FLASH

TELDEACTUALIDAD RADIO: Emisión en directo.

22/11/2020 - 10:04

Un docente (6/6)

Victoriano Santana

Victoriano Santana

XIII

Acceso a la universidad. Prueba de. Anota: «¿Impuesto revolucionario?». Subraya “impuesto”. Subraya doblemente “revolucionario”. Tacha los signos de interrogación. ¿Por qué cada facultad no pone su prueba y establece su nivel de exigencias? Piensa. Casting es la palabra. Proceso selectivo específico. Oferta de plazas para competentes interesados. Es más noble la lid. Ahora: todos superan la prueba. Todos. Todos llegan y todos obtienen lo que buscan. Uno, por ejemplo. Los que no: un porcentaje ínfimo. La gota en el océano.

 

Culpabilidad. Complicidad. Corporativismo. Ce al cubo. Los de arriba afirman ceder ante los de abajo y los de abajo se quejan de lo que piden los de arriba. Unos y otros negocian criterios. Luego, en la soledad del corrector, con poco tiempo y mucho por hacer, todo vale. Más tarde, en los sanedrines, sucede que se habla mucho de lo mismo: los que dejan ir, hablan de mala calidad; los que reciben, hablan de mala calidad. Todos hablan. Y todos callan. Todos miran hacia otro lado. Un docente reconoce que también.

 

«Cartas marcadas». Piensa. Sonríe. Gana siempre. Nunca pierde. El océano participa en un espectáculo de variedades. Un show. La experiencia de entrar en la Casa del Terror. Sentado en un vagón. Circulando sobre raíles. Esperando a que algo que asusta pase. Al final, catarsis. «Impacta más el tráiler que la película». Dice. Lo mejor: nada malo ha pasado. Lo peor: se pierde el miedo. No. Peor aún: el respeto. No en el sentido de que sean maleducados. No. Se vuelven imprudentes. Temerarios. Esperaban algo grande; les han dado algo pequeño. Parturient montes, nascetur ridiculus mus. Sonríe. Yo también.

 

Agota más el entrenamiento que el partido. Se para. La analogía requiere puntualización. Es una trampa. Piensa. «Creer que no cansa el partido porque se ha entrenado bien». El partido está amañado. El partido es irreal. El partido es un pretexto. Los jugadores han sido engañados. Y los entrenadores. Y los espectadores. Han convertido en fin lo que era un medio. Han dado tanto valor a la aduana que se han olvidado de cuidar del equipaje. Llegan de alguna manera gracias a que el pasota funcionario de turno sellará el visado sin mirar al viajero. Así entrarán. Una vez dentro, deberían darse cuenta del problema: las maletas. En el mejor de los casos: no se han preocupado de llenarlas con lo necesario. En el peor: las han perdido. O nunca las tuvieron y vestían con ropa prestada. «Uf, tanta metáfora agota».

 

«Se juega bien si se entrena bien». Pero en este partido, aunque se juegue mal o no se entrene bien, siempre se gana. O casi siempre. Esta es la sensación del docente. Ha hecho una raya horizontal en un papel. En medio, ha escrito la palabra “aduana”. Luego la ha tachado. «Sin filtro, las impurezas del agua pasan, se beben, llegan al organismo, lo pueden enfermar». Se frota las sienes: «Ce al cubo».

 

XIV

Uno participó en esta puesta de largo preuniversitaria. Una suerte de tradicional fiesta de quinceañera, pero en clave académica. Aprobó. Obtuvo la nota exigida para entrar. Y ha llegado hasta donde está. ¿Qué pensaron de él en bachillerato? Como en la facultad, los docentes de segundo se quejaron de los de primero. En silencio. Con circunloquios. Con eufemismos. «Somos colegas», dice que dicen. Y «hoy estoy aquí y mañana tú puedes estar aquí». Pero se quejan. Como cuando se entrega un equipaje tras un vuelo accidental, todo deforme y machacado, o un cargamento de frutas que solo sirven para hacer zumos.

