12/09/2020 - 20:30

Entre godos peninsulares, canarios y americanos

Nicolás Guerra

Nicolás Guerra

Don Rubén Darío Vega es señoría en el Congreso de los Diputados por la provincia de Santa Cruz de Tenerife. Sería absolutamente normal que mantuviera la pronunciación de la c (ante e, i) y la z (ante a, o, u), la llamada interdental fricativa sorda (Navarro Tomás): a fin de cuentas llegó a Canarias 38 años atrás procedente de Asturias (elplural.com), y a los 22 años la articulación está asentada.

 

Sus casi cuatro decenios de estancia entre nosotros le permiten, claro, considerarse un canario más, que lo es. Así, tras un comentario publicado en Tuíter por el señor Iglesias, vicepresidente segundo del Gobierno, le contesta con otro e incluye en él la construcción “alguna idea que no sepamos los canarios”.

 

Lo cual, como inicio, no está nada mal. Coincide plenamente con la opinión del diputado y secretario general de Podemos en torno a una realidad: la economía española -directa e indirectamente- depende en exceso del turismo, verdad defendida a lo largo de años por preclaras mentes. Pero fueron palabras ahogadas en la indiferencia: chocaban con los intereses de grandes empresas y el servilismo político.

 

No se oculta: la pandemia impacta sobre la actividad económica de Canarias de manera brutal. La ausencia de turistas extranjeros cierra hoteles, apartamentos, restaurantes, comercios… Elimina, por tanto, miles y miles de puestos de trabajo. Y tal tipo de economía, concluye el señor Iglesias, “es una economía más débil. Es necesario potenciar otros sectores productivos”.

 

El señor Vega, insisto, no lo contradice, muy al contrario: “Eso ya lo sabemos, hombre”, replica. Y añade: “Otro que piensa que estamos aplatanados, qué falta de respeto. Aquí a la gente ‘enterada’ como tú les llamamos godos, el apellido Hediondo, a veces sí y a veces no”.

 

Sin embargo en el texto del señor Iglesias no capto, en absoluto, ninguna pedantería doctrinal ni, muchísimo menos, prepotencia intelectual. Muy al contrario, confirma uno de los planteamientos económicos defendidos por la revista canaria Sansofé hasta su desaparición por orden gubernativa, últimos años del franquismo: Canarias no puede depender exclusivamente del monocultivo. Pasó con la caña de azúcar (finales del siglo XV, XVI); el tabaco; la cochinilla (XIX)... y ahora el turismo: tras los apogeos, hambrunas y migraciones. Así pues, cuando un colega del señor Vega argumentó en el Congreso que “Las economías fuertes son las que están diversificadas”, comparte la misma idea paulus-eclesial. Y eso es bueno a pesar de antagonismos personales, políticos, ideológicos...

 

Pero sí me desestabiliza su afirmación de que cuando en Canarias hablamos de godos usamos el “apellido Hediondo a veces sí y a veces no” como en este caso, dardo al malvado rojo. Tal rotundidad sobre la construcción me hace suponer cierto despiste, pues jamás le he oído a ningún canario hablar de “godo hediondo”, tal vez demasiado sofisticado, poco rotundo. Y mucho menos por la oportunidad fonética que le ofrece al nativo la presencia de la h en posición inicial de palabra, fácilmente convertible en contundente aspiración (nada vulgar, matizo) como “jartito, jogadura”; e, incluso, ubicada en posición intermedia: “¡Como te ajogues te mato, cachocabrón!”, le gritaba Chana a su hijo Juanillo metido entre fogosas olas sardineras un 29 de septiembre: ¡el Diablo anda suelto!

 

Y es que cuando en la lengua escrita se colocan indistintamente las letras h o j al inicio de la misma palabra esta, obviamente, mantiene igual significado (hambre / jambre, ‘gana y necesidad de comer’). Pero en la hablada la diferencia fonética (la h es fonema cero, ausencia de todo sonido; la j es el fonema consonántico fricativo velar sordo) implica, a su vez, distintas escalas. Incluso más: cuando inicia un adjetivo tiene a veces su particular variedad significativa en Canarias.

