31/01/2010 - 07:31

El oficio artesanal de El Latonero se homenajea en un vial de Callejón del Castillo (Telde)

Tiene una longitud de unos 200 metros

Luis A. López Sosa

El oficio artesanal de El Latonero se homenajea en un vial de Callejón del Castillo (Telde)
Calle de El Latonero (Foto Luis A. López Sosa)
Luis A. López Sosa

Hoy paseamos por la zona de Callejón del Castillo y allí, desde la calle Cánovas del Castillo accedemos a la calle El Latonero, la cual con un trazado de Sur a Norte y tras recorrer unos 200 metros, aproximadamente, finaliza en su confluencia con la calle Drago. Limita por el Naciente con la calle El Tejedor y al Poniente con la calle Sagrario.

Esta nominación fue aprobada por el Ayuntamiento Pleno en sesión celebrada el día 20 de septiembre de 2001, ya que, se creó la necesidad de nominar los viales que conforman el desarrollo urbanístico en este sector, el cual se concluye unos meses antes, como zona de expansión del barrio, donde anteriormente hubo una hermosa finca de plataneras que unía la calle Cánovas del Castillo con la Avenida del Cabildo Insular.

Las nominaciones de los viales que conforman esta parcelación de seis calles y una plaza pública, se adoptan como homenaje a oficios artesanales, a fin de perpetuarlos en el paso del tiempo y que sean conocidos por las nuevas generaciones.

Dejando de un lado los datos técnicos-administrativos de la nominación, nos vamos en busca de los referentes a la sinopsis de la misma, entre los que encontramos los siguientes:

El Latonero es un oficio que fija su origen remoto en el arreglo de útiles caseros de latón o cobre. Fue un oficio ambulante que existió hasta la década de los cincuenta del siglo XX, aunque nosotros tuvimos la suerte de ver un establecimiento fijo dedicado a ello en un callejón de la calle Roque, donde también se arreglaba el radiador de los vehículos.

El cometido principal era arreglar cacharros de cocina como satenes, cacerolas, casos o jarros metalizados por precios asequibles a economías débiles. Reparaban y remozaban los utensilios mediante soldadura hechas con estaño, que en algunos casos suponía poner una nueva base de hojalata o remachar asas.

Inicialmente sus herramientas de trabajo las llevaban en una arqueta metálica y como medio energético les acompañaba un hornillo portátil alimentado con carbón vegetal, con el que calentaban los soldadores para derretir el estaño. Posteriormente, en los establecimientos fijos, se utilizaba una pequeña fragua que mantenía caliente los soldadores y regulaba el gasto de carbón manipulando la ventilación del mismo.

Era también muy común que el latonero reparase tinajas, librillos, cántaros y cualquier elemento de barro esmaltado, mediante lañado de las grietas producidas en los recipientes.

Hacer un lañado suponía un buen nivel profesional, pues tenía que realizar los agujeros en el vidrio mediante un taladro de mano, tipo cordel, que perforaba el barrio hasta una profundidad suficiente como para no traspasar el grueso de la pared del elemento a trabajar. Los orificios iban de forma paralela a la grieta uno frente a otro con objeto de introducir lañas de acero una vez dilatadas por el calor que previamente habían ido introduciendo en el hornillo. Estando al rojo vivo las lañas se introducían en los agujeros y se enfriaban con un trapo mojado. Si quedaba un pequeño hueco entre la laña y la superficie vidriada se rellenaba con un empastado de cemento, que al cuajar se hacía resistente y sellaba la grieta, de esta forma se evitaba el vaciado de líquidos y le daba nueva consistencia al recipiente. Toda una filigrana artesanal.

El latonero era un personaje popular por su oficio callejero, ya que tenía contacto permanente con el vecindario y a su paso solía avisar de su presencia con una cancioncilla popular y reiterativa. Esta misma popularidad se daba en aquellos que tenían abiertos establecimientos destinados a esta profesión, en cuya puerta se solían, al igual que en la del zapatero, formar buenas tertulias sobre fútbol, casería, pesca o sobre menganita o cicladita de tal.

