17/07/2022 - 14:52

El altermundismo de Francisco Morote (2ª parte)

Victoriano Santana

El altermundismo de Francisco Morote (2ª parte)
Francisco Morote, autor del libro/TA.
Victoriano Santana

III

«Si cuido de los pobres me llaman santo, pero si pregunto por qué son pobres me llaman comunista».

Helder Cámara, obispo brasileño.

 

¿Hay algo perjudicial en lo que propone Francisco Morote? ¿Hay algo que sea nocivo? ¿Algo de lo que se reclama, defiende, expone cabe definir como injusto, inhumano, inmoral, inaceptable… desproporcionado? ¿Qué rechazo a lo que sugiere conviene apuntar?

 

No sostiene nada que la inmensa mayoría del país, del continente, del planeta —incluidos aquellos que cobran por callar, no pensar, ser muñecos de ventrílocuo y, cual rehala, pulsar botones o levantar brazos cuando lo ordene el ovejero de turno— no considere razonable, justo, necesario. Confieso, llegado a este punto, que al recorrer las páginas de En clave altermundista una corriente de plácida concordia me inunda. Es como si hallara en ellas, agrupadas, bien organizadas, compuestas con exquisitez, todo el enorme conjunto de convicciones que he ido acumulando a lo largo de mi vida sobre cómo debería ser la sociedad a la que pertenezco. Yo quiero esa transición pacífica que determina el cambio de «un mundo capitalista neoliberal, de unos pocos y para unos pocos, a un mundo ecosocialista democrático, de todos y para todos»; y deseo —por eso estoy aquí, ahora, así, para ti, con esto— que todos tengamos claro que es necesaria esa transformación.

 

Yo defiendo, como él, [1] que la pobreza sea declarada ilegal, como lo es la esclavitud; y [2] que se reduzcan de manera efectiva las diferencias económicas y sociales entre países y entre clases, favoreciendo con ello una implantación absoluta de los derechos humanos por medios pacíficos; y [3] que se combine —sobre todo en los partidos de izquierda, que son quienes deberían estar más al tanto de esta necesidad— la lucha contra la indigencia y la exclusión de nuestros compatriotas «con la solidaridad y la mayor acogida posible hacia los pobres y empobrecidos inmigrantes y refugiados que huyen de la miseria y de las guerras de Asia y África»; y [4] que haya una banca pública bien supervisada y capaz de operar con criterios éticos y económicos sostenibles; y [5] que se ponga fin a los indecentes paraísos fiscales, «esos agujeros negros del sistema por los que se cuela, hasta ocho billones de euros como mínimo, todo el dinero de la evasión y de la elusión fiscal de los poderosos», según Morote; y [6] que se renacionalicen empresas y servicios públicos clave (luz, agua…), pues por culpa del absurdo afán privatizador de los responsables políticos y del interés crematístico de sus gestores se han vuelto costosos y precarios; y [7] que se impongan determinadas tasas, como la Tobin, que pongan freno a la especulación financiera; y [8] que sea posible una justicia fiscal donde las rentas tributen en proporción a los ingresos; y [9] que se lleve a cabo el cobro de esa gigantesca deuda privada que tienen con la inmensa mayoría de los habitantes de la Tierra los grandes bancos, las compañías transnacionales y los hiper-mega millonarios capitalistas; y [10] que se cree un Tribunal Penal Internacional para los Crímenes Económicos contra la Humanidad, como vienen reclamando muchas organizaciones en nuestro planeta (ATTAC, por ejemplo); y [11] que, junto a este, se instaure un Nuevo Orden Financiero Internacional (NOFI), «que reglamente y supervise el desregulado sistema financiero internacional, los mercados financieros, la banca especulativa, estableciendo impuestos disuasorios y solidarios», como sostiene nuestro autor; y [12] que se fije una Renta Básica Universal que permita configurar una sociedad donde sea posible concebir la supervivencia con un mínimo de dignidad y que sea factible de este modo la consolidación de un nuevo capitalismo; y [13] que se condone la deuda externa de los países más empobrecidos de África, Asia y Latinoamérica; y [14] que los saharauis tengan derecho a un referéndum de autodeterminación para decidir su futuro; y [15] que anide, en el territorio de las urgencias, la necesidad de proteger, promover y mejorar hasta la suprema excelencia los servicios públicos (sanidad, educación, asuntos sociales, pensiones…) que son fundamentales para nuestro Estado de bienestar y que tanto ha costado conseguir y que el impulso neoliberal, siempre austericida, ha desmantelado y precarizado en su habitual y demencial inclinación por privatizarlo todo; y [16] que vivamos en una democracia plena (el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo) y no en la irritable y dañina plutocracia (el gobierno de los ricos, por los ricos y para los ricos) que nos rodea; y [17] que no deje de estar encendida ni de mostrar su luz y calor la llama que dio origen y sentido al 15-M; y [18] que en este mundo, que debería ser de todos para todos, jamás se imponga entre los “tierratenientes” (los que se consideran dueños del planeta, como señala nuestro autor) la reafirmación de sus actos con esa despótica declaración atribuida a Luis XV: «después de mí, el diluvio»; y [19] que el siglo XXI, el que nos acoge, el que sobre las cenizas aún candentes del precedente está llamado a ser especial, sea de toda la humanidad, sin distinción de raza, sexo, credo, procedencia… y no de aquellos que solo lo conciben en función de las influencias que ejercen los diferentes bloques de naciones enfrentados; y [20] que el verdadero órgano de gestión de ese otro mundo posible más justo, más equilibrado, con menos desigualdades, sea la ONU, ese G-192 que, en su representación de la humanidad, se ha de oponer a los excluyentes G-7 y G-20 a la hora de atender a una incuestionable máxima: que los problemas globales deben gestionarse de manera global.

