25/02/2018 - 09:01

Ni el paisaje ni nosotros somos los mismos…

Nicolás Guerra

Ni el paisaje ni nosotros somos los mismos…
Nicolás Guerra

Tempus fugit, estimado lector: ‘el tiempo se escapa, huye’. Y con su evasión se produce el cambio. A veces por ciclos naturales; otras, por la obsesiva monomanía humana empeñada en devastaciones... a través de la “modernización”.

 

Así, la fotografía que acompaña a este artículo es un claro ejemplo: retrotrae a espacios ya mudados. Por tanto, la sentencia clásica se ha cumplido: el paisaje no es el mismo (nosotros, los de entonces, tampoco). Hay alteraciones: casas ya desaparecidas, nuevas, atentados a la Naturaleza…, aunque se mantiene “la caseta”. A la par, “Ayer maravilla fui / hoy sombra de mí yo soy” (tal lamenta la malagueña canaria).

 

Pero a pesar de los años transcurridos, la imagen permanecía indeleble en la memoria. A fin de cuentas no solo está íntimamente vinculada a mi niñez y primera juventud, sino que por gratísimos impactos emocionales no había borrado absolutamente ningún detalle: viví a dos pasos de la caseta y del ya desaparecido Risco Partido. Además, Sardina del Norte fue espacio físico de alegrías, inconsciencias infantiles, plena felicidad en contacto con la Naturaleza costera y, de paso, inicial experiencia para discernir entre lo impuesto y lo justo.

 

Así, echar un vistazo al anteayer a través de imágenes puede ser solo eso: la grata recuperación de un sitio ya muy cambiado. O, quizás, la nostálgica recreación de un tiempo pasado, inexistente por su propia vencida caducidad. En el primer caso echo de menos la parte del risco (se llamó Risco Partido) que en la foto asoma su mirada y se vuelca sobre la Playa Chica. Y con él y su ausencia recuerdo a Matías, el marido de Chana, pescador que allí reposaba las calurosas horas del estío mientras me empataba anzuelos o contaba experiencias marineras con chinchorros, “falugas”, maromas, manteríos, mares ruines, engodos, sebas, carrancios y copos cargados no se sabía de qué, si con nuevas frustraciones o acaso sardinas para la factoría cercana a las casas baratas… Historias vivas muchas de ellas, pero fantasiosas otras.

 

Sin embargo todas fueron creíbles para una mente infantil de diez u once años abonada por la lectura de Emilio Salgari y sus novelas sobre piratas del Caribe (Corsario Rojo, Corsario Negro) y Sandokán, el Tigre de Malasia, una vez príncipe de Borneo y a quien los colonialistas ingleses le habían arrebatado el trono. Presencia de colonialistas ingleses en Malasia o Indonesia para mí absolutamente verosímiles, por cierto, pues sabía de británicos en mi propia tierra cebollera, Gáldar: alguna vez vi en la playa a los nietos de míster Leacock, empresario londinense con intereses económicos en el Noroeste grancanario. Y míster Harris -gentleman a quien imaginaba con bombín al más puro estilo inglés- tenía casa veraniega en Sardina; arriba, a la izquierda.

 

En el segundo caso -supuesta nostalgia de un tiempo pasado- lo tengo claro: recordarlo no es añorarlo. Despertar recuerdos ante la imagen fotográfica no implica, en absoluto, morriñas o melancolías. Ni, por supuesto, lloro por destrozos o desapariciones (lo cual no significa consentimiento, ni mucho menos): estamos en el río heraclitiano; por tanto, no podemos bañarnos en las mismas aguas del momento anterior, cuanto más de años muy lejanos... Pero sí hemos de tener presentes las toletadas de ayer para impedirlas hoy; y con tenacidad y absoluto derecho reclamar coherencias e inteligentes políticas. (Aunque –leo- Güigüí o Guguy, reserva virgen de Gran Canaria, podría estar vendida. Lo afirmó el propietario, pero lo desmiente el Cabildo Insular. Me fío de la institución.)

 

En consecuencia, no me vale la tan recurrida sentencia manriqueña de que “cualquiera tiempo pasado / fue mejor” (copla I), en absoluto: el ayer ya no es mío, pues se ha convertido en simple recuerdo. Solo me pertenece el presente, fugaz momento en el cual –por ejemplo- puedo sentarme a escribir sobre los también felices años de la infancia y primera juventud vividos en Sardina del Norte, litoral de mi entrañable tierra galdense. Pero, insisto, una mirada atrás no significa más que la sentimental presencia de un tiempo.

 

Somos, además, un presente con proyección de futuro, de mañana, tal vez incluso hasta de pasadomañana. Pero como ser consciente y racional no debo marcar infinitos en mi deambular por la vida comenzada en el milenio anterior y aun permanente en este. Por tal razón soy un es tremendamente limitado, pues ya tengo hechas casi la totalidad de las etapas que completan la duración de mi ser humano. No obstante, ninguna fase de mi ciclo vital me resulta indiferente. Mucho menos cuando una etapa está vinculada a la intensa existencia que me dio la costa sardinera desde el Farallón hasta las serenidades del Roquete, referentes geográficos cuando salía a calamariar con Pepe Padrón en el “baby”, el bote de los Rosas… Además, cada septiembre sardinero significaba otro año más en la vida recién comenzada…

 

Sardina fue, en efecto, lugar de experiencias, saberes, conocimientos y pulsaciones fundamentales para mi formación. Descubrí, por ejemplo, que algo me diferenciaba de los pollillos sardineros parejos por la edad (los nombres no vienen a cuento). Desconocía las causas, pero no éramos iguales.

 

Algunos –impactante espectáculo a los ocho años- permanecían de pie en La Laja de la Arena, rigurosamente observadores, mientras los visitantes merendaban tras los baños. No entendía el porqué de su estatismo ante la comida ajena, pero pronto lo descubrí: tenían hambre. Su almuerzo había sido un cacho de pan y dos plátanos casi más propios para escacharlos y revolverlos en gofio y gotas de aceite… Pero sus casas carecían de casi todo.

 

Y sus padres, y ellos, permanecían de pie en la misa de los domingos. A fin de cuentas bancos y reclinatorios habían sido comprados por veraneantes; sus iniciales figuraban en los respaldos (NR era mi abuela paterna)... Se imponía la propiedad privada incluso dentro de la ermita.

 

Sí. La foto me recordó iniciales etapas. Y agradezco a Acorán la posibilidad de haberlas vivido en Sardina. Se volvieron sensibilizaciones para la primera madurez.

 

Nicolás Guerra Aguiar es catedrático y escritor.

 

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