17/10/2020 - 18:37

Un docente (2/6)

Victoriano Santana

Victoriano Santana

III

Mira las hojas grapadas de la última prueba que corregía. Le queda una página para dejarla en el montón. El montón decepcionante. Una isla más del archipiélago decepcionante. ¿De quién es? De uno. ¿De quién? De Uno. La espesura de la culpabilidad se acrecentó. No es peor que el resto. Hay que dejar esto claro. Unus inter pares.

 

Pero ahora ha dejado de ser una secuencia alfabética identificativa ubicada entre cientos más. No es un bulto. Ahora tiene nombre. Uno. ¿Qué parte del mal que padeces me corresponde, Uno? Mira la nota que ha puesto. «No estoy solo. Cómplices que se ignoran. Agentes patógenos», atina a decir.

 

Uno es un buen muchacho. Así lo cree. ¿Por qué dudarlo? Es agradable en el trato. Fuera del aula, han interactuado muy poco. En clase, ha intervenido tres o cuatro veces. Hizo una pregunta, un día leyó un fragmento sobre, y contribuyó con dos aportaciones a un debate espontáneo que surgió en clase. Lo recuerda. Hubiese sido aquel un buen debate, pero quedó en nada. Como siempre. También lo recuerda. Entregó un trabajo a mitad del semestre. Mala calidad. Como el resto.

 

¿Esperaba algo? Quizás. No sé. No sabe. Me he acostumbrado a esperar lo que sé que no voy a recibir. Dice. Me he acostumbrado a recoger lo que sé que no deseo que me den. No así. No de esa manera. Pero lo acepto.

 

¿Me he acostumbrado a la indiferencia? Quizás. No sé. Yo tampoco lo sé. Será que soy un cínico. Dice.

 

IV

Uno titulará. Sí. ¿Se lo merece? Sí, claro. Por supuesto. Ha seguido las reglas que otros le han pedido que cumpliese. Está donde está de manera legal. La culpabilidad vuelve a flotar en el ambiente del despacho. Vuelve otra vez la palabra a llenar el espacio de sus sensaciones. Poliedro.

 

«Algunos le han perdonado lo que otros no han tenido en cuenta». Adaptación curricular dicen que se llama. O sea, perdonar aquello que otros no perdonarían. ¿Justicia? ¿Dar a cada uno lo que se merece? Quizás. No lo sabemos. Es posible que no pocos en los últimos años hayan puesto cara de resignación cuando han evocado al alumno. Es posible. Y no es imposible que haya quienes han argüido en según qué ocasiones «pero no más de un cinco, ¿vale? Que lo mínimo, lo que se dice lo mínimo, lo tiene; y no se hable más». Efectivamente. Y no se hable más. Complicidad. Cedo, pero tú también, ¿eh?, para que no se diga que.

 

Le podría suspender. Y el viento de la culpabilidad vuelve a soplar. Sí. No. Exorcismo. Podría argumentar que su expresión escrita no se ajusta al patrón mínimo de calidad exigible para la etapa y el nivel en el que se halla. Podría. Exorcismo. Podría apelar a una suerte de falta de esfuerzo. O a un exceso de inmadurez. O a una carencia de brillantez. O a un elevado desapego hacia lo que significa ser universitario. Podría. Exorcismo. Podría, repito. Exorcismo.

 

Uno es un buen muchacho. Culpabilidad. Uno ha cumplido con todo lo que le han pedido. Culpabilidad. Y con lo que le he pedido. Aunque así. De esta manera. ¿Esperaba algo? Soy un eslabón. Ahora mismo, el último. ¿Y qué? Soy uno más. La cadena es larga. Muy larga. Exorcismo. Lo apruebo. Punto. «No más de un cinco». Punto. Punto. Punto. Y resignación.

 

V

¿Cómo he llegado aquí? ¿Soy el idóneo para impartir justicia en este archipiélago decepcionante? Creo saber de cuanto expongo en el aula. Me preparo las clases a conciencia. Consulto referencias bibliográficas relevantes. Planifico. Informo con detalle de lo planificado. Creo que soy aplicado en mi tarea de dar. Creo que no soy injusto cuando evalúo lo dado. Creo que no soy ni injusto ni severo.

 

Ni sádico.

 

Nunca he tenido una reclamación. Nunca he tenido conflicto alguno con mis colegas ni con mi alumnado. Los primeros pasan de mí. Para ellos debo ser un arribista. Los segundos asumen lo que doy y cómo lo doy sin visibles malestares. Presupongo la existencia de malestares. Cómo no haberlos. Son alumnos. La cantidad de apuntes que deben preparar. La naturaleza de los trabajos que les pido. El madrugón. Aun así, he de reconocer que su actitud hacia mí no es hostil. Al contrario. Hay amabilidad en el trato.

 

Se pregunta: ¿Me ven como idóneo para que sea su docente? Se responde: «Es posible». No lo sé. Ninguno le ha dicho: «Eres el adecuado para el puesto que ocupas». Es normal que nadie se lo haya dicho. No saben qué requisitos debe tener un individuo para ocupar su lugar. En realidad, no saben qué perfil debe tener el profesorado que imparte en cada asignatura de la facultad. Es normal que no sepan esto. Son alumnos.

 

«Lo triste es que haya docentes que imparten una asignatura sabiendo de antemano que no son idóneos para el puesto», afirma.

Se levanta de su mesa. Se dirige a la ventana. Mira cómo dos muchachos jóvenes están descargando sacos de cemento de un camión. En un local del edificio de enfrente están en obras. Se ha despistado. La imagen lo ha cautivado. Vuelve en sí. «Por el sueldo», piensa. Yo también lo pienso. Y nosotros.

 

Surge la palabra: complicidad. No, peor: corporativismo. En un grupo o sector profesional, actitud de defensa a ultranza de la solidaridad interna y los intereses de sus miembros. Cierra el diccionario. El sentimiento de culpabilidad vuelve nuevamente a inundar su estado de ánimo.

 

Texto publicado en Un docente y otros textos sobre educación (Mercurio Editorial, 2020).

 

Victoriano Santana Sanjurjo es doctor en Filología Hispánica y profesor de Secundaria.

 

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