05/06/2021 - 18:36

Rescatando la memoria: la enseñanza

Segismundo Uriarte

Segismundo Uriarte

En la década de los cincuenta, la mayor parte de la enseñanza en Gran Canaria se concentraba en los Grupos Escolares y en un reducido número colegios privados sobre todo religiosos. Había también academias que albergaban a un número inferior de estudiantes.

 

La chiquillería empezaba sus estudios con la cartilla, primero con las vocales: A,E,I,O,U que iban asociadas a un dibujo para ayudar a conocerlas. En las aulas la mesa del maestro o maestra estaba al fondo con aquel sacapuntas de manivela que devoraba los lápices y detrás la enorme pizarra con su fecha y consigna semanal, siempre llena de ejercicios, frases y cuentas. Encima de ella, presidiendo, la cruz y las fotos de Franco y José Antonio.

 

En la pared, parca en decoraciones, no faltaba el mapa de España y como mesa se tenía aquellos antológicos pupitres dobles un poco inclinados y con su tapa que daba paso a un cajón donde se guardaban los pocos materiales escolares de entonces. Se enseñaba a escribir con plumilla y tinta. Una buena experiencia, sobre todo cuando saltaba el borrón y ni el papel secante lo arreglaba.

 

La enciclopedia Dalmau abarcaba todo el aprendizaje, hasta que aparecieron los primeros manuales por asignaturas Álvarez, los cuadernos de dos rayas, el lápiz de madera y el sacapuntas, los cuadernos Rubio con inacabables cuentas y muestras. El maestro o maestra era querido y respetado. Su palabra iba a misa. Lamentablemente en la actualidad el respeto es un valor humano que está perdiendo cada vez más fuerza quizá motivado por la laxitud en la que ha caído la cultura moderna por el excesivo énfasis que hemos puesto en la libertad y los derechos de los individuos con el olvido de la responsabilidad y el deber como contrapunto complementario. Esta actitud ha traído como consecuencia una mala interpretación de lo que significa la dignidad de la persona y su responsabilidad social.

 

En aquellos tiempos de “la letra con sangre entra” se empleaba una regla de madera de metro con la que se atizaba en la palma de la mano y que escocía bastante. Y si no era la regla, eran los pescozones los que se utilizaban como medio para hacer entrar los conocimientos. Mucho peor era el eterno castigo de poner de rodillas en un rincón y con los brazos en cruz con libros. Y no pasaba nada pues pobre de aquel si en su casa se enteraban porque entonces iban a ser sus padres quienes aumentaban el castigo. Se cantaban las tablas de multiplicar y se citaba la lista de los reyes godos, se leían las vidas ejemplares. Los alumnos se ponían en fila delante del maestro para contestar a sus preguntas y si alguien no sabía la respuesta ibas al final de la fila, a la repesca, con el miedo de saber que si volvía a fallar tocaba una sonora reprimenda.

 

Unos pasaban de grado y otros renunciaban o los sacaban de la escuela para ir a trabajar. Nadie iba por eso a un psicólogo o denunciaba. La monotonía de las clases sólo se rompía con alguna que otra visita como la llegada del inspector al que se le mostraba los trabajos y los conocimientos adquiridos, o salidas reguladas por el régimen

 

Lo mejor era, por supuesto, el tiempo del recreo con sus juegos: de perseguirse, saltar la comba, las cuatro esquinas, la rayuela y el sempiterno fútbol con portería entre dos prendas de vestir o piedras. Todos ellos sin máquinas ni guión. La hora de salida era en estampida que rompía el silencio de las calles dejando triste y sola a la escuela o el colegio Los niños y niñas se desperdigaban por las calles y vericuetos dando rienda a su imaginación, llenando de vida aquellos lugares.

 

Segismundo Uriarte Domínguez es maestro jubilado.

 

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