El valor de la amistad

Antonio María González Padrón

El valor de la amistad
El valor de la amistad/TA.
Antonio María González Padrón

Desde la distancia para mis amigos Máximo y Benito.

Doña Mariola Betancor, vecina del Barrio de Los Llanos de San Gregorio de la ciudad de Telde, una vez hablando de la amistad, me hizo el siguiente comentario: Desde muy pequeña he tenido un carácter llamémosle amistoso, siempre me ha gustado el trato directo con las personas sin diferencia alguna por edad o estatus social. ¡Mariolita! Me interpelaba una pariente no muy lejana, no debes hablar tan familiarmente con todos los que te encuentras por la calle, las niñas, las señoritas deben ser más recatadas o si lo prefieres más reservadas. Y yo seguí, algo llorosa, el camino hacia la escuela, pues no entendí el por qué molestaba mi carácter afable y cordial.

 

Así se lo hice saber, entre pequeños gemidos, a mi maestra doña Isabel Casañas y ésta nada de acuerdo con mi anterior correctora, me animó a seguir siendo como era. Y además me dio el siguiente consejo: Mariolita, mi niña, cuando te asalten las dudas sobre cómo llevar una amistad, nunca pienses si la persona a quien se la has ofrecido se la merece o no. Mira, la amistad es como la más bella planta y flor, debe ser cultivada con esmero en la tierra de la sinceridad y regada periódicamente con el agua del cariño. Pero eso sí, no puedes pasarte en el riego, ni mucho menos quedarte corta con él. En el primer caso, porque pudres a la planta con tanta agua, anegando la tierra y estropeando el tiesto. En el segundo de los casos, siempre es mejor abonar, regar con moderación y constancia. Debes quitarle aquellas hojas que, por el tiempo, se han perdido por sí mismas y así conservarás la planta y flor de la amistad todos los días de tu vida.

 

Doña Mariola Betancor fue siempre una gran amiga, cercana y detallista por demás. Era la primera en visitar a un enfermo, a una recién parida o aquellos que habían perdido a alguien e iniciaban duelo… también se preocupaba en llevarle un regalo a aquellas parejas que prontamente iban a contraer matrimonio, fuera invitada o no a la ceremonia nupcial. Pues era de la opinión que los presentes no se hacían en función de las gracias que fueran a ser recibidas, sino como dádiva en nombre de la amistad y en un futuro del recuerdo. De todo ello pueden dar fe las hermanas Ramírez, que regentaban un popular comercio dedicado, entre otras muchas cosas, a regalos de bodas. También nuestro amigo Ceferino, que en su tienda Saro’s le aconsejó sobre algunas Listas de Boda.

 

Mariolita Betancor era entrañable. En su casa entraban y salían amigos y amigas de todas las edades. Unos venían a ver a su padre o madre, otras a ella misma y otros tantos para jugar y divertirse con su hijo Paco Modesto y con sus hijas María Pureza, Pepita y Mariola. Todos, hasta yo en mi doble condición de amigo de la familia y profesor particular de inglés de tres de sus cuatro hijos, era recibido con gran afecto. Recuerdo tocar el timbre en la puerta que daba a la calle, pasar al interior de su casa a través de un pequeño zaguán y una escalera algo empinada y allí, alongada sobre un barandal me esperaba Mariolita con la mejor de sus sonrisas. En medio de nuestras clases, dadas siempre en el comedor, se nos interrumpía varias veces para ofrecernos toda clase de bollos, galletas, bizcochos, etc. Y al finalizar la lección del día era obligado pasar a la cocina, en donde Macheta (la madre de Mariolita) nos ofrecía unas pequeñas muestras para que degustáramos aquellas comidas que más tarde se servirían en la mesa. Como era tan buena cocinera, nunca me negué a probar todo lo que se me ofrecía, así que la mayor parte de los días volvía a casa almorzado o cenado. El arroz con leche y las natillas eran mis postres preferidos y Marcheta sabía sacarle partido adornándolas con canela en polvo, lo que las hacia irresistibles debido al profundo aroma con el que embriagaba todo el ambiente.

 

Esta larga introducción a la vez de servir de homenaje a una querida y siempre recordada amiga, deja establecido los parámetros en los que debe establecerse la verdadera amistad. Que nunca debe ser invasiva del espacio vital de los demás, pero sí fruto de la entrega total y sin esperar nada a cambio.

 

Unos días antes de cumplir los sesenta y siete años, nací el 5 de enero de 1955, traje a mi memoria amigos de los que no sabía nada o casi nada, desde hacía muchísimo tiempo. Nunca los he calificado de amigos perdidos, pues no los he tenido como tales, ya que han permanecido junto a mí en el ánimo de conservarlos como tales.

