02/05/2021 - 09:28

Surfeando con Agatha

Jaime Rubio

Jaime Rubio

Cuando, en 1989, di a conocer por primera vez, a través de un artículo en La Provincia/ Diario de Las Palmas, las estancias de Agatha Christie en Canarias, me tomé la molestia de publicar una foto de la Dama del Crimen con su tabla de surf. Esto desató una ola de escepticismo tanto en las Islas Afortunadas como en Inglaterra, especialmente en los círculos surfistas, dominados por hombres que no podían admitir de ninguna manera que una mujer casada y burguesa fuera la pionera del Surf en ambos Archipiélagos.

 

Agatha Christie nace en Torquay, Sur de Inglaterra, en 1890, como Agatha Miller. Para los habitantes de Gran Canaria, Miller es un apellido familiar y respetado, que da nombres a barrios, calles y edificios por razones que explicaremos mas adelante. Sin embargo, el Miller de Agatha era originario de Estados Unidos, pues su padre, Fred, procedía de Nueva Inglaterra, y su abuelo paterno fue un rico comerciante con negocios en Nueva York. En 1914 Agatha Miller se casa con Archie Christie y se convierte en Agatha Christie.

 

Como Inglaterra había declarado la guerra a Alemania ese año, y Archie era militar, la luna de miel duró un solo día, incorporándose a su unidad rápidamente. Y estuvo en activo hasta 1918, viendo a su esposa solamente cuando le daban permisos. Mientras tanto, Agatha se convierte en enfermera militar en 1915 para ayudar a su país en aquella larga y cruenta Primera Guerra Mundial. Y, cosas del destino, Agatha terminó trabajando en la farmacia del hospital, donde adquirió el valioso conocimiento sobre toda clase de pócimas, pomadas, pastillas y drogas. Y, especialmente, los venenos y sus antídotos, que tanto usaría en sus novelas.

 

En la década de los 20 del siglo pasado Agatha acompañó a su marido en viajes de negocios por medio mundo. En uno de esos viajes agotadores a Estados Unidos Archie le propuso a Agatha ir a Hawai para pasar unas semanas de sol y playa. Aunque ya habían practicado surf en Sudáfrica, aún les quedaba mucho por aprender. como ella misma nos cuenta en su Autobiografía. Pero el verdadero aprendizaje les llegó en su estancia en las islas de Hawai, como ella nos cuenta.

 

“Honolulú era un lugar bastante mas sofisticado de lo que esperaba, lleno de hoteles, buenas carreteras y automóviles. Llegamos por la mañana temprano al hotel y desde nuestra habitación vimos a la gente haciendo surf en la playa, así que bajamos, alquilamos unas tablas, y nos zambullimos en el mar, pero era un mal día, uno de esos en los que solo los expertos se atreven a hacerlo. Además, en Hawai la tabla era una gran plancha de madera, demasiado pesada. Te tumbabas encima y, poco a poco, remábamos hacia el arrecife. Entonces tenías que ponerte en posición y esperar la ola apropiada y no confundirla con la ola mala porque, si te coge, te hunde hasta el fondo”.

 

¡Y le pilló la ola mala que le hizo pasar un mal rato!

 

Un surfista americano le ayudó a llegar a la orilla y recuperar la tabla advirtiéndole que no era un buen día para principiantes.

“Lo mejor que puedes hacer es coger la tabla e irte a la playa a descansar”, le aconsejó.

 

Como nos ocurre a todos, Agatha aprendió a base de hundirse una y otra vez hasta que aprendió a coger la ola “buena”. Entonces se sintió feliz: “No creo que haya nada comparable: deslizarse sobre las aguas a una velocidad que te parece que son doscientas millas por hora, manteniéndote en equilibrio inestable sobre la ola, hasta llegar suavemente a la playa y encallar en la arena. Es uno de los placeres físicos mas perfectos que haya experimentado nunca”.

 

Así, pues, Agatha Christie era una experimentada surfista años antes de venir a Gran Canaria, en febrero de 1928, e instalarse en el hotel Metropole de Las Palmas, una ciudad que define como “el lugar ideal para pasar los meses de inverno. ¡Tenía dos playas perfectas!”, nos dice en su Autobiografía.

 

En la Dama de Compañía añade que le encantaba Las Palmas porque podía practicar “surf bathing”. Y sus biógrafos nos dicen que Agatha nunca viajaba sin su tabla de surf cuando iba a islas o zonas de costa.

 

Precisamente, una de las cosas que le molestó de su estancia en Puerto de la Cruz, Tenerife, fue que “los baños de mar, para los aficionados a nadar, eran terribles. Resultaba imposible meterse en el mar y empezar a nadar. Por eso, al cabo de una semana, nos trasladamos a Las Palmas de Gran Canaria”.

 

Así, pues, nos queda claro que Agatha Christie pudo ser la primera surfista de Canarias y de Inglaterra. No me extraña que el Ayuntamiento de Las Palmas de Gran Canaria haya puesto su nombre a la pequeña plaza que da acceso al rincón de los surfistas en la Playa de Las Canteras. ¡Solo falta una escultura con la tabla de surf!

 

Jaime Rubio Rosales es profesor y periodista.

 

Enviar Comentario

X