01/12/2019 - 09:31

Amar y ser amados

Pedro Rodríguez

Pedro Rodríguez

El pasado viernes asistí a la charla: “Es navidad… y en casa hay una silla vacía”, impartidas en el municipio de Santa María de Guía, por las profesionales, Nuria Vega, psicóloga y tanatóloga, especialista en psico-oncología, cuidados paliativos, perdida y duelo, también se encontraban dos enfermeras del hospital Materno Infantil de Gran Canaria, miembros del grupo de duelo, Pulseras Blancas.

 

Contamos con el testimonio desgarrador de unos padres que perdieron a su hija apenas hace un año. Unos padres que han pasado por un largo proceso de duelo, pero que allí estuvieron compartiendo, escuchando, acercándose a otros padres que han perdido a sus hijos y ahora tienen el corazón roto, entendiendo su dolor, porque ellos han estado donde están ellos ahora. En definitiva corazones que se abren a los demás.

 

Si uno tiene la fortuna de vivir lo suficiente, también tiene la desgracia de experimentar varias veces la vida, esa muerte que se produce con la muerte de nuestros seres queridos, esa parte de nosotros que se mueren con ellos. Con todas estas pérdidas morimos en parte, y nuestra voluntad es seguir viviendo. Como seres racionales, en mayor o menor medida la muerte de un ser querido nos quiebra la identidad, nos la quiebra como personas, como individuos y también colectivamente, esto además no es una metáfora, personalmente, he perdido hace muy poco a mi padre, a partir de aquí me queda la duda de que hasta qué punto mi identidad de hijo se perdió con él. De alguna forma cuando muere alguien querido, cercano, se queda mutilada la identidad y sino, como poco, lo que nos queda es un legado de perplejidad.

 

Los seres humanos estamos pre-programados genéticamente para el contacto emocional y para la vinculación afectiva con los demás. Nosotros por naturaleza somos seres sociales y relacionales, tenemos esta pre-programación genética, y de hecho, la evolución de la especie humana ha ido confirmando y corroborando esta realidad inherente al ser humano a través de cambios corporales importantes, como pueden ser por ejemplo, la caída del vello, como nuestra piel desnuda nos permite profundizar más en el contacto entre nosotros.

 

Personas que padecen demencias, el contacto, el tacto, es un potente canal de comunicación y a nivel emocional es muy importante incluso cuando se viven duelos. Otro ejemplo es la postura erecta, el cambiar morfológicamente nuestro cuerpo, nos ha liberado los brazos, las manos, nos ha hecho una especie de amplios horizontes, muy visuales, y esto nos ha permitido entre nosotros, introducir una enorme variabilidad, y una enorme riqueza a la hora de relacionarnos los unos/as con los otros/as. Con estos cambios, con los brazos liberados, nos podemos abrazar mejor, nos podemos ver mejor, nos podemos besar, nos podemos comunicar, y en definitiva nos podemos querer mejor.

 

Es decir, la evolución de la especie humana y los cambios corporales, han contribuido y contribuyen a que estemos orientados para el contacto, para la vinculación afectiva con el otro, en definitiva, no lo digo yo, esto me lo dice mi profesor de psicopatología: “Los seres humanos estamos especialmente dotados para amar y ser amados”. Esta es la única verdad de nuestra especie, la certeza que tenemos.

 

El psicólogo y filósofo Alemán Erich Fromm, dice: “si quieres evitar el dolor del duelo, el precio que tendrás que pagar, es el de estar totalmente desvinculado de los demás, y por lo tanto, excluido de toda posibilidad de experimentar la felicidad”.

 

El dolor y el amor van juntos, la vida y la muerte también, inspiración y exhalación. Palabras de el maestro Celso Navarro, un hombre de verbo claro y amable, que nos dio este pasado fin de semana, una ponencia sobre una de las respuestas más difíciles de encontrar y de responder, la respuesta de la muerte desde el Zen. El instante presente, mediante la práctica de la meditación, detener nuestra mente racional que está impregnada emotivamente. Vivir el instante presente, aquí y ahora vida, aquí y ahora muerte. Aceptar, que no trata de que te resignes, trata de afrontar, de abrirte y permitir lo que está sucediendo, ya que no tenemos el poder de que sea de otra manera para poder cambiarlo.

 

Permítete experimental tu propia naturaleza, el aprendizaje a aflojar, a soltar, a permitir que cuando no queremos obtener respuesta, no queremos retener nada, podemos experimentar que es la muerte de una forma consciente, y perderle el miedo. El aferramiento es sufrimiento.

 

Pedro Lorenzo Rodríguez Reyes  es integrador social, técnico en Gerontología Social por la Universidad de León y director del CAMP El Tablero.

 

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