 

En el grado de la amistad no podría decir quienes son los primeros, los segundos o terceros. Es verdad que el roce hace el cariño y que aquellos que están junto a ti por diferentes circunstancias, acrecientan la confianza y aquellos otros sentimientos nacidos de la fuente inagotable de las relaciones humanas. Pero he aquí que, de forma machacona, había tres nombres que recurrentemente acudían a mi memoria: Uno era el de Miguel, joven ecuatoguineano, compañero inseparable en los años pasados en el Internado de los Hermanos de La Salle, en Arucas. Y los otros dos, los hermanos Máximo y Benito, herreños afincados en Las Palmas de Gran Canaria, con los que compartí aula en la llamada Academia de Santa Teresita del Niño Jesús, conocida por todos como La Academia de don Cesáreo Rodríguez. Tanto el primero como éstos dos últimos, no solo fueron compañeros de clase, sino también de juegos. En el campo deportivo, debo confesar que yo era un verdadero maleta, por lo que a pesar de los esfuerzos de mis amigos para que mis habilidades gimnásticas se adaptaran a la media, jamás lo consiguieron. Santa paciencia tuvieron que emplear, tanto Miguel como Máximo. Pero no les sirvió de nada. En cambio, con Benito, algo menor de edad que su hermano, sí llegué a tener cierta complicidad a la hora de jugar a levantar cromos y estampas y también en las improvisadas ligas con equipos de futbol, en donde los cromos de cabezas de jugadores, previamente recortados, eran pegados a las chapas de refrescos y cervezas. Para que éstas se mantuvieran siempre en la posición adecuada se rellenaba en su interior con algunos gramos esperma extraída de las velas, que previamente habíamos sustraído de nuestras casas.

 

De Miguel no he vuelto a saber nada desde 1972. A ciencia cierta no se si volvió a su país, por aquel entonces recientemente independizado (La República de Guinea Ecuatorial logro su independencia de España el 12 de octubre de 1968) o al contrario optó por quedarse en España, ya que él no la tenía todas consigo, visto lo visto con aquel sanguinario presidente Macías, que convirtió a la naciente nación hispana en una atroz y bárbara dictadura. Recobrar el contacto con Miguel siempre ha sido una de mis asignaturas pendientes y espero lograrlo más pronto que tarde, esté donde esté.

 

Voy a contarles una anécdota que causó gran revuelo en la clase de Segundo A del anteriormente mentado Colegio de las Escuelas Cristianas, conocidos por Los Baberos. El 13 de octubre de 1968, a las nueve de la mañana, estábamos todos sentados ante nuestros pupitres, cuando al pasar lista don Juan, que así se llamaba nuestro profesor de matemáticas, echó en falta a Miguel. Y en ese mismo instante alguien tocó a la puerta. De pronto esa misma persona dijo en voz alta ¡Da usted su permiso? Y ante nuestra sorpresa, entró muy despacio y con cierto garbo nuestro condiscípulo guineano. Iba vestido de la siguiente manera: Guayabera blanca (especie de camisa holgada, que se usa en países del trópico), pantalón corto y completando este atuendo, sandalias, gafas de sol Rayban.

 

Además, sobre su pecho colgaba una máquina fotográfica Kodak. Al verlo de esa guisa, don Juan entre estupefacto y colérico le interrogó: ¿Miguel, qué hace usted vestido así? A lo que Miguel sin inmutarse le dijo ¡Don Juan, perdóneme usted! Pero desde ayer soy extranjero en este país y he venido vestido de Choni, como corresponde a mi nueva situación. Las carcajadas no se hicieron esperar, los treinta y nueve compañeros con gran alboroto aplaudieron la ocurrencia de nuestro amigo. Y claro está fuimos todos penados sin recreo durante un mes, según se nos dijo por falta gravísima de respeto al profesor y al buen nombre del colegio.

Con respecto a mis amigos Máximo y Benito por recordar podía empezar y no terminar. Desde los sábados por la mañana, cuando hacíamos gimnasia y deporte en Martín Freire, hasta nuestros baños en Las Alcaravaneras o las idas a los cines Rialto, Bahía o al Teatro-Cine Hermanos Millares junto al Mercado del Puerto.

 

Estaba yo cavilando todo ésto cuando pensé ¿Por qué no buscar a los hermanos herreños? Mi punto de información, hasta entonces había sido la tienda de ultramarinos que su tío don Felipe regentaba en el lugar llamado El Puente, en la Villa de Valverde, pero su propietario había fallecido ya hacía varios lustros. Por lo que dándole vueltas a quien me pudiera informar, llamé a mi primo político Juan Antonio Padrón y él, siempre dispuesto a ayudarme, con prestancia me dijo que hacia un tiempo un sobrino de mis viejos amigos, artista consagrado y para más seña hijo del hermano mayor de aquellos, había venido a vivir a la Isla y me facilitó su número de móvil en un santiamén. No esperé más tiempo que el necesario para hacer la llamada. Mi interlocutor, persona de exquisita cordialidad, me informó que uno de sus tíos, Benito, habían abandonado la ciudad de Las Palmas de Gran Canaria para ir a Inglaterra a seguir allí su formación, en este caso en el idioma inglés, a la vez que buscar trabajo. Marchando a Suiza con posterioridad, allí se estableció y pronto mandó a buscar a su hermano Máximo.

