03/09/2008 - 13:04

Cuarenta y cuatro años a la vera del Santo Cristo del Altar Mayor

Antonio M. González Padrón

Antonio M. González Padrón
El protagonista de estos párrafos no es otro que Antonio Hernández Padilla, un teldense nacido en la Placetilla de San Juan hace ahora sesenta y tres años. Desde su más tierna infancia asistía junto a los suyos a las famosas Bajadas y Subidas de la Venerada Imagen del Santo Cristo del Altar Mayor, también conocido como el Cristo de Telde, Cristo de Indias, Cristo de la Misericordia, Cristo de las Aguas o Cristo del Atlántico, del que el cantar dice “De Telde el tesoro y el bien mejor”.

Su devoción la heredó, como muchos de nuestros conciudadanos de sus mayores, que le repitieron hasta la saciedad que un buen día de nuestra segunda centuria histórica, arribó a la Playa de Bocabarranco, depositándose sobre las arenas negras y los grises guijarros, el Madero Santo y el lacerado Cuerpo de un Cristo.

También supo que Éste se había salvado de las aguas soliviantadas del Océano, junto a un número indeterminado de esclavos negros, los cuales al sentirse a salvo, pronto hicieron fogaleras y con grandes aspavientos, en forma de danza, daban gracias a Aquel en quien habían depositado tanta confianza. Asimismo, alguien le dijo que al enterarse el Alcalde de Telde por boca de un pastor de lo que allí ocurría, éste tomó hombres de armas y haciéndose acompañar del Señor Cura Beneficiado, se plantó en el lugar, recuperando la Sagrada Imagen y trayéndola en pública procesión hasta la Matriz del Señor San Juan. Allí permaneció por espacio de casi quinientos años, haciendo la salvedad de unos meses en Las Palmas de Gran Canaria a principios de esta recién estrenada centuria y milenio.

Él, después, aprendió leyendas y milagros tales como “El de la Rosa” que se lo relataron de la siguiente manera: “Estando el Cristo bajo se acercó hasta sus pies una joven del pago de Jinámar-Marzagán. Lloraba al tiempo que rezaba y ungía con profusión las extremidades inferiores de la imagen, tocando las llagas una y otra vez con una rosa roja. Llegada a su casa, se la dio a besar a su hermana enferma moribunda y al instante vio cómo ésta se incorporaba restablecida totalmente de su enfermedad”. O “La del Dedo”, ésta se remitía a la estancia de San Antonio María Claret en nuestra urbe durante 1848. “El Padrecito predicaba con fogosa oratoria desde el púlpito de la Iglesia Parroquial de San Juan Bautista. En su casa una mozuela le pedía permiso a su padre, ateo militante, que le dejara ir a escuchar tan bello sermón. El progenitor le contestó que todo lo que contaba el Señor Claret eran mentiras e invenciones, y que él sólo creía en lo que veía, de tal forma y manera que creería en Dios cuando San Juan bajara el dedo. Diciendo esto último un aire repentino cruzó la estancia y el postigo de la ventana se cerró con toda su fuerza llevándose consigo el índice de aquel importante hacendado. Éste recogió su dedo del suelo y chorreando sangre se presentó ante el Padre Claret en medio de la expectación popular. El Santo nada más verlo entrar por la puerta miró para el Santo Cristo y le dijo: ¡Señor, no hacía falta! Bajó del púlpito y cogiendo la mano herida volvió a colocar el dedo en su sitio, no dejando señal de herida alguna”.

Todo esto y más guardaba en su corazón aquel niño nacido en 1945 en la Calle Comandante Franco, también llamada Acequia de Finollo. Así en 1964, cuando contaba diecinueve años, quiso demostrar su aprecio al Cristo y formó parte, por primera vez, de la cuadrilla que el Señor Cura-Párroco, D. Juan Artiles Sánchez, disponía para efectuar la siempre arriesgada y delicada maniobra de bajar al Crucificado desde el ático del Altar Mayor hasta los pies del mismo. Y unos días más tarde, volver a colocar a la Venerada Imagen en el lugar en que pasa gran parte del año.

Antonio Hernández Padilla es de esos amigos y conciudadanos que aman sobremanera la tradición y ello le lleva a rescatar libros y objetos antiguos, que después de pasar por sus manos, vuelven a tener la prestancia primigenia. En estos días ha donado a la Casa-Museo León y Castillo los cinco volúmenes de un diccionario de español fechado en el año 1883, cuyo autor, Roque García, lo hizo imprimir en Madrid en el establecimiento tipográfico de los hermanos Álvarez de la Calle San Pedro, con ello ha contribuido a aumentar el rico patrimonio bibliográfico y documental de este Centro de Estudios de Historia Contemporánea. Tal acción se viene a sumar a su bien acreditada vida profesional como lacador experimentado, creador de una solvente firma industrial: Lacados San Antonio, que lleva ya varias décadas al servicio de los grancanarios.

Cuarenta y cuatro años, asistiendo devotamente a los momentos cruciales de las Bajadas y Subidas de la Venerada Imagen, participando activamente en todos los actos programados en los que se enaltece el Sacrificio Supremo de la Cruz.

Agradecemos a Hernández Padilla su contribución a nuestras Fiestas Mayores en honor del Santo Cristo de las Misericordias, al mismo tiempo que lo ponemos como ejemplo del ciudadano que por amor a su ciudad realiza labores tan altruistas como las anteriormente aludidas. Ojalá que todos nuestros paisanos tuviesen el corazón virtuoso de nuestro amigo, para él TELDE se escribe siempre con mayúsculas.

Antonio María González Padrón es académico correspondiente de la Real de la Historia, cronista oficial de la ciudad de Telde, director-conservador de la Casa Museo León y Castillo y miembro de la Junta de Gobierno de ICOM–España.
 
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