18/07/2021 - 20:40

El barranco de Iván Redondo

Segismundo Uriarte

Segismundo Uriarte

Decía Iván Redondo que si Pedro Sánchez se tiraba por un barranco, él se tiraría con el presidente. No ha sido necesario ese sacrificio porque Sánchez ha quedado arriba y ha tirado al barranco a su fiel escudero.

 

Esta situaciones, lamentablemente, suelen pasar en política porque es un sector donde más envidias hay por metro cuadrado y donde se genera maniobras que tienen por propósito la eliminación del adversario aunque ese adversario sea compañero o compañera de equipo y en las que el bien de la sociedad no es el objetivo primordial. Sustentado en la intolerancia, la envidia obstaculiza la institucionalización de compromisos.

 

En política siempre es peligroso sobresalir demasiado poniendo en peligro el protagonismo de alguien. Y si ese alguien es Pedro Sánchez la cosa se complica más porque él cada día tiene la convicción de que es un César que está más cerca de los dioses que de los humanos.

 

Ha perdido la visión de servicio público que debe tener el poder para servirse de él en su propio beneficio pretendiendo convertir al País en su feudo particular. Los ególatras como él no admiten las críticas constructivas y por ello se rodea, no de personas que formen equipos que trabajen para penetrar en el tejido social y recoger de él sus necesidades y propuestas, se rodea de vasallos que dicen amen a todo lo que él dice o hace. No le interesa establecer una estructura que permita a todos los afiliados una participación activa a lo largo de todo el año, le interesa acercarse a esos afiliados para que arrimen el hombro a la hora de las elecciones. No le importa dejar en la cuneta ideas y personas y aupar a quienes, sin tener más mérito que haberle caído simpático/a, están dispuestas a rendirle pleitesía.

 

Instalado en su Olimpo particular piensa que los demás se equivocan y cuando alguien le cuestiona algo que vaya en contra de sus intereses, monta en cólera y empieza a declarar herejes a todos los que osan poner en entredicho sus actuaciones dejando así evidente su ineptitud.

 

Cuando un inepto alcanza el poder político, suele ser muy hábil en la palabra, en el montaje de escenarios que le favorezcan, en dar una buena impresión a las personas que no lo conocen. En la mayoría de los casos conoce sus limitaciones, aunque no las acepte, por lo que se vale de artilugios para alinearse con personas serviles que pueden ofrecerles soluciones o ideas que posteriormente mostrará como el fruto de su experiencia y reflexiones.

 

Si un inepto alcanza el poder político, entre sus objetivos está “saldar sus deudas” con aquellos que le agraviaron por el sólo hecho de ser mejores que él. En su pequeña y retorcida mente, disfruta de antemano imaginándose la caída del pedestal que está intentando socavar. Lo que no sabe es que ese mismo pedestal, si cae, puede caerle encima. Es lamentable que un inepto alcance el poder, pero más lamentable es que se le dé cancha para que siga desarrollando su ineptitud.

 

Vivimos peligrosamente tiempos de celofán en los que la debilidad de las ideas pende sobre nuestras cabezas y desorienta a tantos ciudadanos que no salen de su desconcierto porque están envueltos por el velo de la mentira y el manto de la farsa, rodeados de simulacro y afectación.

 

Es lamentable comprobar cómo los derechos amparados por la Justicia, en la boca del poder que ostentan los ineptos y ególatras no tienen otra función que proteger el negocio del poder. No hace falta aparentar nada, sólo hay que hacer un uso cínico de argumentos. La condición humana tiene estos defectos pero ello no supone hacerse el ciego, el sordo o el mudo. Es necesario ser conscientes que los vasallos son una pena para los partidos y los ególatras una vergüenza. Y unos y otros son un cáncer que es capaz de destruir las estructuras más firmes.

 

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