Recordamos cuando, siendo niño, me mandaba mi madre a llevar a reparar los calderos o las sartenes al latonero, o cuando no, a reparar la cocinilla de petróleo para ponerle un nuevo quemador, soldarle alguna piquera o arreglarle el fuelle. Siempre me llamó la atención como se mezclaba el especial olor de la soldadura de estaño con el aire y el entrañable trato que, en el más riguroso respeto, nos daba Juanito, Pepe o Damián Santana Jesús, los tres hermanos que llevan el establecimiento de la calle Roque, a los que apodaban cariñosamente con el sobrenombre de “el mío”. Son flashes de un pasado relegado en un tiempo de algo más de medio siglo, que aún perduran en mi memoria como cariñoso homenaje a todas las personas con las que he tenido la suerte de compartir mi discreta vida.

Prendidos en los recuerdos del pasado, dejamos los datos sinópticos de la nominación y nos vamos a conocer aquellos que se refieren al barrio donde nos encontramos.

La toponimia-antroponimia “Callejón del Castillo”, data de mediados del siglo XVIII, fecha en la que aproximadamente se prepararon los terrenos de cultivo existentes en las inmediaciones del Casco Urbano, para destinarlos inicialmente al cultivo de la vid y posteriormente al de plataneras.

Viene de ser un paso angosto o camino estrecho que a modo de callejón cruzaba desde la zona de Picachos hasta El Calero, atravesando las grandes fincas propiedad de los Sres. del Castillo.

Estos propietarios son descendientes de los Sres. García del Castillo, quienes resultaran beneficiarios en los repartos de tierras y agua que hiciera Pedro de Vera, una vez finalizada la conquista de la isla, y que posteriormente se unen a la familia de los Ruiz de Vergara y dan origen a la familia condal, los Condes de la Vega Grande y Guadalupe, quienes son propietarios de muchos terrenos en gran parte de la isla.

Con el paso del tiempo esas grandes fincas van pasando a manos de diferentes nuevos propietarios y en el barrio surgen nuevas toponimias, como las Tres Tierras, El Hornillo, La Fonda, El Campillo, etc.

La zona Sur de la Avenida del Cabildo Insular, donde se ubica la calle El Latonero, hoy presenta una pequeña parcelación de unos seis viales y una plaza, dotada de todos los servicios urbanísticos y en el que se han edificado diferentes inmuebles de hasta tres plantas destinados a viviendas. Todo ello como producto del desarrollo urbanístico del Plan General de Ordenación Urbana.

Esta parcelación se ubica donde hasta hace menos de una década existiera una hermosa finca de plataneras y un pozo de extracción de aguas subterráneas (el maquinista era Chanito Calderín, una entrañable persona) y hoy ocupa ese espacio separando la calle Callejón del Castillo de la Avenida del Cabildo Insular, la evolución relega los espacios naturales a un mero recuerdo del pasado irremediablemente.

Eso mismo sucede con las vivencias que se abandonan por falta de interés y decisión, en poco tiempo son solo un recuerdo del pasado, aunque luego vayan acompañadas de nostalgia, lamentaciones y arrepentimientos, precisamente por esas indecisiones que no permitieron vivir lo que se pudo y, luego se añore, en la imposibilidad que el tiempo media para dejarle anclado en el pasado no recuperable. Todo lo que se piensa hoy como carente de valor o factible de sustituir, apartar e ignorar, mañana la vida te lo exige como imprescindible, necesario y vital, pero lamentablemente será tarde para recuperar el tiempo perdido y será imposible reavivar el enfriamiento de los sentimientos que mueren, lejos de tu alcance.

Dejamos el lugar meditando cada uno de nuestros pasos y nos dirigimos hacia el Norte, no en busca del alisio que hoy sopla con frescura sino que nos vamos al barrio de Caserones Bajos, donde buscaremos la calle El Minote, para saber algo más de este elemento hidráulico y sobre la sinopsis del barrio, pero bueno… eso será en la próxima ocasión, si Dios quiere, allí nos vemos.

Sansofé.

 
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