18/02/2018 - 09:32

De la empresa y las ONG

Sergio Domínguez-Jaén

Sergio Domínguez-Jaén

En la primera acepción de la voz “empresa”, el DRAE la define como una tarea o acción con dificultad y que requiere esfuerzo. La segunda acepción es más habitual y es a la que nos referimos cuando lo emprendido tiene un fin lucrativo.

 

Las ONG que desarrollan sus operaciones en un mundo sin límites éticos se han convertido en grandes organismos que ya no necesitan voluntarios, sino trabajadores especializados en profusas labores, desde la medicina, la sociología o la economía, religiones y culturas, etnias y pueblos, para llevar a cabo su trabajo.

 

Pero en un mundo inflexible con los marginados, las empresas de beneficencia han puesto en marcha campañas para recoger fondos de nuevos socios y podemos observar a numerosos de ellos en las zonas más concurridas pidiendo auxilio para los damnificados -esos que dicen las élites financieras que siempre existirán, aunque se intenté subsanarlo-.

 

Este determinismo, unido a la insensibilidad, nos ha traído una serie de anuncios en la televisión, en vallas publicitarias y en otros soportes, donde algunas de estas asociaciones imploran por favor que les envíen dinero o recursos. En algunos, aparte de la súplica, se muestran a niños y niñas en estado penoso, con hambre, con enfermedades, con llanto, Y salen así, a cara descubierta, sin difuminar, como si se necesitara que se vean sus caras “Ecce homo”, que, desde luego, lo son, pero que es un recurso que tiene sus reparos.

 

La reciente noticia de las orgías con mujeres haitianas después de la catástrofe del terremoto de Haití, muestra a las claras que en este entramado de asociaciones sin ánimo de lucro hay algo más que compasión.

 

A la hora de la comida en la televisión, hemos cambiado a los leones despedazando a ñus y cebras, a cocodrilos esperando a los pobres herbívoros, por los infantes con rostro, los mutilados o los hambrientos, a ver si así conseguimos que nuestro corazón o alma se conmueva y entre en acción y la acción de los de a pie es contribuir con dinero.

 

En algunas organizaciones los sueldos de los principales dirigentes son altos, porque el perfil técnico y la experiencia deben ser los adecuados para poder trabajar con un método que sería imposible sin unas herramientas que por ahora salen de las academias o laboratorios.

 

Los trabajadores, según se baja en la pirámide, reciben un sueldo que casi nunca está acorde con sus funciones, y esto ocurre de una forma nítida, en las encomiendas que el estado se quita de encima para dejarlas en manos privadas sean o no con ánimo de lucro, con la consiguiente inestabilidad de muchas personas a las que se les pide más que lo que deberían hacer.

 

Las campañas de captación de socios y fondos son agresivas y a veces reiterativas y cargantes, porque las técnicas de venta son las mismas que en cualquier empresa que quiera vender más.

 

Pero aquí no queda todo: en regiones de África, por ejemplo, las ONG tienen que trabajar con seguridad privada, con contratistas que cobran lo que necesita una familia en un año para sobrevivir y en otras hacer frente a atracos, robos y tráfico de personas y alimentos que envía el banco mundial.

 

Si no hay voluntad política de las facciones en guerra y si no se consigue conmover al prójimo, poco o nada se puede alcanzar para parar esta vergüenza, propia y ajena. Y si los que nos gobiernan se siguen quitando de encima los más elementales derechos humanos y que consagra –curioso término para esta referencia, con ecos de liturgia- la constitución, entonces no cabe sino la acción política, la participación en la comunidad, porque un estado que deja en la orilla a sus ciudadanos es un estado inconmovible, insensible e inhumano.

 

Sergio Domínguez-Jaén es poeta y escritor.

 

Enviar Comentario

X