La bella historia del árbol bonito de San Francisco

Antonio María González Padrón

La bella historia del árbol bonito de San Francisco
El árbol bonito de San Francisco/TA.

A la memoria de doña Magdalena Suárez y Navarro

 

En la ciudad de Telde es de todos sabido que existe un pequeño barrio, que en el pasado recibió de los conquistadores el nombre de Altozano. Este nominativo es de uso muy común en todo el territorio de la antigua Castilla.

 

Así, desde la antigua provincia de Santander, hoy Región Autónoma de Cantabria, pasando por las dos Castillas, La Vieja y La Nueva y llegando a través de Extremadura hasta nuestra más cercana Andalucía, muchos pueblos tienen su propio Altozano, pequeña elevación de terreno, casi siempre utilizada para colocar en ella la puerta o lugar de salida de las murallas o escape natural en tiempos de invasiones y guerras.

 

Los fundadores de esta Noble Ciudad del Este de Gran Canaria fueron, en su mayor parte, gentes que procedían de la Baja Andalucía, por ello no ha de extrañarnos que, si visitamos la hospitalaria ciudad de Moguer (Huelva), encontremos varios lugares con idéntica denominación que los existentes hoy en la ciudad de Telde.

 

Algo más tarde, se completó el nombre primigenio mentándolo como El Altozano de Santa María de La Antigua y a partir de 1610, con el establecimiento de los frailes franciscanos, se le trocaría por San Francisco.

 

Tiene éste barrio de calles estrechas y tortuosas, cual sierpes, el encanto de sus enjalbegadas casas de puertas y ventanas verdes y canelas (marrones) las unas, y de color de tea y moradas las otras. Rítmicamente fueron alternándose sus coronas de azoteas planas y tejados de reminiscencias mudéjares. Con todo y por su fuera poco, cuelgan de sus tapiales almenados numerosas buganvillas de los más diversos colores y hasta nosotros llega el aroma de jazmines, madreselvas, cuando no de los temporeros azahares. El gran poeta teldense Julián Torón Navarro (---) llamó a su barrio natal Relicario del pasado y al definir la vida del ser humano, trazó un símil entre ésta y algunas de las calles franciscanas.

 

Concretamente, reseñó cómo los primeros años de vida nos debatíamos entre el cariño acogedor de nuestras familias y allegados, que se reflejaba en las humildes casas del lado izquierdo de la calle Tres Casas, aunque también había momentos de infantiles pánicos y terrores como se anunciaban en los altos muros del jardín-huerta, que corre a manera de muralla por el lado derecho de la misma rúa. Llegados a un punto avanzado de la calle, nos encontramos con el omnipresente Árbol Bonito, que él sólo conoció en el inicio de su despertar forestal. Y desde ahí, antiguo mentidero, parten, cual elecciones de vida, una calle, la de La Fuente, que corre hacia abajo y que es más ancha que la media que las del barrio.

 

También sale de ese punto otras tres vías: la de La Huerta, angosta en demasía y curvada en su mitad. La de San Francisco rectilínea, que nos llevará a la Plaza del Convento con su fuente monumental. Esta calle empedrada con guijarros de barranco como todas las del lugar, tiene en sus inicios un pequeño repecho que hay que superar. Y la última es la del Altozano, amplia y en cuesta, distinguida por la famosa Casa del Pino, otrora Casa-Cuartel de la Guardia Civil. Decía el poeta: Cuando llegas a un punto de la vida, que la mayor parte de las veces coincide con la pubertad o primera juventud (14-15 años), deberás elegir. Con esa precipitada o meditada decisión transcurrirá tu vida como si fuera por una de esas calles, cada una con sus propias características, aparentemente todas iguales ¡Pero bien sabe Dios que todo lo que parece no suele ser!.

 

Este barrio que amamos con el corazón y la mente, ha sido el lugar de residencia de cientos, miles de mujeres y hombres, que desde los tiempos más pretéritos lo han habitado. Una de esas personas fue doña Magdalena Suárez y Navarro, esposa de don Pedro Castro Díaz y madre de: Fernando, Juan, Magdalena, Ana, Pedro y Rafael. Su hogar familiar estaba en el punto en que se encuentran las calles Huerta y De la Fuente. No miento al decir, que su casa era de las pocas del barrio, que se había edificado sobre un solar regularmente cuadrado, por lo que todas las habitaciones y dependencias eran rigurosamente exactas. Un patio central, cargado hasta la saciedad de plantas de todo tipo y condición, hacían de este vergel un lugar muy agradable a los sentidos. A los geranios, claveles, capas de reina y palmeras reales de mediano tamaño, se les sumaban algunas macetas con hierba huerto, perejil, cilantro y otras tantas hierbas para acondicionar su gustosa cocina.

 

Era doña Magdalena persona profundamente católica, militando en una hermandad llamada Hijas de María, que le sirvió para desarrollar un carácter austero, a la vez que entregado y bondadoso. A nuestra biografiada le tocó vivir años difíciles, desde los inmediatamente posteriores a la Guerra de Independencia de Cuba, Puerto Rico y Filipinas, pasando por la I Guerra Mundial, el crack de la bolsa newyorkina, la Guerra Civil Española y la no menos cruenta II Guerra Mundial. De todos los años vividos, su marido y ella misma decían que los que no deseaban rememorar eran los cinco años de la II República y los tres de la contienda fratricida de 1936 al 39. No podía ser de otra manera, puesto que don Pedro y doña Magdalena vieron marchar al campo de batalla a sus dos hijos mayores, a pesar de ser todavía unos mozalbetes.

