23/11/2008 - 07:02

Miguel Hernández: mucho más que un poeta

Sonia Vega Sosa

Sonia Vega Sosa
De Miguel Hernández (1910-1942) se ha escrito mucho, o tal vez poco, depende de cómo se mire, pero prácticamente lo mismo: que nació en Orihuela (Alicante), que se dedicó a las tareas del campo, que luchó por publicar poemas y que, finalmente, murió en una cárcel alicantina por ‘rojo’. Sin embargo, de Miguel se pueden y deben contar muchísimas más cosas: Principalmente, el papel tan importante que tuvo en la historia más reciente de España, tanto con la creación de sus extraordinarios poemas como por la valentía y el coraje demostrados durante los años de la opresión franquista.

Sus ojos se convirtieron en los ojos de los demás, su voz fue escuchada atentamente por multitud de personas en las prisiones. Hernández se convirtió en portavoz de los sin voz. Hablaba de las injusticias que veía, realizaba llamamientos a las juventudes españolas para que se unieran a la lucha..., pero también hablaba del amor.

No obstante, el alicantino no fue sólo un poeta al que le tocó vivir y luchar en la guerra del 36; tampoco fue únicamente un hombre condenado por sus ideales republicanos. Fue mucho más que todo eso: un privilegiado que consiguió encontrar sentido a su vida: “Somos viento del pueblo”, decía a Vicente Aleixandre en 1937, “Nacemos para pasar soplados a través de sus poros y conducir sus ojos y sus sentimientos hacia las cumbres más hermosas”, continuaba en la dedicatoria.

Tuvo muy claras las respuestas a las preguntas existenciales que cada individuo se hace en cualquier momento de su vida: ¿Quién soy? ¿Qué hago aquí? Sin embargo, eso no siempre fue así. En su juventud, cuando su padre decidió apartarle de la escuela para que le ayudara en las labores de pastoreo, Miguel tenía la necesidad de escribir, pero dudaba de sus cualidades y enviaba poemas a revistas y a otros autores para pedir consejo.

A ese Miguel principiante e inexperto parecen destinadas las palabras que escribiera varios años antes Rainer María Rilke en “Cartas a un joven poeta” (1903):

“Pregunta usted si sus versos son buenos. Me lo pregunta a mí. Antes ha preguntado a otros. Los envía usted a revistas (...) y se intranquiliza cuando ciertas redacciones rechazan sus intentos (...) Le ruego que abandone todo eso. Mire usted hacia fuera. Nadie puede aconsejarle ni ayudarle, nadie. Hay sólo un único medio. Entre en usted. Examine ese fundamento que uestes llama escribir; ponga a prueba si extiende sus raíces hasta el lugar más profundo de su corazón; reconozca si se moriría usted si se le privara de escribir (...) Pregúntese en la hora más silenciosa de su noche: ¿debo escribir?

(Si la respuesta es) (...) ‘debo’, entonces construya su vida según esa necesidad (...). Entonces, aproxímese a la naturaleza. Entonces, intente, como el primer hombre, decir lo que ve y lo que experimenta y ama y pierde>.
Esta epístola no iba dirigida a Hernández, claro está, pero perfectamente podría haber sido para él, dado que Miguel siempre tuvo la necesidad de escribir, aunque a su padre no le hiciera nada de gracia. Él escribía sobre lo que fuera, sobre lo que estaba a su alrededor, su huerto, la naturaleza que le envolvía... Tenía la capacidad de transformarlo todo en poesía.

El de Orihuela, al igual que el joven poeta al que Rilke dirige su carta, enviaba sus poemas a publicaciones varias y a otros escritores, con la consiguiente frustración ante las malas críticas. Pero entendió que su vida consistía en expresar sus emociones a través de la escritura, y a ello dedicó gran parte de su existencia, desde las tardes de pastoreo hasta sus últimos días en la cárcel de Alicante.

