Lecturas infantiles y juveniles…

Antonio María González Padrón

Lecturas infantiles y juveniles…
Capitán Trueno/Archivo.
Antonio María González Padrón

(Dedicado a mi tío Blas Guedes Santos, librero).

Eran las veintiuna horas de un día cualquiera. Creo poder precisar el mes, pero sólo lo apuntaré de manera anecdótica… Digamos que era septiembre. Decidí irme a la cama para dormir antes de lo habitual. En casa se llevaba a rajatabla aquello de los horarios fijos, en un ritual que poco variaba a no ser que fuera verano. Y no era el caso.

 

Nosotros pertenecíamos a una amplia familia de comerciantes teldenses, en total, seis establecimientos eran regentados por tíos, primos y mi propio padre. Así debo consignar que el horario comercial se imponía en nuestras vidas de manera natural. Los mayores saltaban de la cama muy temprano, mi padre lo hacía entre las cuatro y media y las cinco de la madrugada. Nuestro comercio de tejidos-confecciones, muebles-electrodomésticos y un largo etcétera, abría las puertas a las ocho en punto de la mañana para cerrarlas a las catorce horas. Después de hora y media se volvían a abrir y así se permanecían toda la tarde, hasta las veinte horas.

 

Muy poco después llegaban a casa mi tío Blas y mi tía Mima, comenzando así la amena tertulia familiar, de la que nosotros, los más pequeños de la casa, solo disfrutábamos en parte, ya que era la hora de la ducha y la cena. Después había que negociar con los mayores cuánto tiempo disponíamos para escucharles. Y ya, nunca más tarde de las diez, mi hermano Julio César y yo, irremediablemente nos teníamos que ir a la cama. Todavía nos quedaba media hora para leer y créanme que lo hacíamos con ahínco.

 

Volvamos a ese día que me acosté mucho antes. Confieso que lo hice para evitar el bochorno de un encuentro, que mi timidez infantil no podía resistir. Mi hermano Julio César hacía varios meses que estaba pasando una larga temporada entre Madrid, Burgos y Vargas, ésta última es una pequeña localidad de la antigua provincia de Santander, hoy Cantabria, situada estratégicamente en el curso medio del río Pas.

 

A finales de septiembre, nuestros parientes peninsulares enviaron de vuelta a casa a mi hermano. A mí no me llevaron a Gando a recibirle, cosa que agradecí sobremanera. Cuando sentí los pasos de mis padres y mis hermanos me dije ¡Ya llegó! e instintivamente metí todo el cuerpo bajo las sábanas y manta en posición fetal. Entonces fue cuando oí a mi hermano que arrastraba un acento peninsular de mucho cuidado. ¡Antonio, Antonio! ¿Sabes lo que te he traído? Y después como si de un cañonazo se tratara me espetó aquello de: ¡Mira, mira, son unos cuantos tebeos! Y yo, asfixiado en mi improvisada guarida, me pregunté ¿Y qué son los tebeos? Pudo más la novelería que mi sonrojo, quité a un lado la sábana y la manta y miré a mi hermano que portaba una docena de chistes, pues así era como los denominábamos usualmente en Telde y su comarca. Y para rematar le dije a manera de expresión correctora: ¡Tebeos, tebeos! ¡Éstos son chistes! Lo que hizo que todos los presentes se rieran a carcajadas. Esta larga anécdota que he contado me sirve como introducción al repaso, casi general, que deseo hacer de mis primeros contactos con la Literatura.

 

Los González Padrón tuvimos la suerte de que mi tío Blas Guedes Santos se dedicara al ramo de las librerías y, por lo tanto, fuera una fuente inagotable que nos abastecía de cuantos libros quisiéramos leer. En general, los niños de entonces leían poco, algunos casi nada y la mayoría nada de nada. En mi casa la situación era bien diferente porque mi madre era una lectora empedernida. Todos los libros que por entonces se publicaban y se traían para su venta en la librería de don Blas, como popularmente se le conocía, mi madre los hacía suyos y cada noche, entre las once y la una de la madrugada, se metía de lleno a leer y leer, bajo la tenue luz de una lamparilla de pinza colocada estratégicamente en la cabecera de su cama matrimonial.

 

Nosotros, según nuestras edades porque éste que les habla se lleva entre veinte y dieciocho años con sus hermanos mayores, leíamos todo aquello que nos apetecía. Recuerdo muy de pequeño algunas historietas con tapas de cartón, que en su interior tenían más dibujos que palabras escritas. También un libro, regalo de mis padrinos (Antonio González Santana y América Ana Naranjo Valdés), que en verdad era un pequeño escenario en donde a través de unas láminas muy finas de cartón se podían mover los personajes y así crear tú, tu propia historia.

