02/08/2020 - 11:50

Espray milagroso

Ana Chaceta

Ana Chaceta

Incertidumbre, irregularidades, normas estrictas que se cumplen o no, según la buena disponibilidad de quien la tiene que realizar en ese momento, anomalías que nos encontramos cada vez que salimos a la calle. No queda otra que llenarnos de paciencia y decir: “consecuencias de la nueva normalidad”.

 

Aprendiendo a vivir estamos, de una manera diferente que ni siquiera vimos en una película de ficción. Este virus “totorota” no vino con un libro de instrucciones, sino que hizo ponerse al día a todo un ejército de científicos y eruditos del medio de la investigación, mientras el resto de la población esperamos rezando para que no se acerque a nuestro entorno. Oiga, ¡y que no se quiere ir!

 

Ayer cuando escuché en los medios: “el primer caso en La Gomera”, nuestra isla virgen, me paré en seco y dije: ¿En serio? Me dolió; después recapacité y pensé: “¿Están muriendo por miles en América y me sobresalto por un caso en La Gomera? Es que ellos están tan lejos que parece -ojalá lo fuera- irreal, sin embargo, nuestra pequeña isla la tenemos aquí, al ladito. Este pequeño archipiélago es nuestro mundo.

 

¿Soy egoísta? No cierro los ojos ante una tristísima realidad, pero saber mucho sobre esta pandemia, solamente me empuja a convertirme en avestruz y esconder la cabeza, tener miedo y tristeza y eso no me ayuda a seguir viviendo ni creo que le pueda ayudar a nadie. Entiendo que la información es necesaria y tenemos que estar al día sobre los nuevos avances, pero hay más información de la que nos tenemos que nutrir y no solamente del coronavirus. Siempre los buenos deseos (que es lo único de lo que podemos disponer los ciudadanos de a pie) están ahí, esperando y rogando por que esta tragedia que abarca al mundo entero acabe pronto.

Nos cuesta trabajo usar mascarilla, pero, cada vez menos.

 

Aún recuerdo cuando sacaron la normativa obligatoria de usar cinturón de seguridad en los coches, también eso a muchos les hizo pagar multas por no llevarlo, porque era incómodo, porque no teníamos esa costumbre, en fin, porque nos costaba ponérnoslo, sin embargo, ahora es lo primero que hacemos cuando subimos a un coche. Si la mascarilla hubiera sido una moda de algún famoso en la rama del deporte o música, toda la juventud la llevaría, pero impuesta por necesidad, es otra historia.

 

Cuanto añoro caminar por la calle libremente, sentarme en cualquier banco sin pensar en quien pudo sentarse antes, en cualquier silla sin desinfectar, en no tener ese Pepito Grillo en la oreja diciendo: “Soy yo, el virus, y estoy por aquí”. Aunque no sea una obsesión, es ese halo que envuelve a todas las cosas. A ver si de una vez encuentren un espray y podamos acabar con el como quien mata a una mosca cojonera.

 

Ana Chaceta es escritora.

 

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