 

El sobrino pondría en contacto con ambos, aunque por adelantado me daba sus teléfonos. La alegría me embargó, había conseguido en unos pocos minutos lo que no había logrado en cincuenta y seis años, pues cuando dije adiós a mis amigos para cambiar de centro de enseñanza, solo contaba con once años.

 

Así, llamé a uno y a otro y como si no hubiese pasado el tiempo hablamos y hablamos de lo que había sido nuestra vida en común y del largo periodo en que habíamos regado solo con recuerdos nuestra profunda amistad.

 

Hoy debo reseñar que hablo con frecuencia semanal con mi amigo Máximo, que es una caja de sorpresas, ya que su privilegiada memoria me transporta con toda suerte de detalles a situaciones y personas de nuestra infancia y primera juventud. Y a Benito he tenido la gran suerte de verlo en una reciente visita que hizo a Las Palmas de Gran Canaria. En su Mercado Central y más concretamente en su cafetería, entre churros y chocolates, estuvimos charlando animadamente por espacio de casi dos horas. No se trató en ningún momento de recuperar la amistad, porque ésta jamás se había perdido. Se trató de algo más profundo: conseguir reavivar la llama imperecedera de nuestros sentimientos fraternales.

 

Este escrito pudiera parecer una loa (los herreños dirían una loba) o canto a uno de los más nobles sentimientos que nace en las relaciones sociales de ayer, hoy y mañana. Créanme, merece la pena cultivar la amistad, pues llegado el tiempo, es de las pocas cosas que realmente no tienen precio. Les animo a mantener la amistad y a no cejar en la búsqueda de otros nuevos amigos.

 

Este artículo completa el centenar de los escritos en este tiempo de pandemia. Prometo que muy pronto los tendrán en forma de libro, mientras tanto, pueden leerlos y releerlos en Teldeactualidad, en el apartado Geografía e Historia y bajo el título genérico de Bajo la espadaña… a éstos cien de los últimos años, debo unirles otros ciento cuarenta y cinco, que publiqué hace ya una década con el título De Telde para el recuerdo. Editado, esa vez, por el Cabildo de Gran Canaria. Debo confesar que la experiencia como articulista me ha sido extremadamente positiva, ya que, en breves o no tan breves artículos, he podido expresarme con toda libertad sobre aquellos temas que fueron y son de mi interés. Gracias queridos lectores por haberme animado, semana tras semana, a seguir escribiéndolos. De ustedes son, pues quiero que sean mi tributo a vuestra amistad.

 

Antonio María González Padrón es licenciado en Historia del Arte, cronista oficial de Telde, Hijo Predilecto de esta ciudad y académico correspondiente de la Real Academia de la Historia.

 

Comentarios

  • Pino Monzon
    13/01/2022 - 11:51

    Muy buena reflexión. Visité a la buena persona que era Mariolita para charlar con su madre. Me decía que volviera porque a su madre le encantaba que yo le recordara cosas " de antes" y se nos pasaban las horas volando. Gracias, Antonio, por poner en valor algo muy hermoso como es la amistad.

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  • Antonio S. Rivero
    13/01/2022 - 11:14

    Bonito y amplio canto a la Amistad. Esta, conseguida en multitud de vivencias a lo largo de nuestra vida y que, si es sincera y noble, nos acompañará siempre.

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  • ARNALDO OJEDA CRUZ
    13/01/2022 - 11:11

    Una vez mas.tus escritos hacen pensar el donde estarán esos amigos de infancia sie mpre en el recuerdo..continúa con tus relatos .te lo ruega este tu seguidor

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  • Carmen T. Rodríguez
    13/01/2022 - 03:05

    Gracias por compartir este relato en el que me siento identificada. Seguiré el consejo y retomaré amistades aparcadas. Estoy segura que será muy gratificante.

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  • Francisco Sancho
    12/01/2022 - 21:50

    Tu vivencia es un homenaje a la amistad, admirable de todo punto de vista. Te felicito por ello.

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  • Saro Sosa
    12/01/2022 - 20:59

    Gracias por compartir, con tanta ternura, tan bonitos recuerdos y vivencias, desde lo más profundo, siga compartiendo, saludos

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