 

Como nos apunta nuestro autor: «La ONU, con todo su déficit democrático a cuestas es, pese a los esfuerzos por impedirlo, el marco donde se ha abordado, con todas sus insuficiencias, el problema del calentamiento global y el cambio climático y, también, el escenario del compromiso de la comunidad internacional para reducir, por medio de los Objetivos de Desarrollo del Milenio, el hambre, la pobreza extrema y otras lacras que afligen a cientos de millones de personas que viven en los países empobrecidos».

 

Por supuesto que defiendo todo esto y que me uno al propósito de contribuir con el cambio que nos ha de llevar a una sociedad [21] que ha hecho suyas las ideas y valores ecosocialistas, ecofeministas, ecopacifistas y de defensa a ultranza de los Derechos Humanos —que no han de ser una sugerencia, sino de obligado cumplimiento por parte de todas las naciones del citado G-192—; una sociedad [21] que, sea donde sea —y desde la opinión pública internacional, la intelectualidad responsable y la movilización ciudadana—, es capaz de frenar los desmanes que promueven la globalización neoliberal y, de manera más concreta, el impulso de Occidente a considerar que la hoja de ruta de nuestro presente la ha de marcar Estados Unidos de América, y que lo que es bueno para los intereses de este país lo es también para el resto de los que han optado por ser sus afines; una sociedad [22] que es consciente de que no se equivoca cuando elige a representantes públicos que enfadan o causan desconfianza al poder económico y político por el simple hecho de proclamar y defender aquello que no encaja con lo que el establishment considera admisible; una sociedad [23] que sabe cuál es su enemigo y que, desde una asunción firme de lo importante que es una gran coalición de fuerzas de izquierda que consiga, por medios electorales, el poder gubernamental de los Estados con el fin de sujetarlos al bien común, está capacitada para emular ese “de la ley a la ley” de Torcuato Fernández-Miranda y convertirlo en un “de su democracia a nuestra democracia” con un solo acto de incuestionable coherencia: «no votando a los partidos de ideario neoliberal —prácticamente casi todos los de la derecha europea actual— ni a los partidos cuya tibieza y hasta complicidad con el neoliberalismo les haga indignos de contar con el apoyo de las clases populares», como nos sugiere el autor.

 

IV

«Hemos alterado tan radicalmente nuestro entorno que ahora hemos de modificarnos a nosotros mismos para poder existir en él».

Norbert Wiener, matemático estadounidense.

 

Sí, repito, defiendo, sostengo, proclamo, cuanto ha venido proclamando, sosteniendo y defendiendo Francisco Morote durante muchas décadas y que viene recogido en el presente volumen, una obra que me resulta imposible no calificar como un extenso, generoso y valioso catecismo de la solidaridad y del compromiso con los habitantes de la Tierra; una suerte de evangelio que no desmerece al religioso, pues habla del milagro de la verdad y de la fuerza de la esperanza, y fija el camino por donde ha de hallarse el remedio para las desigualdades. El mensaje sagrado del texto bíblico aquí se transmuta en uno de naturaleza social y ecológica (por encima incluso del que pudiera ser económico o político), que solo necesita del verbo científico para constituir el ensamblaje del discurso. Las efes entremezcladas del referente religioso —fe y ficción— se ven en la obra que nos convoca convertidas en un sólido argumentario sostenido con el debido rigor, el admirable humanitarismo y la demostrada magnanimidad de nuestro autor y que no aspira a más que mostrar que otro mundo es posible y que solo la voluntad por hallar el equilibrio es lo que hace falta. Los que están en lo alto han de bajar; y los de abajo, subir. En el punto donde se encuentren, ahí, en esa confluencia, se habrá de situar la virtud del siglo en el que vivimos. Quizás Paco y yo no lo podamos ver; esperamos que Luis, sí.

