07/03/2018 - 21:01

La vuelta del caballo

Sergio Domínguez-Jaén

Sergio Domínguez-Jaén

Somos muchos los que pensamos que a pesar de las líneas maestras en creciente de la economía española, según hacia donde se mire, estos indicios parece que se diluyen en las cifras y estadísticas de otra realidad. La mejor información está en la calle y en los análisis que hacen las empresas institucionales o algunas organizaciones como Cáritas.

 

Por ellos nos enteramos de que duermen las calles, qué asistencia tienen, qué patologías o qué edad y circunstancias existenciales. Si han sido arrastradas por la corriente destructiva de la crisis, si han sido llevados en volandas por empresas que han caído o por qué lo han perdido todo o casi todo.

 

El otro día leía que cerca de 200 personas duermen en las calles de Las Palmas de Gran Canaria, se les puede localizar facialmente, una vez que se han cerrado parques, se han vallado portales o se han puesto impedimentos en algunos soportales para que no duerman o pasen la enfermedad en ellos. A más marginalidad, más indiferencia, porque se ve como algo consuetudinario, nada excepcional en una sociedad de consumo donde el que no consume no es.

 

Y entre estas personas que andan por las calles, en las puertas de las iglesias –que por cierto algunas deberían dejar los soportales abiertos para que duerma el que no tenga posada-, pues al fin y al cabo es un peregrino en la tierra, como todos, mendigan lo que cae del plato.

 

Digo que el que está en la calle sabe que hay indicios preocupantes o alarmantes para mí, que nos hacen volver la vista hacia la década de los noventa, cuando cientos de jóvenes, hombres y mujeres, se pasaban las horas en los semáforos vendiendo pañuelos o mecheros o pidiendo cualquier cosa que fuera dinero.

 

Y es la época de la heroína, del jaco, que convirtió a muchos jóvenes de una generación en visibles exponentes del deterioro de las instituciones públicas, como aún hoy en algunas partes del archipiélago. Algo se mueve en los subterráneos del sistema cuando estamos otra vez ante una inminente desgracia colectiva. Cuando parece que las cosas se empiezan a recuperar, el uso cotidiano, la gente en la calle, los centros comerciales a tope, las terrazas con alegres, los pantalanes con los cruceros atracados, los turistas haciendo compras…las inversiones en la capital, la metroguagua, las peatonalizaciones,... Sí, parece que se mueve algo con la contratación de parados que llevan años sin trabajar para los adecentamientos de jardines y taludes; bien: algo es algo.

 

Pero aunque desde los organismos públicos se diga que no tienen datos sobre consuno, venta o tráfico de heroína, ya ha llegado una vez más para quedarse por un tiempo. Fueron muchas las familias destrozadas, conocíamos a alguien que le había pasado, y no importaba la condición social, lo impregnó todo y todo desbarató. Y para paliar tamaño dolor, en aquel tiempo, entran en servicio muchas organizaciones, como por ejemplo Yrichen o la Casa Esperanza, o el Proyecto Hombre y otros muchos que jalonaban las islas.

 

Es terrible ese caballo del que no te bajas cuando quieres, sino cuando no te sostengas en la silla sobre él. Al principio te da el aire en la cara y parece extraordinario, después te arrastra bajo sus cascos y si no hay ayuda de todo tipo terminas envuelto en mantas raídas, sin jaco pero con tetrabrik esperando que pase lo que tiene que pasar: el sufrimiento que no se quita ni con un alma nueva.

 

Sergio Domínguez-Jaén es poeta y escritor.

 

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