05/06/2021 - 18:33

Pedro Limiñana Cañal, decencia y pudor ético

Nicolás Guerra

Pedro Limiñana Cañal, decencia y pudor ético
Nicolás Guerra

La del alba del fin de semana anterior me amaneció muchísimo más silenciosa que la de quince días atrás, e incluso emanaban pesadumbres de sus oscuras alboradas… Un silencio de plomo -mucho más intenso que el de cualquier domingo- caminó conmigo mientras recorría el trayecto desde el cruce Carvajal - León y Castillo hasta la Plaza de la Feria.

 

A la derecha del camino recreé una placa familiar: “Fernando Sagaseta Cabrera, Félix Parra Suria, Pedro Limiñana Cañal, Leticia Bueno Gallardo. Abogados. 1º izqda.”. A tales horas, claro, el despacho estaba cerrado. Y ya perennemente clausurado para los tres varones: hechas sus andaduras de bonhomía dejaron tras de sí construcciones lingüísticas sencillas -pero muy difíciles- como decencia personal, serenidad intelectual, compromiso moral, pálpito social.

 

Los conocí hace muchísimos años, cuando Política se escribía con mayúscula por respeto a quienes la servían desde uno u otro partido, desde una u otra perspectiva ideológica... a pesar de las manifestaciones de fuerza bruta y sinrazones mantenidas por quienes no aceptaban la devolución del poder a sus dueñas, las urnas, únicas garantías de voluntad popular. Fue época de ilusiones, grandísimas esperanzas y corazones abiertos a la vida en libertad...

 

Ninguno de los tres, es cierto, la desconocía. Fernando había sido condenado a prisión (1962) por un consejo de guerra como “inspirador y director” de Canarias Libre (“No solo perseguía fines separatistas […] estaba matizado por un cierto izquierdismo marxista”). Con él padecieron ocho militantes más. Y Félix Parra fue activista de base en la misma época: “Intransigente con la mezquindad, con el abuso y las actitudes verticalistas y autoritarias”. Así lo definió Quino Sagaseta, compañero de despacho.

 

Mi afinidad personal se estableció con Pedro Limiñana Cañal. Curiosamente fue la ciudad de Granada quien fortaleció entre nosotros una relación muy emotiva y fluida pues, además, nos encontrábamos con frecuencia por Santa Ana cuando yo caminaba hacia el Museo Canario. Y sé, por tanto, que jamás claudicó ante un puesto, un cargo, una responsabilidad político-administrativa: esa política no era la suya, en absoluto.

 

La suya se escribe con G inicial, la G de Granada desde la época universitaria (ciudad a la cual nunca volvió. Y lo entendí cuando empezamos a hablar de la capital tan familiar a ambos). Porque en ella Pedro Limiñana estudió Derecho, y desde los primerísimos años de la carrera ya comenzó su actividad como defensor del correspondiente a lo social, lo político, lo humano.

 

Como represalia el Sistema le pasó la tragedia por su vida, pues parte de la primerísima juventud le fue secuestrada. Pero amenazas, brigadas de investigación político-social, macabras mentes de sectores ultraderechistas, detenciones o cárceles no pudieron amedrentar a un apasionado muchachote amante de la libertad, inteligente receptor de clandestinidades filosóficas y convicciones rigurosamente democráticas. El derecho, me dijo un día cuando le llevé la foto que encabeza este artículo, “es más que patria andaluza o canaria, es siempre justicia”. Y falta una placa, añadió, dedicada al canario Luis Rodríguez Figueroa, también licenciado en Derecho por Granada y diputado del Frente Popular arrojado a la mar en Tenerife, octubre de 1936.

 

desconocía los tres rótulos de la fotografía colocados muchos años después. Inmediatamente me preguntó que si permanecía la escultura del Padre Suárez alzada sobre pedestal en el patio de la Facultad. Según el jesuita, los reyes están facultados para imponer juramento de fidelidad a siervos, vasallos… salvo que la exigencia afecte negativamente a la Iglesia católica. (Pronto entendí su interés: homenaje en una facultad de Derecho a quien negó la libertad ajena para decidir.)

 

Pedro Limiñana andaba las calles de Granada camino de la Facultad a veces con singladuras de inmediatas idas y vueltas, en solitario o acompañado de condiscípulos cuyas jóvenes y soñadoras voces reclamaban todo aquello tan sencillo y elemental para el hombre: convivencia democrática, derechos humanos, justicia, libertad, seguridad jurídica, relaciones pacíficas entre distintos sectores sociales, pluralismo político, igualdad…

 

Es decir, reivindicaciones de internacionales comunistas-marxistas-leninistas-maoístas que alterarían profundamente la España Una, Grande y Libre, bastión occidental contra las hordas proletarias. Pero hoy, al menos por escrito, tales exigencias están en las primeras líneas -Preámbulo, Título Preliminar- de la Constitución Española… aprobada también por antiguos jerarcas del régimen fascista -siete ministros franquistas, por ejemplo- y considerada hoy como “marco de convivencia” por el Partido Popular.

 

Pedro fue un hombre de asentadas esperanzas quizás fortalecidas al paso de los años. Y Granada no fue solo ciudad universitaria o lugar de tabernas y mesones para unos vinos y las correspondientes tapas, casi medias raciones algunas de ellas. Y como la costumbre es visitar dos o tres lugares en peregrinación, bodegones o casas de comidas (calle Navas) servían como espacios públicos para evitar peligrosas reuniones clandestinas, pues a fin de cuentas era una ciudad pequeña y él destacaba en la Facultad como silencioso líder y movilizador… Por tanto, la mejor táctica era lo opuesto a ocultamientos y reuniones secretas.

 

Al ejercicio de la honestidad y el decoro tanto personal como profesional dedicó los años de la vida que ahora acaba, consciente de las grandes dificultades que se les plantean a posicionamientos personales como el suyo. Pero Pedro nunca perdió en esta lid, muy al contrario: nadie estuvo capacitado para echar por tierra su serena fortaleza y decidida rectitud. ¡Y mira que lo intentaron, y forzaron, y casi apabullaron incluso desde sectores anteayer próximos, anteantier cercanos en la metafórica sangre del pensamiento! Pero la suya no se contaminó (y lo digo casi a punto de romper una promesa).

 

Meses atrás le di a leer los primeros folios de un libro en proyecto. A los pocos días me llamó para decirme que tenía información sobre una de las personas citadas -Demófilo Mederos Pérez, profesor del instituto Pérez Galdós en 1937-, pues algunas sobrinas vivieron en la calle Malteses. Acusado de rebelión militar y masón por la Comisión Depuradora C de Las Palmas, había sido condenado a reclusión perpetua e inhabilitación absoluta.

 

No pudimos vernos: Ella ya caminaba asida a su mano.

 

Nicolás Guerra Aguiar es catedrático y escritor.

 

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