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09/01/2021 - 19:50

¿Puede modernizarse la Corona española?

Nicolás Guerra

Nicolás Guerra

Si las monarquías son esencialmente conservadoras, tradicionalistas, poco dadas a cambios que afecten a la estructura piramidal mantenida a lo largo de siglos y sus orígenes arrancan en los pretéritos más oscuros, no pueden encajar en un sistema democrático.

 

Es el caso de la española (cuestión de fe para VOX y PP) a pesar de que el señor Sánchez y su partido pretendan “modernizarla” y adaptarla. (Se moderniza lo que se aclimata al tiempo de quien habla o a una época reciente. Y el tiempo del señor presidente y del PSOE se llama soberanía popular.)

 

Y por más que el señor presidente en su intervención del martes 29/12 (“Gestión del Gobierno”) olvidó el caos inicial frente a la pandemia, sí pregonó que Felipe VI tiene definidas sus líneas de actuación para caminar hacia “una monarquía parlamentaria constitucional adecuada a la España del siglo XXI”. Políticas intenciones, pero no puede desdeñar tres realidades.

 

Una: Borbón es el apellido propietario de la Jefatura del Estado, la heredan sus componentes. Por tanto, radical incompatibilidad con el fundamento democrático. Dos: cambios, adaptaciones o reajustes de la institución monárquica dependen exclusivamente del señor Borbón y Grecia. El Gobierno -lo sabe el señor Sánchez- no puede inmiscuirse en asuntos exclusivos de la casa real. Y esta, obviamente, caminará con paso de cansino chuchango, prudentísima lentitud y asesorada parsimonia.

 

Tres. Felipe VI sabe que estarían en juego sus especiales privilegios (la inviolabilidad mientras ejerció como rey, por ejemplo, le impide a la Justicia encausar a su padre). Podría admitir “modernizaciones” a la manera del aristocrático pensamiento modernista (lenguaje sensorial -cromático, musicalidades...-, ornamentales adjetivaciones, embellecimiento externo a través de juegos de palabras…); pero nunca pacíficas revoluciones ni flexibilidad alguna (consulta al pueblo en referéndum, por ejemplo) que puedan poner en peligro la institución borbónica. (Para exilios, los de su padre, abuelo -conde de Barcelona-, bisabuelo Alfonso XIII, tatarabuelo Alfonso XII, desterrado -1868/1874- con su madre, Isabel II -trastatarabuela-).

 

Si la democracia es un sistema político cuya razón se basa en la soberanía popular “ejercida directamente o por medio de representantes”, la designación de alguien como rey por ser hijo de (artículo 57.1.: “La Corona de España es hereditaria en los sucesores de...”) resulta contraria a la esencia democrática, por más que la apariencia constitucional prevea la intervención de las Cortes Generales si “las líneas [sucesorias] llamadas en Derecho” (57.3.) se extinguen.

 

Nadie, pues, ajeno a la familia real tiene en España legal derecho democrático a pretender la Jefatura del Estado como sí sucede, por ejemplo, en Francia, país de centenaria tradición monárquica absolutista (la Revolución terminó con ella -siglo XVIII-) e Italia, reinado iniciado en 1841 y abolido (1947) tras un referéndum popular (su flirteo con el fascismo fue una de las causas).

 

A lo mejor, acaso, quizás, les ocurre al presidente y algunos socialistas lo que al señor Pomares, periodista afincado en Tenerife: su espíritu juvenil fue republicano (columna de El Día, 26 / 12) pero ante las nuevas generaciones ha evolucionado -apariencia- hacia posicionamientos monárquicos, muy respetables, claro, si así fuere.

 

Comenta que su hijo de 17 años -seguramente preuniversitario- lo acusó de ser monárquico, algo más sorprendente para la parentela conjuntada en la sobremesa familiar que para él mismo pues, escribe, “con dos años más que mi hijo, me paseaba con un pin con la bandera republicana prendido en la camisa”. (Algo ajeno, por suerte, a las “prendidas cinco rosas” cantadas en la escuela pública galdense brazo en alto, “imposible el alemán”...)

 

Tiene su cosilla tal sentimiento, a fin de cuentas la Constitución Española actual fue aprobada en referéndum cuando el profesor universitario palpitaba 21 años, mayoría de edad, y las células grises bullían en plenísima efervescencia ideológica. Añade que la mayor parte de sus compañeros también se consideraban republicanos lo cual, así, significa rechazo a la monarquía. (Pero si un joven de 17 años considera monárquico a su padre y se lo dice, no me suena a reproche o precoz veleidad juvenil: es la naturalidad expresiva de la inocencia. Además, ser realista tampoco es delito, yerro o infracción ideológica: por suerte, estamos en un Estado de derecho. Pero cabría preguntarse qué -supuestamente- habrán visto sus ojos diecisieteañeros y escuchado sus sensibilidades auditivas como para llegar a tal conclusión.)

 

Sin embargo le faltó al señor Pomares una matización histórica secuestrada a lo largo de mi Bachillerato y Preuniversitario: durante el segundo trienio de la II República española (1934 / 1936) hubo distintos gobiernos formados por partidos conservadores (Derecha Liberal Republicana, CEDA -coalición católica de derechas-…). Tan de derechísima diestra resultó alguna alianza que el ministro de la Gobernación, señor Martínez Barrios, dimite como tal a causa de la deriva del gobierno constituido a partir de noviembre de 1933.

Pero, en definitiva, fueron republicanos tanto los gabinetes citados como el de la coalición republicano-socialista (1931-1933) y el del Frente Popular (1936-1939). (Republicanos todos, sí, pero con abismales diferencias.) Y aunque hoy la derecha-derechísima confraterniza y gobierna en tres comunidades autónomas ni PP, ni VOX ni Cs asumirían como propio el extremismo radical de Calvo Sotelo (“O sea, para montar los sillares de un nuevo Estado, autoritario [...]. Para mí no hay límite en las reformas sociales si las aborda un Estado autoritario”) ni las palabras del cedista Gil – Robles (“La democracia no es un fin sino un medio para la conquista del nuevo Estado. Cuando llegue el momento [...] ya sea a través del parlamento, la eliminaremos”.)

 

Tan incompatibles planteamientos del señor Sánchez -conjugar republicanismo y monarquía hereditaria, ley de la Corona, garantizar la presencia de Felipe VI en el presente y futuro del país- reciben de inmediato el apoyo patriótico del Partido Popular. Así, el mensaje real navideño (frío, distante, sin referencia a la crisis migratoria relacionada con Canarias...) fue calificado como impecable (‘exento de tacha’) por el señor Casado (“líder de la derecha tibia nacional”, según Hispanidad), quien está dispuesto a sentarse con el Gobierno para discutir sobre el tema. Y eso es lo llamativo: PP y Gobierno como garantes de la monarquía española.

 

Nicolás Guerra Aguiar es catedrático y escritor.

 

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