 

Años más tarde, después de pasar por las aulas del colegio de Las Salesianas y El Labor, ya me podía enfrentar con otras lecturas tales como: El Guerrero del antifaz, El Jabato y El Capitán Trueno. Pero para diversión nada mejor que los chistes de Carpanta, el eterno muerto de hambre que por un bocadillo era capaz de casi cualquier cosa. También Mortadelo y Filemón; Petra, criada para todo; Gran Pulgarcito, La familia Cebolleta, La familia Ulises, Anacleto; Pepe Gotera y Otilio; Don Pío y, Las Hermanas Gilda… Y así una serie de personajes que, a manera de resumen, en la contraportada del chiste o tebeo vivían todos encasillados en un edificio de la calle Percebes. Allí cada piso se dividía en pequeños recuadros y en éstos cada personaje contaba una brevísima historia. Yo confieso que mi personaje favorito era Rompetechos, y también los hermanos Zipi-Zape. Éstos últimos haciendo mil diabluras ponían a sus padres al borde del infarto.

 

Las niñas de mi calle y también mis primas leían por entonces unas revistas-cómics propias de su género, al decir de los mayores, entre otras tantas, destacaría Lily y Lissi.

 

En lo que coincidíamos ambos sexos era en la lectura, siempre apropiada de La Biblia de los niños, publicada en tres tomos con cubierta común en cajoncillo de duro cartón. Esta publicación tenía la peculiaridad de combinar dibujos con los relatos bíblicos. Y estaba escrita con una letra tan común a nosotros como la empleada por nuestros maestros y maestras en la pizarra de clase, huyendo el editor de cualquier letra de imprenta o similar.

 

Pero cuando ya conté con diez años, mi madre me insistía, un día tras otro, que pasara a lecturas más instructivas, que ella calificaba de serias. Así no desaprovechaba la ocasión en Santos, Cumpleaños, Dia de Reyes para regalarnos unos gruesos y grandes libros de duras tapas que tenían como título genérico Las Aventuras de Selecciones Reader’s Digest, historias juveniles que lo mismo te llevaban al Polo Norte para enseñarte la vida de los esquimales, que atravesabas la India en un destartalado tren de la época británica.

 

Allí empezó, creo, mi gusto por la Geografía y la Historia. Aún puedo precisar más, por la Arqueología, ya que un buen día le regalaron a mi hermano un tomo de Selecciones dedicado por entero a las antigüedades del mundo, desde el Faro de Rodas a la Biblioteca de Alejandría, pasando por el Coliseo Romano y terminando por la Ciudad Prohibida de Pekín. ¡Qué gustazo más grande! Entre lo que allí me decían y lo que mi mente casi febril aumentaba, no necesitaba de nada ni de nadie para ser completamente feliz.

 

Cuando iba a la librería de mi tío Blas a comprar recortables o material escolar (lápices, plumines, afiladores, gomas…), me quedaba mirando unas publicaciones que tenían un título muy llamativo: Vidas Ejemplares, publicadas en Buenos Aires. No sé quién las importaba, pero sí que mi confesor de entonces, el padre Santamaría, insistía una y otra vez que sus lecturas eran capitales para crear una recta consciencia cristiana.

 

Así fui conociendo la vida de Santas y Santos de tal manera que mi particular colección llegó a superar los ciento cincuenta ejemplares, todos ellos leídos y releídos, a la vez que apilados con sumo cuidado en la parte alta de un ropero que llamábamos el de cristal. Allí en su interior, mi madre guardaba los ejemplares mensuales del Selecciones que, a manera de revista ilustrativa, sacaba a la luz más de una docena de artículos con una variedad realmente plausible… ni decir tiene que ya superado los quince años me hice asiduo lector de esta publicación, que mi madre coleccionaba por centenares.

 

Y miren por donde, cuando llegué a la Universidad de San Fernando de La Laguna, un profesor rojillo él, poniendo ejemplos de la influencia estadounidense en las mentes de los países occidentales, nos explicó cómo la tal Selecciones era uno de los instrumentos más eficaces para manipular la opinión pública. Por ello no debía extrañarnos que estuviera subvencionada de manera ampliamente generosa por la Central de Inteligencia Americana, más conocida por la C.I.A.

 

Yo no salía de mi estupor. Durante más de treinta años en mi casa se había leído el supuesto comecocos gringo, sin que ninguno de nosotros hubiésemos tenido la más ligera sospecha. Todavía hoy creo que el profesor en cuestión no fue nada imparcial ante el juicio emitido. Y que conociéndolo como lo conocí durante varios años, creo poder asegurar que la afirmación que hizo entonces era una de sus tantas fantasmadas. Ya que otra de sus ocurrencias fue dar un aprobado general, tras un trimestre de huelga, intentando convencernos de que era una medida realmente revolucionaria y con ello se debilitaría sobremanera la estructura del Régimen Franquista. Tal medida propició que todos bajáramos la nota media final de nuestra carrera.

