es nada nuevo que el antisemitismo se halla dado un festín desde hace milenios, nadie podía presagiar lo que habría de llegar, que junto a la esclavitud negra, es lo más horroroso que el ser humano ha cosechado en la historia: de nombre, genocidio. Los judíos alemanes estaban inmersos en los procesos culturales y científicos del estado: en la ciencia, la producción literaria y musical –capital en el siglo XX- , el arte o la industria, las acontecimientos pasados, junto a una reserva de odio desde Versalles, los hicieron objetivo de las iras de una parte de la sociedad alemana, sociedad que solo estaba integrada por una minima parte de los judíos europeos, que se habían asentado numerosamente en Polonia, Rusia, Hungría, Rumania o los Balcanes.

 

Estros dos judíos que andaban por su país, por su barrio, con su gente, comprando en sus almacenes, fueron identificados por el atuendo y una turba los trituró a palos. Allí quedaron tendidos boca arriba, mirando al celaje del que vendría el ungido a devolverles la tierra prometida. En este caso la promesa fue un metro cuadrado de tierra en lo que quedaba de los cementerios judíos.

 

Berlín, abril de 2018, hace 80 años de aquel ataque a la identidad cultural judía. Por la calle caminan dos jóvenes con kipá, que se toca antes del sombrero, que por respeto hay que llevar la cabeza cubierta. Jóvenes con smartphone que quisieron comprobar si después de más de medio siglo se podía ir tranquilamente por la calle sin que nadie te insultara, te pegara o te humillara. No fue así, en cuanto los vieron con la kipá, otros dos jóvenes empezaron a increparlos, hasta que uno de ellos con el cinturón con la hebilla por delante desataron un furioso ataque contra ellos.

 

Había dicho que Berlín era seguro para las distintas sensibilidades de la ciudad, de confesión, de etnia o de cultura, y los políticos llegaron a ponerlo como ejemplo de integración. Pero se equivocaron los jóvenes judíos y las autoridades públicas.

 

En el último año se han presentado en Berlín más de mil denuncias por antisemitismo con agresiones físicas y, con violencia manifiesta o sutil, pero violencia al fin. Violencia que empieza en la palabra y termina en los hechos; violencia que anda de por siglos en las neuronas resecas de los fracasados y su ignorancia.

 

Pero el silencio que mantienen algunos es la primera posta de un largo camino lleno de paradas donde cobardes y fanáticos se reúnen para preparar el próximo asalto a la dignidad y la integridad, física y de conciencia, de los que piensan, actúan y escriben de otra forma.

 

Sergio Domínguez-Jaén es poeta y escritor.

 

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