 

Desde primero, Uno debió pensar en la gran prueba. «El gigante devorador de sueños, acrecentador de inquietudes, deshacedor de tranquilidades». Un gigante que luego fue molino. Desde primero. ¿Por qué cursó la etapa? ¿Por rutina? No piensa que haya hecho una mala elección. Tampoco que haya sido buena. «No sé». Rutina, quizás. «No sé». Encaja. Piensa. Repite. En septiembre comienza el año; en junio, termina. Así un curso tras otro.

 

Un año terminó la etapa de la exigencia legal. ¿Qué hicieron? Seguir estudiando. Rutina. El año siguió comenzando en septiembre y terminando en junio. Quizás porque han logrado componer alguna idea de proyecto vital y profesional. Quizás. Quizás también por comodidad.

 

«Todo es tan repetitivo».

 

Uno es un buen muchacho. Así lo cree. ¿Por qué dudarlo? No es mal muchacho ahora. No debió serlo entonces. Concluye. Seguro que cumplía con lo que se le pedía. Como ahora. Sin brillantez, pero sin dar motivos como para cuestionar su aprobado. Quizás.

«¿Su comodidad no es, hasta cierto punto, también la nuestra?». Culpabilidad. ¿No es posible que todos lo hayamos aprobado, sin darnos realmente cuenta de ello, por rutina? O por comodidad. O porque el panorama era. «Pues como era». El tuerto entre los ciegos. Sin darnos cuenta. Repite. Complicidad. Dice “no” con la cabeza. Le disgusta la palabra “complicidad”. Es absurdo, corrige. ¿Cómo voy a ser cómplice? ¿Cómplice? Pero, ¿de qué? ¿Con quiénes? No conozco a los otros.

 

XV

¿Agentes patógenos que se ignoran? Mira a los de tercero. Y a los de segundo. Y a los de primero. Y a los que, entre una etapa y la otra, franquearon la frontera. Y a los de bachillerato. Primero y segundo. A todos, desde arriba, mira. ¿Cuántos en total? ¿Cincuenta más o menos? «Y faltan los de la enseñanza obligatoria». ¿Cuántos más? ¿Cuarenta grosso modo en secundaria? ¿La mitad en primaria? A vuelapluma: ciento y pico cómplices. Los de abajo, empujando hacia arriba; los de arriba, recogiendo lo empujado para luego empujar hacia los que están por encima; y así sucesivamente. «Hasta llegar a esta tanda de exámenes decepcionantes». Dice mirándola.

 

Sigue. Y los de arriba, quejándose de lo que empujan los de abajo, que se quejan de lo que les han empujado los de más abajo; y así sucesivamente. «Hasta llegar al primer curso de infantil». ¿Adónde miran estos docentes?

 

XVI

Si la culpa última es de ellas, de las familias, hacia donde solo le queda mirar al colega que inicia la cadena, ¿nos hemos librado de que sea nuestra? ¿Fin de la culpabilidad? ¿Fin del problema? Pregunta. Surge otra vez la palabra “corporativismo”. Pregunta: «¿Qué cabe ahora: absolución o amnistía?». Luego, piensa: «si las familias son el producto de otras familias, ¿adónde han de mirar los padres? ¿A los abuelos? ¿Y estos a su vez?».

 

Un docente piensa que ha llegado al final. Pasan los años, los lustros y las décadas. Pasan los cursos y las etapas. Pasan los discentes. Pasan los docentes. Todo pasa. Y todo sigue igual. Sonríe. Quizás se pretenda resolver lo que es, por su naturaleza, irresoluble. Quizás no haya problema alguno que resolver. «Quizás el problema sea el convencimiento de que hay un problema», dice.

 

Texto publicado en Un docente y otros textos sobre educación (Mercurio Editorial, 2020).

 

Victoriano Santana Sanjurjo es doctor en Filología Hispánica y profesor de Secundaria.

 

Enviar Comentario

X