18/12/2008 - 22:46

Fuera llueve y hace frío...

Fuera llueve y hace frío...
LLuvias recientes en Telde (Foto Tito Pulido)

Absurdos o carentes total de lógica, pudieran ser los comportamientos que por estas fechas se pueden observar en gran parte de individuos, que por mostrarse en primera línea dicen o hace cualquier verdura, sin creer en el espíritu real de la misma, o sea, sin convicción alguna. Dicen o hace lo contrario a la lógica patente y real que viven día a día, demostrando a ciencia cierta que parten de una hipótesis falsa, para alcanzar precisamente el resultado contradictorio de lo que en su proceder manifiestan, con lo cual se puede deducir que llevan implícito el fundamento de que la hipótesis contraria es precisamente la verdadera.

Esa pobre convicción de funesto espíritu, le hacen sumergirse en el mar de la rutina popular de estas fechas, en la que todos nos creemos buenos de espíritu, henchidos de humanidad, de fraternidad y de cuantas deidades se nos puedan ocurrir, para tratar de demostrarnos en un absurdo auto engaño, que somos hijos de un mismo Dios, aunque luego ese amor a Dios y ese mismo Dios, empiece y acabe en el mismo punto en el que convergen nuestros propios intereses.

El espíritu navideño de hoy en día es falso, inauténtico, falta totalmente a la verdad que vivimos cotidianamente y además es traidor, por cuanto se constituye en una gran falacia, que con falsa apariencia atrae la consideración de los demás para un interés propio, sólo por tratarse de esas fechas y querer dar una imagen de aparente idoneidad.

Estas expresiones se tornan en todo lo contrario, una vez pasadas las fiestas navideñas, como si fuera de ellas, ya el mensaje no tuviera fundamento alguno. Fuera de las fiestas al parecer ya no tiene razón el buen deseo para tus semejantes. Fuera de su ámbito ya no existen la caridad, el amor, la humanidad, la fraternidad o el perdón. Fuera de ellas puedes observar dos aspectos bien definidos, uno de cerca y otro algo más lejano, pero que los dos nos tocan los labios, nos besan la piel y hasta la propia alma.

El aspecto más cercano se escenifica en aquellos que diariamente van a lo suyo, en una sociedad que rivaliza por banalidades materialistas, sin mirar a aquel indigente que tiende la mano pidiendo para comer o, a aquel vecino o compañero de trabajo que necesita unas palabras de confraternización o simplemente que le escuches algún día. A esos somos muy capaces de hacerles una mísera limosna o de felicitarles cordialmente y llamarles fraternalmente “hermano” sólo por estas fechas… ¡claro está!, aunque al día siguiente volvamos a retomar nuestro anterior escaño, desde el que nos consideramos algo más que ellos, por ocupar el lugar que ocupamos (un punto inconcreto en el ser y estar, transitorio y voluble en un poco espacio de tiempo).

La situación de otros más lejanos, se escenifica en el hambre, la sed, la falta de sanidad y las guerras que se padecen en los países del “tercer mundo”, donde mueren miles de personas por estas carencias y donde los niños son convertidos a la fuerza en soldados asesinos. Esto sucede para que los que vivimos en este mal llamado “primer mundo” seamos cada día un poco más ricos y distanciarnos un poco más de ellos, quienes por ende, pasan a ser un poco más pobres y más distantes. Lo lamentable del caso es que, las víctimas más propicias son precisamente los niños, los que aún no son culpables de lo malo ni de lo bueno que les pueda suceder. Por ellos, somos capaces de fingir un sentimiento profundo de solidaridad, que se constituye en un rotundo insulto a la humanidad, y para lavarnos las manos, culpamos a los gobiernos de dichos países de gastar dinero en armas y no en remediar las calamidades pero, si nos parece poco, encima somos capaces de culpar a nuestro propio gobierno de no hacer nada al respecto y, mientras tanto, consideramos limpia nuestra conciencia.

Tanto en un proceder como en el otro, las ficticias acciones emulan a las duchas, tras las cuales creemos haber dejado atrás la suciedad o las impurezas del alma, tras lo cual podemos volver a bañarnos en el charco de lodo del vivir cotidiano, falto totalmente de compromiso social y humano para con nuestros semejantes, entre los cuales seguramente se encuentre ese Niño Jesús, cuya natividad celebramos tan funestamente sumergidos en el mar de las falsedades y el materialismo.

Da pena pensar que para tratar de sentir algo positivo y hacer algo bueno por nuestros semejantes, tengamos que esperar a que sean las fiestas de la Navidad y, estas circunstancias se dan precisamente por no comprender el verdadero mensaje de la Buena Nueva, de la nueva noticia, del proyecto de nueva sociedad que se fraguó hace ya algo más de 2.000 años y que por intereses creados, no somos capaces de realizar y más aún, de no permitir que se pueda llevar a efecto, en un empeño por marcar distancias con nuestros semejantes haciendo uso del poder momentáneo que tengamos en nuestras manos, sin darnos cuenta que mañana, cuando no lo tengamos, esos comportamientos los ejercerán otros con nosotros mismos.

La Navidad se puede dar cada día y en cada acción para con tus semejantes, sin que ello suponga tener que celebrar algo extraordinario previamente establecido. Se puede dar la Navidad en cada acción de amor que expreses hacia tu hermano, vecino, amigo o simple mortal. La práctica cotidiana de este proceder pudiera llevarte en volandas a sentir el amor por el propio amor y, si eso llegara a suceder, puede que entre tus semejantes le veas también a El.

Alguien me dijo que estas fiestas de Navidad iban a ser muy tristes, por culpa de la crisis, en silencio pensé que era una de las tantas víctimas del consumismo que confunde la opulencia y el mal gasto con el amor navideño, pero luego me paré a pensar también que puede que al final que yo sea el equivocado, puede que no lleve razón en nada de lo que he escrito, puede que al final yo no sea yo o, no merezca sentir lo que siento…o puede… que todo sea producto de una majadería más de las nuestras.

Fuera llueve y hace frío, pero al final…

 
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