 

Los más ancianos del barrio, entre ellos nuestras confidentes Rosita Naranjo y su hermana….., nos hablaban de doña Magdalena con verdadera devoción. Nunca olvidaron que, tanto en tiempos de guerra como en la inmediata postguerra, doña Magdalena hacía unos calderos enormes de caldo de papas con solo los siguientes ingredientes: mucha agua, poquísima aceite, unos huevos, más pocos que muchos, cilantro, cominos y mucho, mucho amor. Una treintena de niños hacían fila portando entre sus manos una escudilla cada uno, para recibir esa especie de potaje semanal, que con bondadosa y altruista voluntad, hacía para ellos la dama por excelencia de San Francisco.

 

En otro orden de cosas, creo que es de justicia recordar su preocupación porque la chiquillería, niñas y niños, recibieran una educación cristiana. Muchas veces, a manera de control de la situación, les preguntaba a las niñas, que ya tenían ocho o nueve años, si habían recibido la Primera Comunión. Al contestarles éstas, unas que sí y otras que no, les interrogaba a las que les habían dado una respuesta negativa, el porqué de su situación. Y éstas con angelical inocencia, les confesaban que no tenían velo, zapatos o traje aparente para la ocasión. Doña Magdalena les rogaba que, tan pronto llegaran a casa les dijeran a sus progenitores que ella quería verlos cuanto antes.

 

Así, al cabo de pocas horas se presentaban las diferentes madres, que recibían de doña Magdalena zapatos las unas, un trajecillo blanco las otras, y, la mayor parte de ellas velos de tul que doña Magdalena había comprado por metros en las tiendas de Los Llanos y había individualizado cortándolos en pequeñas porciones. Todo ello con la promesa de mandar a las niñas a la Doctrina y ella reservarse el derecho de examinarlas, antes del día señalado para recibir el Cuerpo de Cristo.

 

Llegados a este párrafo, ustedes pensarán que algunas otras personas de Telde, también hicieron cosas similares y que porqué el Cronista le dedica estos folios de forma especial a doña Magdalena, pues voy con el asunto.

 

Durante el verano de 1939, a pocos meses del término de la Guerra Civil, que recordemos que se hizo efectivo el 1 de abril de dicho año, un grupo de niños del barrio jugaban a hacer guerreas entre ellos. Para asombro de doña Magdalena y de otros viandantes, unos gritaban ¡Viva Cristo Rey! ¡Arriba España! ¡Viva Franco! Y una última exclamación que dejó helado el corazón de nuestra biografiada ¡Muerte a los Rojos!.

 

Oyendo ésto, doña Magdalena salió de su casa y se puso en medio de la chiquillería, en vez de reprenderlos con toda la autoridad que poseía, optó por darles una lección de vida. Los atrajo hasta un punto muy cercano de su propia casa, en el centro mismo del antiguo Mentidero del barrio y allí a los más grandes les hizo cavar un hoyo de medio metro, aproximadamente, de hondura, a otros se los llevó con ella al interior de su casa y en el patio les hizo coger un arbolillo, que portaron con alegría hasta el lugar en que se encontraban el resto de sus amigos.

 

El árbol en cuestión hacía unos días que Doña Magdalena hacía unos días tenía consigo, pues un exportador inglés afincado en Telde se lo había regalado a su esposo. Doña Magdalena lo introdujo en el hoyo ya preparado, hizo que los niños cubrieran el agujero con tierra y que, a manera de parterre o alcorque, hicieran una pequeña muralla de tierra de forma circular en torno a él. Después de concluir la plantación, les conminó a que tenían que ir de vez en cuando con un cacharro o lata con asas que les dio hasta el abrevadero y lavadero situados en el alto del barrio, concretamente en donde las calles empedradas se unían con la carretera de Valsequillo y de ahí traer agua para regarlo.

 

La lección estaba a la mitad, faltaba ahora lo principal, doña Magdalena tomó respiro y con voz contundente, pero adornándola de una bondad extrema les dijo: Miren mis niños, ésto que acabamos de hacer es una gran cosa. Me ha dicho un duende que si los niños de San Francisco y el Bailadero plantaban este árbol y lo cuidaban echándole agüita para no permitir que se seque, pasará una gran cosa. Los niños le preguntaron ¿Qué cosa va a pasar doña Magdalena?. Mientras este árbol no se seque no va a haber más guerras en España, los niños no perderán a sus padres ni a sus madres, y tampoco pasaran hambre, ni frío, por eso yo les pido que ahora, que son niños, rieguen el arbolito y cuando el árbol sea muy muy grande, cuenten esta historia a sus hijos y a sus nietos para que nadie olvide lo que me dijo el duende.

 

Ochenta y un años después, el árbol en cuestión supera con creces todas las azoteas circundantes, su robustez es extraordinaria, toda vez que sus raíces se hunden en la antigua acequia por donde corría el agua que se vertía un poco más abajo, en la Fuente del Pueblo. Su copa, llena de verdor, hace exclamar a propios y extraños ¡Qué árbol tan bonito! Y así se le ha conocido en los últimos lustros como El Árbol Bonito. Pocos o casi nadie, le llama ya el Árbol de Doña Magdalena y este Cronista creyó que debía hacerle un reconocimiento especial a esta dama del barrio conventual de San Francisco.

 

Sirvan estas palabras para traer al presente los méritos que en el pasado adornaban su ejemplar personalidad.

 

Antonio María González Padrón es licenciado en Historia del Arte, cronista oficial de Telde e Hijo Predilecto de esta ciudad.

 
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