 

Así, por ejemplo, una persona hedionda ‘despide hedor’. Para cualquier hablante del español es sucia, pestilente, “canta”, apesta, jiede. Pero en construcciones tipo “¡Chaaacho, el jediondo de tu padrino no da ni los buenos días!”, “¡Lo saqué casi ajogao y el muy jediondo ni las gracias me dio!”; “¡Menuda jediondez la de Chanita: le hice to los mandaos y solo me dio un euro!”, el usuario canario -además- considera al sujeto como persona miserable, sin modales, carente de calidad humana.

 

Otrosí: si una persona se emputa (americanismo usado en Canarias) con otra porque la tiene jarta, jartita hasta el moño o zona testicular, el jervor de la sangre se le sube a la cabeza: “¡Me dan ganas destregarte un tuno indio por tol josico, malrayoteparta, jijolagranputa!”. (Y si le quitamos el jorcón, ¡menudo toletazo!) Los hablantes de nuestra variedad imponen, pues, el uso sobre la norma en el caso de la aspiración. ¿Vulgarismo? No.

 

Por otra parte, alguna consideración sobre “godo”. En efecto: úsase en Canarias con valor despectivo (“¿Ese? ¡Un godo mierda!”). Para el Diccionario, ‘el español peninsular’. Pero es ubicación geográfica incompleta, claro. Haylos también en Baleares (como siempre: ni todos los peninsulares son godos ni todos los balearenses son góticos) e, incluso, en el mismo terruño canario: “El mal de nuestros males está en esta turba de hijos del país donde campea algún que otro extraño, engreído, que se arroga la facultad de encauzar su destino...” (Luis Rodríguez Figueroa).

 

Sin embargo, quienes piensan que se trata de una voz exclusiva de Canarias andan errados, sospecho, pues quizás el término llegó a nuestra tierra procedente de la América colonial cuya independencia, recordemos, se debió precisamente a directos descendientes de españoles amparados por logias masónicas e inspirados en idearios liberales europeos, hartos ya del feudalismo impuesto por los monarquistas españoles y el comportamiento prepotente de los representantes borbónicos.

 

Nadie sabe cómo, pero la voz “godo” apareció y se expandió por muy distintas geografías americanas para referirse al concreto y genuino espécimen español... también despectivamente como en Canarias, importadora de la palabrota. Lo notaría la Academia en quinta acepción: ‘Adj. despect. Chile. Español (natural de España). También en Bolivia, Cuba y Ecuador’.

 

Por tanto, el americanismo “godo” traducía antiespañolidad y antimonarquía… borbónica. (Por cierto: ¿cuántos godos -solo antimonárquicos, claro- habrá en España?)

 

Nicolás Guerra Aguiar es catedrático y escritor.

 

Comentarios

  • A. León Fernández
    27/09/2020 - 18:54

    Ahora resulta que Ismael Báez ha descubierto que " en España no se habla español". ¡ Pues en Francia, hasta los niños hablan francés! (Espero que su comentario sea fruto de un desliz de su intelecto. Lo otro sería prepotencia e ignorancia)

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  • nicolás guerra
    16/09/2020 - 11:17

    2.- "... cerca de cuatrocientos millones de personas.Aun siendo también sinónimo de español, resulta preferible reservar el término "castellano" para referirse al dialecto románico nacido en el Reino de Castilla durante la Edad Media". (Véase Diccionario panhispánico de dudas.) Un saludo.

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  • nicolás guerra
    16/09/2020 - 11:14

    1. Muy agradecido, señor Báez por su recomendación. No obstante, le adjunto el siguiente texto:"Para designar la lengua común de España y de muchas naciones de América [...] como propia en otras partes del mundo, son válidos los términos "castellano y español". El término "español" resulta más recomendable por carecer de ambigüedad, ya que se refiere de modo unívoco a la lengua que hablan hoy...

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  • Ismael Báez
    15/09/2020 - 09:40

    Señor Guerra, catedratico y escritor, le recuardo para su conocimiento, que en España se habla "CASTELLANO", no se habla "español".

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