Hombre luchador, valiente, comprometido y, sobre todo, sensible, en su poesía se halla una fuerza y una pasión que sólo las personas de mayor emotividad consiguen transmitir en apenas unas pequeñas cuartillas. Es asombrosa la capacidad de poner la carne de gallina con sólo dos fragmentos de su ‘Elegía a Ramón Sijé’; una muestra de amor entre amigos que se convirtieron casi en hermanos: < (...) Quiero escarbar la tierra con los dientes/ quiero apartar la tierra parte a parte/ a dentelladas secas y calientes./ Quiero minar la tierra hasta encontrarte/ y besarte la noble calavera/ y desamordazarte y regresarte./ (...) A las aladas de las rosas/ del almendro de nata te requiero/ que tenemos que hablar de muchas cosas/ compañero del alma, compañero.>
Miguel tuvo una vida corta, aunque muy intensa. Publicó poemas en varias revistas, escribió obras de teatro, se casó, tuvo dos hijos, se alistó en el Quinto Regimiento al estallar la Guerra, conoció la dureza de la cárcel... Y, sin embargo, en sus 32 años de vida, logró algo mucho más importante que ser un gran poeta (que lo fue): convertirse en una excelente persona.

El “poeta del pueblo”, como se le conoce, pasó muchas calamidades, muchas penurias y sintió el dolor de una manera muy profunda, especialmente con la muerte de su primer hijo a los pocos meses de nacer. No obstante, de los malos momentos siempre se obtiene algo positivo, y a él le sirvió esa época durísima para embellecer y dar fuerza a sus poemas (su poesía alentaba a los compañeros de la prisión, calmaba la angustia de su esposa y, lo más importante, le daba alas y vida al propio poeta). Y también para formarse como un hombre crítico, comprometido con el pueblo y capaz de expresarse de forma directa, alejado de los circunloquios característicos de otros autores.

Conocer su poesía es un compromiso que debe adquirirse desde ya. Son indescriptibles las sensaciones que despiertan las ‘Nanas de la cebolla’, sobre todo cuando se conoce la historia de ese poema. Y es que Miguel tiene tanta magia, que son muchos los artistas que han sucumbido a su encanto. Entre ellos, Liberto Rabal, que rodó una serie para Televisión Española en la que daba vida al alicantino, y que declaró que su abuelo (Paco Rabal) “se moría de ganas por interpretarlo”. Además, varias compañías de teatro han llevado su vida a los escenarios e, incluso, Joan Manuel Serrat grabó un disco en el que ponía música a las letras del genial poeta.

<Sentado sobre los muertos/ que se han callado en dos meses/ beso zapatos vacíos/ y empuño rabiosamente/ la mano del corazón/ y el alma que lo mantiene/ (...) Que mi voz suba a los montes/ y baje a la tierra y truene/ eso pide mi garganta/ desde ahora y desde siempre/ (...) Acércate a mi clamor/ pueblo de mi misma leche/ árbol que con tus raíces/ encarcelado me tienes/ que aquí estoy yo para amarte/ y estoy para defenderte/ con la sangre y con la boca/ como dos fusiles fieles.>

Versos como éstos sólo pudieron ser escritos por una persona sensible y comprometida, por alguien que lo dio todo por sus ideales y por ayudar a los demás. Por eso Miguel Hernández fue más que un poeta. Fue un señor que primero luchó por su sueño y después quiso hacerlo para “salvar al pueblo” del franquismo, con la gran virtud de una impresionante sensibilidad para transmitir todo lo que sentía, vivía, odiaba, amaba y temía.
Gracias a su escritura y emotividad, Miguel Hernández es y será siempre, un personaje fundamental de la historia de nuestro país. 

Sonia Vega es una joven de Telde, diplomada en Magisterio Infantil por la ULPGC, que estudia quinto de Periodismo en la Universidad Rey Juan Carlos (Madrid).
 
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