 

También teníamos en casa otros libros ya más concienzudos, la mayoría de ellos testigos de horas de insomnio materno. Así, la colección de los Episodios Nacionales de Benito Pérez Galdós ocupaba gran parte de tres baldas de la biblioteca del despacho de mi padre. Otros autores como Blasco Ibáñez, tan poco recomendable según las autoridades eclesiásticas y del régimen, acompañaban a libros de Historia, Geografía, etc.

 

Ahora, cuando echo la vista atrás, recuerdo como mi tío Blas envolvía las novedades bibliográficas en un papel grueso de color marrón y me decía ¡Antoñito dale ésto a tu madre y no se lo enseñes a nadie! Yo cumplía con el recado, pero esperaba que mi madre abriese el paquete para ver los títulos de los libros y sus autores. Estas obras permanecían en mi casa un tiempo que podía oscilar entre una semana y un mes. Después envueltos en el mismo papel, mi madre me decía ¡Antonio, llévale esto a tu tío Blas! y yo presuroso iba a la vieja librería y entregaba los libros en cuestión, añadiendo de mi parte algún juicio literario como: Tío Blas, a mi madre le han gustado todos los libros, pero ese que pone Nicolás y Alejandra, que según me dijo trataba de la Historia de los últimos Romanov, le resultaba el más interesante. Mi hermana Menchu, Carmencita Pinchetti, para los no familiares, no le iba la zaga a nuestra madre, ya que libro que caía en sus manos era devorado en pocas jornadas. Cuestión ésta que sigue haciendo con frecuencia cotidiana, a pesar de superar ya los ochenta años.

 

En una de mis primeras visitas a Madrid, contaba yo entonces con unos flamantes veinticuatro años, caminando muy cerca de la churrería e Iglesia de San Ginés, me encontré de pronto con un librero de lo antiguo, raro y curioso, que montaba su tenderete sobre un largo tablón mantenido por sendas burras de madera. Me esperé a que depositara la mayor parte de los libros y he aquí que para mi sorpresa apareció el grueso tomo de Nicolás y Alejandra. No lo pensé dos veces, le di al vendedor lo que me pidió que creo que fueron 25 pesetas de entonces y ufano me lancé a caminar por la calle Arenal. Tras ella, atravesé la Puerta del Sol y recorriendo después un pequeño trayecto de la calle Alcalá, pasé junto al Ministerio de Hacienda, la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando y El Casino. En un santiamén, me encontré en el vestíbulo del hotel Regina. Lugar muy familiar porque muchos años antes había hospedado a mi padre y mi abuela Lucrecia. No pude esperar a subir a la habitación. En la misma entrada había un tresillo y en uno de sus sillones libres, me senté para empezar a leer uno de los libros que más he gozado en mi vida.

 

No sé exactamente cuántos libros habré leído en mi etapa infantil-juvenil. Ni mucho menos los que han venido después hasta estos sesenta y seis años de vida. Muchos de ellos me acompañan en mi estudio, en el cuarto de estar y hasta en el dormitorio.

 

¿Qué sería de mi vida sin mis libros? Seguro que, de no tenerlos, o mejor dicho, de no haberlos leído no sería la misma persona que soy.

 

Dicen que no des consejos a quien no te los pidiera. Perdonen, mis queridos lectores, si me salto la norma para aconsejarles una y mil veces que se animen a leer.

 

¡Fíjense ustedes! Yo tengo un amigo, cuyas iniciales son C.J.O.R., que le gusta tanto leer que en una caja guardaba, no sé si aún lo hace, muchos prospectos de medicinas. Y buscaba cualquier ocasión para leerlos y releerlos con verdadero interés.

 

Somos herederos de esa cultura judaico-cristiana que se ha dado en llamar la cultura Del Pueblo del Libro, pues toda su existencia gira en torno a aquellos libros que se contienen en El Libro de Libros. Es decir, La Biblia.

 

Antonio María González Padrón es licenciado en Historia del Arte, cronista oficial de Telde, Hijo Predilecto de esta ciudad y académico correspondiente de la Real Academia de la Historia.

 

Comentarios

  • Francisco Sancho
    30/09/2021 - 15:46

    Fui un gran lector de tebeos, nombre proveniente del que creo primero de ellos: TBO. Aporto una curiosidad: la palabra "carpanta" , coloquialmente, significa "hambre".

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  • Francisco Sancho
    29/09/2021 - 22:47

    Esperemos que quienes lean este escrito autobiográfico aprendan la lección que incluye: la de la importancia de la lectura como vía del aprender disfrutando y disfrutar aprendiendo. Sigue así, Antonio.

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  • Ana Rivero
    29/09/2021 - 21:59

    Prácticamente todas las lecturas nombradas, los tebeos,revistas,vidas ejemplares. ..eran muy leídas por los niños y niñas ,y mayores, en los años 60. Se agotaban en las librerías de San Gregorio. Y se intercambiaban para tener más que leer y para ahorrar . En mi opinión, se leía mucho.

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