 

El aludido milagro de la verdad es el descubrimiento en las presentes páginas de que hay solución a los males que nos aquejan. Se sabe cómo realizar el cambio y se conoce cuáles serían sus beneficios. Llegados a esta certeza, es irremediable volver sobre las preguntas ya expuestas (recuerda: repetir es pedagógico y liberador): ¿Qué hace falta para que sea posible acceder a esa ruta que nos conduzca a un mundo mejor? ¿Qué lo impide? ¿Es una cuestión de maldad? ¿De indolencia? ¿De ignorancia? ¿Por qué no puedo evitar esa íntima inquietud de que muchos que necesitan de esa verdad, en el peor de los casos, terminarán despreciándola volviendo sus miras a otro lado? ¿Por qué tengo el triste convencimiento de que, en la menos mala de las situaciones, no faltarán quienes apelen a la expresión “quimera” para calificar el discurso que recorre este tomo, inhabilitándolo así como propuesta? ¿Cómo mostrar y demostrar el error en el que se hallan los aludidos cuando desdeñan, de un modo voluntario o no, que la esperanza y el convencimiento sobre los pasos que han de darse para conseguir lo que se quiere y se necesita son los únicos motores que han permitido a la humanidad avanzar y alcanzar este siglo XXI que ahora nos contempla y que, como señalé al principio, con independencia de sus miserias, está lleno, henchido, de maravillas?

 

Hemos de luchar por la paz auténtica, la permanente y consecuente, como nos indica nuestro autor, y no la que proviene de una actitud oportunista, coyuntural; y con ella, con la paz lograda, hemos de buscar aquello que nos dirija hacia el progreso real; y con su mayor o menor alcance, hemos de procurar que la igualdad sea inevitablemente global. Cuanto hemos de realizar requiere de esa conglobación que señala Morote. De la unión de personas, colectivos, pueblos, Estados, organismos… a favor del reto de construir el mundo definitivo, el que sabemos que queremos y que necesitamos (justo, solidario, pacífico y sostenible) va esta obra; y del compromiso —de un intenso, inmenso y hondísimo compromiso— para que los vínculos que guían el propósito sean indestructibles; y de una defensa a ultranza de la vida, de la nuestra y de la de ellos, de la de ustedes y de la de todo cuanto forma parte de lo que nos rodea. Por eso es este un libro bondadoso, aunque sea crudo en sus verdades, aunque duelan las desigualdades, aunque hieran las injusticias; por eso, es una obra que, casi sin proponértelo, te convierte en un militante activo del “altermundismo”, en un convencido de que es posible hacer de nuestro planeta ese espacio maravilloso que tenemos claro que es a pesar de que nunca lo podamos ver ni disfrutar como nos gustaría.

 

Con el tomo en mis manos y, en mi intelecto, la profunda admiración por su contenido y por lo que representa, solo me resta asumir el compromiso que me corresponde con la causa. Atenderé al deber que conlleva luchar por el “altermundismo”. Cuidaré de mi parcela, nuestra parcela; de ese huerto desde el que me será posible cultivar para compartir los humildes frutos, ya enumerados, de mi ecología, mi socialismo, mi feminismo, mi pacifismo y mi defensa de los Derechos Humanos; degustaré con mis semejantes cada pequeño logro, cada ínfimo paso que nos acerque a ese mundo deseado; e informaré a cuantos me acompañen que conmigo tengo el inmenso privilegio de llevar la buena nueva de la humanidad. Y cuando obtenga tras mi afirmación algún gesto de extrañeza, me bastará con mostrar un ejemplar de este libro y decir simplemente «hela aquí».

 

Referencia

Título: El clave altermundista (altermundismo vs. neoliberalismo)

Autor: Francisco L. Morote Costa

Editorial: Mercurio Editorial

Año: 2022

Páginas: 461

 

Victoriano Santana Sanjurjo es doctor en Filología Hispánica y profesor de Secundaria.

 

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