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TELDEACTUALIDAD RADIO: Emisión en directo.

14/11/2020 - 20:02

Un docente (5/6)

Victoriano Santana

Victoriano Santana

XI

Hace un año, Uno estaba en tercero. Piensa hacia atrás. El curso quorum. Raro es abandonar cuando se llega aquí. Abandonar por impotencia. Abandonar porque la deuda que se ha de saldar es mayor de lo previsto. La deuda académica. «Uno no tiene asignaturas pendientes en cuarto». No tiene deudas. Es posible que ni tan siquiera haya braceado para no hundirse durante estos años. Y como él, muchos. Muchos sin deudas. Demasiados. ¿Calidad educativa? ¿Excelencia? Y de nuevo la dichosa palabra: culpabilidad.

 

Complicidad. «¿He de mirar a los colegas de tercero y preguntarles por qué le han dado un visado de entrada a cuarto a este viajero?». Hay que mirar abajo. En cimientos piensa. Sigue.

 

En la frontera que separa segundo de tercero, un filtro. El de las segundas oportunidades. Muchos decepcionados de primero juegan otra mano. Objetivo: ver si les gusta la carrera. Esperar que se diluya la mala impresión inicial. Hallar la vocación creída y no encontrada. Borrar el desencanto. Para no tener la sensación de que pierden el tiempo. En muchos, novedosa pulsación anímica. En segundo, el final no queda cerca; pero el principio se aleja un tanto.

 

Uno llegó a segundo sorteando la gran criba. La hecatombe de primero. La que echó fuera a los que se apuntaron porque no sabían adónde ir. La de los que hicieron caso a quienes no debían. La de. Se para. ¿Hecatombe? Es un exceso verbal. Hipérbole. Piensa el docente. Sin duda. En su época, sí. Y a lo mejor tampoco tanto. In illo tempore. Cuando el cilindro tenía más aspecto de fonil. Muchos se marcharon en primero. Creo. Intuyo. Tiene su punto de lógica que sea así. Lo extraño, lo desconcertante, es que los mismos que entran en la primera habitación vayan juntos hacia la segunda. O no. «No lo sé. En realidad, no lo sé».

 

XII

En la base, la clave. «Cimientos», dice. Lo que se haga bien al principio, al final será bueno; malo, lo que mal se haga. Piensa en Uno recién llegado a la facultad. Veintidós ahora, dieciocho entonces. Todo es nuevo. Debería ser nuevo. Estudios, normas, espacios, desplazamientos, proyecciones, costes, etcétera. Los años en el instituto se han quedado atrás. Uno debió asumir esto cuando llegó. Un docente, él, por ejemplo, lo tenía asumido cuando se incorporó el primer día al centro. Pero.

 

[Lo recuerda bien. Vaya si lo recuerda].

 

Un superior le dio las instrucciones oportunas. Hay que pasar lista. Asistencia obligatoria.

—¿Pero no son adultos? ¿No son responsables de las decisiones que adoptan? ¿No saben que si faltan se desconectan de las asignaturas y se les complica el aprobado? ¿La obligación de venir mejora su calidad educativa? ¿Dónde queda el dejar que la madurez de la edad asuma las decisiones sobre lo que conviene o no hacer?

Respuesta: asistencia obligatoria. Y punto. Pasa lista. Punto. Cualquier problema con el grupo, al tutor.

—¿Cómo? ¿Al tutor? ¿Los grupos tienen tutores?

Respuesta: sí. «Y si», algo más le dijeron; y le dijeron también: «y cuando». Y alguien por ahí dejó caer algo sobre motivación.

—¿Motivación? ¿En cuarto?

 

Un docente recién llegado de la periferia piensa: «si para este nivel, estas obligaciones, ¿cómo serán las de los recién llegados de primero?». Esboza una sonrisa. Recuerda que una vez alguien le había descrito ese panorama bajo el siguiente enunciado: “instituto, segunda parte”.

 

Mira la tanda de exámenes recién corregidos y puntuados. Decepcionantes. Si en el último curso el nivel académico es decepcionante… No concluye la reflexión. Presuponemos cómo acaba. ¿Cabe esperar algo? Piensa en la ley de la gravedad. Se le acaba de ocurrir. ¿Adónde cabe mirar cuando se está arriba? Abajo. ¿Qué parte alicuanta o alícuota cabe repartir entre mis colegas? Uno entró en la facultad habiendo superado una nota de corte elevada. Estuvo entre los elegidos. Los no elegidos, ¿son peores que él?

 

Con el derecho a saber qué se siente cuando se es universitario, en septiembre, muchos llegaron. Justo es que lo sepan. Muchos de mis colegas, veteranos, brillantes docentes, admirados académicos, torcerían el gesto. «Justo, pero con todas las consecuencias». Claro, les diré. Con todas las consecuencias. Por supuesto. No basta con el carné, la matrícula, la carpeta con el logo de la institución. No es suficiente con ese engolamiento con el que muchos dicen «en la unnniversidaddd» para realzar que ya no son bachilleres, que son adultos, que están en un punto por encima del resto de los mundanales alumnos, que, si quieren, solo si quieren, claro está, pueden enrollarse con cualquiera, y no hablamos de compañeros de pupitre, no. Sonríe. Todos hemos pasado por ahí. Dice.

 

Texto publicado en Un docente y otros textos sobre educación (Mercurio Editorial, 2020).

 

Victoriano Santana Sanjurjo es doctor en Filología Hispánica y profesor de Secundaria.

 

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