08/01/2022 - 10:56

¿Evocar o celebrar la Constitución Española?

Nicolás Guerra

Nicolás Guerra

Rescato un comentario leído en infonortedigital (6/12) en torno a esta fecha. Dice así: “Este lunes […] celebramos el cuadragésimo tercer aniversario de la Constitución española. Un año más, por este norte norteño brillan por su ausencia los actos conmemorativos. Vamos, que no hay interés oficial en celebrar una efemérides como la de la Carta Magna”.

 

Tienen razón mis paisanos galdenses. El lunes 6 de diciembre se evocó, más que celebró, el aniversario de la Constitución española. Pues evocar significa ‘recordar algo, traerlo a la memoria’. Pero la acción de celebrar añade un matiz muy importante: debe elevarse a dignidad superior un hecho solemne. Y la solemne onomástica constitucional hoy exige imaginación, inventiva, seguridad, absoluto protagonismo ciudadano frente a los repetitivos programas encorsetados en el protocolo oficial. Para los tiempos que se auguran la identificación popular con la Carta Magna debe ser plena: esta viene cargada de valores y fundamentos para la pacífica convivencia y el respeto a ese bien supremo llamado Libertad.

 

Porque fechas hay en el calendario oficial de muchísima menos importancia que la del 6 de diciembre. Sin embargo son exteriorizadas -incluso en los pandémicos 2020 /2021- por gobiernos central y autonómicos, cabildicios y municipales con más intensidad y teatralización que la celebración “Del instrumento que ha posibilitado el desarrollo y la consolidación del Estado Democrático en nuestro país”.

 

Sí: la Constitución española de 1978 es más, muchísimo más que la Ley fundamental del Estado. Es la madre de todas las leyes, la absoluta sublimación legislativa para garantizar, consolidar, proteger a la comunidad democrática y fortalecer una sociedad de pacíficas relaciones. Y por más que esta parte final acaso sobrepase las posibilidades reales para su consecución (vivimos entre rigurosas injusticias, deshumanizaciones, fundadas sospechas de endurecimientos...), lo cierto es que utopías y sueños también forman parte del mundo de los ciudadanos, y a veces se les violenta lo que es de su propiedad… cuando quieren compartirlo.

 

Si en nombre de escritores españoles León Felipe se vio forzado a rescatar el Salmo prestado a los sacerdotes antes de partir al exilio (1938), ¿quién en nombre de quién, quiénes en nombre de quiénes pretenden hipotéticamente apropiarse de las palabras nobles y elementales, argamasa con la cual se consolidó nuestra revolucionaria Constitución apoyada (1978) por UCD, PSOE, AP, PCE… y rechazada por ERC, EE, HB, Falange Española, Fuerza Nueva…?

 

Pues bien. Aunque en el Norte norteño “no hay interés oficial en celebrar tal efemérides”, resultan llamativos los rigurosos condicionantes protocolario-sanitarios (a veces antagónicos) impuestos a la celebración del 6 de diciembre/21… Pero eso sí: reportajes fotográficos de algunos actos reflejan el eclipse popular, el monopolio ejercido por instituciones oficiales. Si no fuera por la ausencia de sotanas, mitras, báculos... como en tiempos de la dictadura franquista, podrían parecerse a los homenajes celebrados cuando de pequeños nos llevaban desde la escuela pública a la cruz de los caídos… para recibir patrióticas arengas y cantar el Cara al sol.

 

¿Antagonismos? El 6 de diciembre/21 el acto (innecesariamente ostentoso) del Congreso de los Diputados se trasladó a la calle, madrileña Carrera de San Jerónimo, solo “con el fin de mantener las medidas de prevención sanitaria”. Pero la Delegación del Gobierno en Canarias centró la conmemorativa actividad en su sede oficial, Plaza de la Feria.

 

Ante lo cual, y como se trata de dos entidades estatales, cabe preguntarse si hubo exceso de celo preventivo por parte de la primera o, acaso, osada actuación de la segunda. La no coincidencia horaria y la respetable distancia geográfica entre Madrid y Gran Canaria no me parecen racionales justificaciones para tal disparidad pues, por el momento, la pandemia no participa de tales medidas horarias / métricas ni, por supuesto, metamorfoseó estructuras y actuaciones para adaptarse al clima canario. ¿Cuál de ambas, gobernadas a la par por el PSOE, actuó prudentemente?

 

(Por cierto: un hispanísimo periódico digital da título a un artículo: “Diario de pandemia. El 54% de los españoles exigen vacuna obligatoria: pueblo crédulo, pueblo idiota”. Para la ciencia médica el adjetivo “idiota” significa ‘Que padece de idiocia’, es decir, ‘Trastorno caracterizado por una deficiencia muy profunda de las facultades mentales, congénita o adquirida en las primeras edades de la vida’.)

 

La Carta Magna no es propiedad de ninguna institución oficial, en absoluto: ni tan siquiera del Congreso de los Diputados o delegaciones del Gobierno. Pertenece al pueblo, invitado de piedra desde años atrás y, por ende, cada vez menos interesado por conocer y reclamar su salvaguarda constitucional. Y tampoco es pieza de museo o el viejo volumen ya cuarentón ajeno a las evoluciones sociales, políticas y económicas del país. No, por más que algunos pretendan -como quien no quiere la cosa- su aislamiento en la recuperada y oscura estantería de lo no conveniente, allí donde se conservaban ejemplares de libros prohibidos.

 

La Constitución fue ilusión, esperanza, perspectiva, tal como se pregonaba meses antes de su aceptación por referéndum. De ahí que el Título Preliminar incluya en sus artículos 1 y 2 palabras perseguidas, reprimidas y encarceladas hasta el mes anterior: “Estado democrático, libertad, justicia, igualdad, pluralismo político, soberanía nacional en manos del pueblo y del cual emanan los poderes del Estado”. (¿Cuántos miles de españoles, miles y miles padecieron las iras de la dictadura y de sus ejecutantess solo por gritar a los vientos la palabra libertad, destacadísima hoy en la Constitución? ¿Cuántos progres de coche oficial recordaron el pasado 30 de mayo los tres años de cárcel que padeció don Pedro Limiñana Cañal -es solo uno de los casos- por su condición de dirigente estudiantil en la Facultad granaína de Derecho?)

 

La Constitución, como ente vivo, necesita vidilla, evolución, adaptación a los tiempos nuevos del siglo XXI, ser otra vez esperanza, sueño, futuro… En definitiva, bajar a la calle, mezclarse con los ciudadanos, abrirles sus páginas cargadas de artículos en las que se numeran obligaciones y derechos -algunos, acaso intencionadamente olvidados- y en cuyo corpus caben aun otros nuevos inherentes a la elemental dignidad humana. (¿A quiénes no interesa?)

 

Nicolás Guerra Aguiar es catedrático y escritor.

 

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